NUESTRO ÚLTIMO VERANO EN LA ISLA , la novela que Abril Camino siempre soñó escribir


Editorial Planeta. 368 páginas

Tapa dura con sobrecubierta: 19,90€ Electrónico: 8,99€


Marina lleva dieciocho años sin ver a Lucas.


Lucas lleva dieciocho años sin volver a la isla.


Hasta ahora.


La muerte del señor Martín y su decisión de incluir a Lucas y Marina en el testamento hace que ambos se reencuentren en la casa en la que pasaron los veranos de su infancia; la casa en la que se enamoraron y se hicieron promesas que acabaron rotas.

Después de un reencuentro incómodo, Lucas y Marina deciden investigar los hechos que desembocaron en su ruptura hace casi dos décadas. Para ello tendrán que viajar cuarenta años atrás en el tiempo, hasta el último verano de la dictadura, el que marcó las vidas de sus padres y condicionó para siempre el futuro de ambas familias.

¿Se arrepentirán Lucas y Marina de desvelar los secretos que llevan tantos años guardados? ¿Serán capaces de continuar con sus vidas después de sacar al descubierto décadas de mentiras? Y, sobre todo, ¿podrán reencontrarse en el mismo lugar en que la vida los separó?


ALGUNOS TRAZOS SOBRE NUESTRO ÚLTIMO VERANO EN LA ISLA


Nuestro último verano en la isla tiene una característica muy especial, y es que por primera vez desde que la autora comenzó a escribir, ha utilizado su ciudad como uno de los escenarios de la trama: A Coruña. El escenario principal es en la costa cantábrica, en tres momentos históricos diferentes: 1975, 1997 y 2015. La autora ha realizado un gran trabajo de ambientación porque consigue explicar a grandes trazos los datos históricos imprescindibles para que lectores que no hayan vivido los últimos años de la dictadura se sitúen en el ambiente de esa época. Un viaje a través de los años con el amor como hilo conductual.


Cuenta con una trama original, ya que pone el foco en los hijos y los presenta como víctimas de las malas decisiones de sus padres, los que para encauzar sus vidas y tomar sus propias decisiones deciden investigar qué ocurrió en el pasado. Una novela que entrelaza la historia de padres e hijos con un escenario común: la isla en la que pasaron las vacaciones generación tras generación. Una isla que se convierte en un personaje más de la historia, un lugar que les ha visto crecer, evolucionar y enamorarse.


Nuestro último verano en la isla es mucho más que una historia de amor, mucho más que un libro sobre esos amores que se quedan enquistados, que terminan cuando están a punto de despegar. Es mucho más que una novela sobre reencuentros, sobre perdón, sobre decir lo que aún no ha sido dicho. Es también un retrato transgeneracional que viaja desde los últimos años de la dictadura franquista, donde las ansias de libertad y la crítica política estaba presentes en cada conversación; hasta el día de hoy, en el que los hijos de aquellos que vivieron la Transición reflexionan sobre el pasado de sus padres y cómo, de alguna manera, ha marcado su presente.


LOS PERSONAJES


MARINA

«Marina siempre se ha preguntado cuánto influye su nombre en su amor por el mar. Si quizá oír esa palabra asociada a ella cuando era aún un bebé le infiltró en el inconsciente un apego que por momentos llegó a convertirse en obsesión. O tal vez, al contrario: si sus padres intuyeron de alguna manera que toda su existencia estaría ligada al mar y le pusieron al mismo tiempo nombre y adjetivo. Porque Marina, por encima de cualquier otra cosa, es marina. Marítima, náutica, oceánica.»

Marina anda cerca de los treinta y nueve años, y compagina escribir su tesis doctoral con el cuidado de su madre que sufre de alzhéimer. En el pasado, tras una ruptura que le rompió el corazón en mil pedazos, dejó la carrera de Biología y se matriculó en Náutica, y encontró en el mar el consuelo que la tierra le negaba. Ahora su vida ha cambiado, y la enfermedad de su madre le ha hecho volver a tierra firme, y alejarse de su gran pasión: el mar.

Lejos quedan ya aquellos veranos que pasaba en La isla desde pequeña. Una isla que le descubrió su madre, y en la que cada verano vivió los mejores años de su vida. Una isla en la que creció, se enamoró, y también sufrió. Sin embargo, un acontecimiento inesperado le hace volver: ha fallecido el señor Martín, y le ha legado gran parte de su herencia. En su vuelta a la isla se reencontrará con Lucas, su primer amor, que un día se esfumó sin dar ninguna explicación.

