EL LADRÓN DE ROSTROS, de Ibón Martín,una nueva aventura de la inspectora Ane Cestero que deberá atrapar a un asesino en serie bautizado como "el Apóstol"


Editorial Plaza&Janés. 464 páginas

Tapa blanda con solapas: 19,90€ Electrónico: 7,99€


Regresa el mejor suspense de la mano de Ibon Martín, uno de los autores más sólidos del thriller actual. EL LADRÓN DE ROSTROS, tercera entrega de la serie protagonizada por Ane Cestero, que ha vendido más de 200.000 ejemplares, se desarrolla en los paisajes del interior de Euskadi. Un escenario sobrecogedor, en el que la Unidad de Homicidios de Impacto deberá atrapar a un asesino en serie bautizado como «el Apóstol».


En Sandaili, una humilde ermita excavada en la roca, ha aparecido el cuerpo mutilado de una mujer asesinada mientras practicaba un antiguo rito de fertilidad. Su torso ha sido abier­to y vaciado y las manos han sido colocadas a ambos lados de su abdomen en actitud de en­trega. La escena reproduce, con macabra exac­titud, las figuras de los apóstoles que Oteiza es­culpió en la fachada de la basílica de Arantzazu. Las pruebas señalan que alguien realizó una copia de su rostro en el momento de su muerte.

Un peligroso asesino ritual ha nacido al abri­go de las verdes montañas que guardan desde tiempos inmemoriales los mitos y las leyendas de los vascos. Un enclave aislado, moldeado por el agua que ha dejado sus cicatrices en for­ma de desfiladeros majestuosos y profundas cuevas. Ane Cestero y la Unidad de Homicidios de Impacto emprenderán un viaje a las entra­ñas de la tierra donde se oculta lo más oscuro del alma humana.


CLAVES PRINCIPALES


Ibon Martín es el máximo exponente de lo que él mismo ha dado en llamar «thriller eus­kandinavo»: obras de suspense inspiradas por el thriller nórdico radicadas en Euskadi, lo que las dota de un carácter propio muy marcado por el paisaje y el folclore vascos. En ellas, la bru­talidad de los asesinatos contrasta con otros aspectos esenciales en su narrativa, como la sutileza con la que se aborda la construcción de personajes –dibujados con ternura y huma­nidad–, así como el tratamiento sensorial del paisaje –inmersivo, capaz de hacerte sentir los olores de la montaña– que tiñen sus páginas de melancolía y que lo vinculan con otro de sus referentes literarios, el

maestro Domingo Villar.


Ibon Martín es uno de los nombres más só­lidos del thriller nacional y ha desarrollado una de las propuestas más estimulantes de la nove­la negra de la última década. Tras la publicación de la tetralogía de LOS CRÍMENES DEL FARO, vio propulsada su carrera literaria con La danza de los tulipanes (Plaza & Janés, 2019), carta de presentación de la suboficial Ane Cestero y de sus compañeros en la Unidad de Homicidios de Impacto. En sus páginas el lector descubrió el tan inquietante como bello potencial literario de la ría de Urdaibai, polo magnético detrás de su gran éxito de ventas, que contó además con diversas traducciones internacionales.


El vínculo con el mar tuvo continuidad con La hora de las gaviotas (Plaza & Janés, 2021), que se alzó con el Premio Paco Camarasa a la mejor novela de 2021, elegido por los festivales de novela negra más importantes del país. En ella, la ciudad marinera de Hondarribia veía con terror cómo uno de los suyos escondía a un cri­

minal tan misterioso como escurridizo.


Y cuando ya pensábamos que abrir una novela del autor era sinónimo de impregnarse de olor a salitre, del bamboleo de los barcos de pesca, del graznido de las gaviotas y del sinuo­so barrido de las mareas, antesala todo ello de la llegada de la sangre, la conmoción y las pe­sadillas, El ladrón de rostros nos sorprende con una propuesta original, que marca un cambio de ciclo, y en la que el autor explora nuevos re­tos: un salto de calidad que mantiene las señas de identidad esenciales en todo buen thriller: la trama trepidante, intrincada y llena de giros; la profundidad psicológica de los personajes, y los escenarios que acaban de conferir persona­lidad al conjunto.


El ladrón de rostros nos presenta a un in­quietante asesino ritual nacido al abrigo de las montañas vascas que durante siglos han guardado celosamente sus mitos y leyendas, profundamente enraizados en la localidad. La historia atrapa por su ambientación: un enclave montañoso y aislado en el que sus habitantes se hallan encerrados con su potencial asesino. Una mente obsesionada con la culpa y la re­dención, que elige a sus víctimas, descubre sus pecados y las ejecuta recreando con sus cuer­pos la inquietante obra que Oteiza esculpió en la fachada de Arantzazu: catorce apóstoles de piedra que abren su cuerpo y lo vacían para en­tregárselo a Dios. Un ladrón que primero arre­bata sus vidas y después extrae una copia de su expresión en el momento de la muerte para alimentar su exclusivo museo de los horrores.