«Marina está segura de que esa franja de tierra ha llorado tanto como ella desde que la tarde anterior perdieron, ambas, a una de sus personas más queridas».


LA ISLA

A la isla la llaman “La isla”. Marina no se ha criado en ella ni ha vivido allí más que durante un mes cada año y algunos fines de semana esporádicos, pero la isla habita en su interior desde siempre. Allí están sus raíces. Una isla cuya máxima longitud es de 5,8 km y que cuenta con tan solo ciento sesenta y cuatro habitantes. En sus años gloriosos el muelle se llenaba de pescado fresco cada día, y servían a las tres fábricas de conservas que llegó a tener. Había parroquia, médico, escuela y hasta fábrica de hielo. Con el tiempo el turismo fue sustituyendo a los locales, y la población fue bajando cada día más. Sin embargo, para los protagonistas de esta historia, la isla es mucho más. Ha sido el escenario de sus vidas.

«El horizonte vuelve a estar ahí. Y en él se recorta ya la silueta familiar de la isla, que parece temblar con cada bamboleo del barco que acerca a Marina a su costa. Una isla que flota sobre las aguas del Cantábrico, majestuosa, que alza su cumbre hacia el cielo encapotado e ilumina de forma intermitente las olas rizadas con el haz de luz de su faro.»


EL SEÑOR MARTÍN

El señor Martín había sido para Marina como un abuelo. Había pasado su vida en la isla, y como no había podido tener hijos con su mujer, Dora, decidieron abrir las puertas de su casa a las familias que iban a veranear a la zona. Fue así como conoció a la familia de Marina, que comenzaron a alojarse en su casa en agosto.


Aunque era un anciano, el señor Martín seguía levantándose cada día al alba para ocuparse de las tareas de su huerto, y bajaba al puerto de pescadores a fumar de su pipa mientras hablaba con los pescadores. Desde joven comenzó una tradición: escribir un diario en el que iba documentando su vida, y que tenía perfectamente ordenados en el desván de su casa. Cuando los médicos le dijeron que le quedaba poco tiempo de vida, decidió dejar casi toda su herencia a Marina.

Marina había pasado muchos agostos de su vida en esa isla perdida del Cantábrico. Muchas personas habían ido y venido de su vida durante tantos años, pero el señor Martín había sido la única constante. Ahora, con su muerte, se sentía a la deriva.

«Aún le parece inverosímil estar ahí, dirigiéndose al único lugar del mundo al que llama hogar, para despedir por última vez al señor Martín, el hombre que ha sido como su abuelo, a pesar de que no compartían ni una molécula de ADN.»


LUCAS

Lucas fue el primer amor de Marina, su primer beso, su primer novio, su primer cuerpo desnudo, su primer plan de vida, su primer todo. Ahora está casado y con dos hijas, pero veinte años atrás le rompió el corazón a Marina esfumándose sin dar explicaciones. Es el hijo de uno de los amigos de la infancia de la madre de Marina, y sus últimos años han sido complicados debido al divorcio de sus padres. Además, su matrimonio tampoco atraviesa su mejor momento. En este contexto volverá a la isla con motivo de la muerte del señor Martín, y se reencontrará con Marina y con todo su pasado. Una vuelta que le hará revisar toda su vida, y tratar de encontrar respuestas.


ANGIE, LA MADRE DE MARINA

Actualmente tiene alzhéimer, y está ingresada en un centro especializado. Excéntrica y rara para algunos, crio a Marina rodeada de amor, de ideales, de música diferente, de libros que Marina ni siquiera entendía. La enseñó a entender, a pensar, a querer.

Angie nació en A Coruña en 1956, en un entorno social en el que mientras el mundo hablaba de rock and roll, en las radios españolas sonaba Soy minero y Doce cascabeles. Fue la primera hija del matrimonio formado por el encargado de una pequeña fábrica de refrescos y una modista. Cuando tenía cuatro años, sus padres la llevaron por primera vez a la isla. El veraneo en ese momento era el sueño de toda una generación de españoles que habían crecido entre el miedo de la guerra y el hambre de la posguerra. En esas primeras vacaciones, se alojaron en la casa de un matrimonio sin hijos, Martín y Dora. Angie destacó siempre por su belleza y su rebeldía. En agosto de 1975, Angie, con 19 recién cumplidos, llegó de nuevo a la isla, sin saber todo lo que le esperaría.