Ibon Martín ha retratado al villano más des­asosegante y retorcido de su bibliografía, en­contrando la manera de integrarlo armónica­mente con la cultura, el folclore y las actividades artísticas de los parajes en los que actúa. Su la­drón de rostros responde al perfil del «asesino misionero»: mesiánico, violento y escurridizo, pero también sumamente inteligente y esquivo, capaz de borrar sus huellas y mezclarse entre sus vecinos sin despertar ninguna sospecha.


Como en todas las novelas del autor, la elec­ción del lugar no es en absoluto casual. Oñati, Araotz, Arantzazu y las montañas guipuzcoa­nas constituyen un cruce de caminos perfecto en el corazón de Euskadi, en el que confluyen la religión y la superstición, las tradiciones ances­trales y los ritos modernos: aguas mágicas que garantizan la fertilidad, terapias espirituales para conocerse a uno mismo, argizaiolas que guían el alma de los difuntos hasta su morada definitiva… son las distintas caras de una mis­ma moneda que nos habla de la fragilidad del ser humano y de su necesidad de creer en algo cuando todo parece perdido.


Por último, el mundo rural aporta el contra­punto luminoso a las páginas más oscuras de este libro: la vida de los modernos pastores que luchan por actualizar uno de los oficios más nobles y antiguos del mundo, dando continui­dad y preservando un entorno siempre amena­zado por dudosos intereses.


PERSONAJES


EL LADRÓN DE ROSTROS abarca un gran fresco humano. A los diversos miembros de la Unidad de Homicidios de Impacto (UHI) se une la co­munidad rural de Oñati, pródiga en secretos y entre cuyos miembros están muy presentes formas de vida tradicionales y creencias que desafían a la lógica. Martín saca el máximo par­tido de la fórmula clásica de la novela de miste­rio consistente en servirnos un amplio abanico de sospechosos, el perfil de cada uno de los cuales está minuciosamente trabajado.


Ane Cestero, suboficial de la UHI y vehículo conductor del ciclo literario. Aficionada a esca­lar y a tocar la batería, dueña de un look poco convencional para una ertzaina y amante del buen café, en anteriores entregas ya hemos sa­bido de su tendencia a actuar por libre, lo que provoca que sea vista como problemática por los altos mandos.

Cestero arrastra más de un trauma del pa­sado –el maltrato del que fue víctima su madre a manos de su padre, la muerte de una amiga íntima– que la han bloqueado emocionalmente.


Una vez más, Ane cuenta con el apoyo del resto de miembros de la Unidad de Homicidios de Impacto: Aitor y su gran olfato policial; Ma­drazo, esta vez a pie de calle; Silvia, la brillante psicóloga que les ayudará a trazar el perfil del asesino y Julia, amiga y cómplice, que en esta entrega recibirá noticias importantes sobre una importante historia de su pasado.


Durante la investigación del caso nos aden­traremos en la vida de la comunidad rural de Oñati, descubriendo una variada muestra de hombres y mujeres con sus propias zonas de luz y de sombra: fray Inaxio, prior de la orden franciscana al frente de Arantzazu, que profe­sa una fe empática y dialogante; Iñigo Udana, ambicioso político local obsesionado con la privatización de la energía eléctrica de la locali­dad; Pilar Hernández una misteriosa y solitaria mujer en contacto con el más allá, que vive en­tregada a la custodia de la ermita de Sandaili; Andrés Oleta, un escultor vinculado al paisaje oñatiarra; Gema, su esposa, una mujer sensible y espiritual que ha acondicionado el caserío fa­miliar para realizar retiros de yoga y meditación; Javier Ayala, director de la escuela de pastores, y algunos de sus alumnos como Gaizka, un jo­ven y dedicado aprendiz de pastor o Peru, un simpático canalla que tarde o temprano here­dará el rebaño familiar.


ESCENARIOS


La íntima conexión de Ibon Martín con la geografía vasca antecede por mucho a su ca­rrera literaria. Viajero irredento, el amor por su tierra y su habilidad con las palabras confluye­ron para elaborar un proyecto de guías de viaje que lo llevaron a recorrer profusamente las sen­das de Euskadi. De aquí surgió una comunión con sus parajes y un aprendizaje sobre la histo­ria y la mitología de los diferentes lugares que iba recorriendo que tendría una importancia capital en la construcción de su imaginario de ficción. Como no podía ser de otro modo, el pai­saje vasco, su geografía emocional, vuelve a ser un elemento fundamental en su esta novela.