DAMIÁN Y VÍCTOR

Desde que Angie tenía 8 años, pasaba todos los agostos junto a Damián y Víctor. Eran inseparables.

Víctor vivía en Madrid y formaba parte de una familia acomodada, fruto de un padre que había hecho la guerra en el bando adecuado. Tenía 5 hermanos y él es el que más dolores de cabeza les causó a sus padres, por sus ideas políticas. Veraneaba en la isla con su familia, en una pequeña casa anexa al lado de la del señor Martín.

Damián era el sobrino del señor Martín. Nació en Mieres en el seno de una familia muy humilde, hijo de un minero y una superviviente de la posguerra. Llevaba siete años viviendo con su tío en la isla. Eran completamente diferentes, pero fue Angie quien los unió cuando eran solo unos niños. Grandes amigos, de esos que son hogar, y que podían estar horas inmersos en una discusión de política, música, o el sentido de la vida; o anclados en un cómodo silencio.


LA MUERTE DEL SEÑOR MARTÍN Y UNA HERENCIA INESPERADA

El señor Martín era viudo, y nunca tuvo hijos. No hay ningún heredero que se pueda hacer cargo de su casa familiar, y alguna que otra vez a Martín se le escapaba que querría que fuera para Marina. La casa del señor Martín es una típica vivienda indiana, construida más de un siglo atrás por un antepasado de Dora, su mujer, que volvió a su tierra natal con los bolsillos llenos de dinero cubano. En esa casa Marina jugó al escondite, se quedó castigada alguna tarde de sol, preparó exámenes universitarios y aprendió a enamorarse. Anexa a la casa hay otra más pequeña que también forma parte de la herencia.

Cuando el abogado lee la herencia del señor Martín, descubrirá que la ha declarado heredera universal de todos sus bienes (su casa, la finca, una lancha, el dinero de su cuenta corriente…), pero con una excepción: la casa pequeña anexa a la suya será para Lucas, una casa en la que pasó sus primeros veinte veranos.

«La misión de Marina va más allá de heredar y cuidar aquel espacio, sino que su misión es recordar. Aún no ha cumplido los cuarenta años, pero ya es la única persona que puede atesorar los momentos que convirtieron la isla en mucho más».


EL INESPERADO REENCUENTRO CON LUCAS

Marina nunca habría imaginado que en el despacho del abogado del señor Martín, aparecería Lucas. Tampoco habría esperado nunca que tendría que compartir la herencia con él. Pero era la última voluntad del señor Martín. Juntos pasarán varios días en la isla gestionando la herencia, y convivirán en la casa del señor Martín.

Allí, todo son recuerdos. Unos dolorosos, otros muy felices. Una casa que aún conserva las marcas que hacían cada verano en el marco de la puerta para comprobar cuánto habían crecido. Allí se pondrán al día de sus vidas, pero con cautela, como quien camina cerca de un acantilado y no quiere caerse.

Entre tazas de Ribeiro rememoran veranos pasados en bañador recorriendo la isla en bicicleta, y pasan del pasado al presente sin mucho orden.

«¿Se puede desgranar lo peor de una vida en cuatro frases cordiales? ¿Conseguir que las palabras fluyan sin verse afectadas apenas por un leve titubeo? Siempre había creído que no, que, si el destino me pusiera en la tesitura de volver a encontrarme cara a cara con Lucas, me desangraría en una explicación que iría desde cómo la vida se me rompió el día que se marchó hasta el momento en que, cuando había logrado recomponerla, la memoria abandonó a Angie y me quedé flotando a la deriva. Pero no ha sido así.»


MARINA Y LUCAS: UN AMOR DE MUCHOS VERANOS

Marina y Lucas habían esbozado proyectos de futuro, casarse, tener niños, envejecer juntos. Llevaban juntos desde tiempos inmemoriales. Habían atravesado juntos los años del colegio, el instituto… viéndose solo en verano e intercambiando cartas el resto de año al principio, y haciendo viajes entre Madrid y Coruña más adelante. Pero ya necesitaban más, y no paraban de hacer planes de futuro, aunque esperarían a acabar la carrera.

La noche que lo rompió todo

«—Me cuesta estar aquí y no recordar aquella noche. Y me muero de pena, Marina.