Oñati es el municipio en el que se concentra la mayor parte de la acción. Bajo una niebla y un sirimiri pertinaces, y la omnipresencia de ovejas y cuervos, se despliega una riquísima geografía compuesta de valles, pastos, caseríos, ermitas, basílicas, cuevas, prados, bordas, senderos… un territorio pródigo en leyendas y supersticiones sobre el que reina majestuosa la basílica de Arantzazu, obra cumbre del brutalismo vasco, que reúne en un mismo edificio los trabajos de Sáenz de Oiza, Eduardo Chillida o Jorge Oteiza.


Un paraíso de difícil acceso, cerrado al norte por las cumbres rocosas de la sierra de Aizkorri. Un inmenso mar verde salpicado de hayedos y campas dedicadas al pastoreo de las ovejas la­txas con las que se elabora el queso idiazábal, con impresionantes saltos de agua que nutren los embalses y pantanos que suministran luz a través de centrales eléctricas que forman parte del patrimonio industrial vasco, y que también han esculpido profundas cuevas que son uno de los atractivos turísticos de la zona, como la cueva de Sandaili, que alberga en su vientre de roca la ermita de San Elías o Aiztulo, cuya ca­prichosa estructura en forma de arcos recuerda a una catedral pagana.


La prosa detallista y evocadora de Ibon Mar­tín transporta al lector a unos parajes que no se limitan a ser un decorado para la historia, sino que tienen su peso en los acontecimientos y el carácter de los personajes logrando así una co­munión total entre acción, paisaje y emoción.


LOS TÍTULOS DE LA SERIE


La danza de los tulipanes

La periodista más popular de Gernika es arrollada por el tren que cubre la línea de Urdaibai. La víctima ha sido fijada a la vía con un delicado tulipán entre sus manos. La flor, de un intenso y brillante rojo, es tan hermosa como difícil de encontrar en pleno otoño. La escena, cuidadosamente preparada, ha sido retransmitida en directo a través de Fa­cebook. La danza de los tulipanes nos sumerge en la ría de Urdaibai, un lugar mágico donde el mar y la tierra se abrazan al compás de las mareas que mecen las tranquilas vidas de sus habitantes, que se ven repentinamente sacudidas por la brutal irrupción de un asesino complejo e inte­ligente, capaz de rivalizar con los ritmos de la naturaleza que desde siempre han gobernado la comarca.


La hora de las gaviotas

Las gaviotas sobrevuelan in­quietas la ciudad marinera de Hondarribia, que se ha vestido con sus mejores galas para celebrar un día especial. Sus graznidos compiten con los alegres sonidos que inundan las calles, donde los vecinos se preparan para disfrutar de la fiesta ajenos a la terrible amena­za que se cierne sobre ellos. En mitad del desfile se desata el horror. Una puñalada salvaje y certera riega con sangre el frío suelo de piedra. Una mujer ha muerto ase­sinada. Y no será la última. La suboficial Ane Cestero y su unidad especial tendrán que dar caza a un asesino feroz e implacable, capaz de ocultarse a la vista de todo un pueblo. La hora de las gaviotas es un thriller sinuoso, magnético e impecable que nos enfrenta al peor de los enemigos: el odio visceral que late escondido en todos nosotros


Sobre el autor

Ibon Martín (Donostia, 1976) ha conquista­do un lugar propio en el thriller nacional e in­ternacional gracias a sus pasiones: viajar, escri­bir, describir. Su carrera literaria empezó en la narrativa de viajes. Enamorado de los paisajes vascos, recorrió durante años todos los cami­nos de Euskadi y editó numerosas guías que si­guen siendo referencia imprescindible para los amantes del senderismo. Su primera novela, El valle sin nombre, nació con el deseo de devolver a la vida los vestigios históricos y mitológicos que sus pasos descubrían. Tras ella llegaron «Los crímenes del faro», una serie de cuatro libros inspirados por el thriller nórdico que se convirtieron en un éxito rotundo

La danza de los tulipanes (Plaza & Janés, 2019) alcanzó los primeros puestos en las listas de más vendidos, consagrándolo como uno de los autores más destacados de thriller tanto en España como en el extranjero, donde ocho de las editoriales internacionales más prestigiosas se rindieron al hechizo de su narrativa. La hora de las gaviotas (Plaza & Janés, 2021) fue galar­donada con el Premio Paco Camarasa a la me­jor novela negra del año, y lo confirmó como el maestro vasco del suspense.

Novela a novela ha construido un universo muy especial en el que se mezclan con elegan­cia todos los tonos del noir: investigación a car­go de un equipo policial, perfilación criminal del asesino, denuncia de asuntos de actualidad, suaves pinceladas de suspense y ambientacio­nes poderosas que evocan paisajes rurales y leyendas antiguas.


 

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