Ella cierra los ojos. Sigue doliendo. Siempre lo hará. Pocas personas pueden datar el día que marcó un antes y un después en la historia de sus vidas. Lucas y ella, en cambio, lo tienen muy claro. 26 de agosto de 1997.»

La última noche que pasaron juntos fue una típica noche de verano: cenaron juntos raxo y pulpo acompañados de una buena sidra, tomaron una copa cerca del mar e hicieron el amor hasta quedarse dormidos. Sin embargo, no sabían que esa noche de finales de verano todo saltaría por los aires.

«Reconocieron enseguida voces familiares. Eran sus padres, que hablaban a gritos, pero ya no porque se les hubiera ido de las manos una discusión sobre el Gobierno de Aznar, las políticas de Clinton o el terrorismo de ETA. Oyeron portazos, un chasquido de cristales rotos y pasos apresurados por las escaleras.»

Se dijeron adiós apresuradamente, y Lucas prometió llamarla en cuanto llegara a Madrid. Daba igual lo que ocurriera a su alrededor, ellos seguirían adelante con sus planes de futuro. Solo que nunca llamó. Ni volvió a responder al teléfono. Marina tardó meses, años, en realidad, en asumir que jamás regresaría. Se quedó varada en una despedida que no fue tal, en un adiós nunca pronunciado. Y dieciocho años, tres novios y miles de millas navegadas después, Marina sigue considerándolo el gran amor de su vida.

¿Por qué Lucas se fue sin dar ninguna explicación?

Han pasado dieciocho años desde que Lucas se esfumó. Lucas no supo hacer las cosas en un primer momento; luego se avergonzó de haber dejado pasar tantos días; y al final acabó agarrándose a las dudas que alguna vez había tenido, a cualquier cosa mala relacionada con ellos, incluidas algunas ideas que su madre intentó meterle en la cabeza.

«—¿Por qué no volviste, Lucas? —La pregunta parece que se le escapa a Marina. Tal vez es así. (…)

—Porque la única forma de olvidarlo era… borrarlo. No sé decirlo de una manera diferente. Me convertí en otra persona. Acabé la carrera, me fui a hacer un máster a Londres, me quedé allí trabajando tres años, regresé, conocí a Teresa, nos casamos, fuimos padres… Los veranos se me fueron en interraíles, más tarde en viajes a sitios exóticos…»


UNA FOTO CALCINADA

Lucas encuentra, en la barbacoa de Martín, una foto a medio quemar. Fue allí donde falleció. En la foto aparece una chica en bikini con un moño alto y unas gafas de sol redondas, que parece una actriz de Hollywood. A cada lado dos chicos de su edad, también en bañador. En el reverso se puede leer «Angie, Víctor y Damián, agosto de 1974». Son Angie (madre de Marina), Víctor (padre de Lucas) y Damián (sobrino de Martín). Es una foto que no habían visto nunca, pero, ¿por qué? Y, sobre todo, ¿por qué el señor Martín quiso quemar esa foto justo antes de morir?


1975, una época social y política convulsa

Angie, Víctor y Damián eran grandes opositores del Régimen de Franco. Víctor era el teórico del grupo y Damián estaba metido en algo que no concretaba, pero visitaba de vez en cuando el País Vasco, donde mantenía contacto con opositores a los que nunca ponía siglas. Angie soñaba con la libertad; solo quería que Franco se muriera ya.

A «los tres mosqueteros», así los llamaban, los unían la música, la política, las ansias de libertad, los sueños de futuro. Y los unía el amor. Ese tan puro que está implícito en una amistad profunda, pero también… el otro tipo de amor. Los dos chicos habían estado enamorados de Angie desde siempre.

«Aquella chica llevaba atrayéndolos como un imán desde que eran unos niños, incluso antes de entender qué significaba aquella vibración que notaban en la boca del estómago cuando la tenían delante».

Durante muchos años Damián y Víctor hicieron una especie de pacto de «no agresión», ya que ambos reconocieron sentirse atraídos por Angie. Sin embargo, el verano en el que Víctor les contó que iba a ser padre y que iba a casarse, todo cambió. Fue el último verano de la dictadura, un verano que el señor Martín escribió en su diario. Pero, ¿qué ocurrió ese verano para que el señor Martín quemase cualquier rastro de lo sucedido?

«Había dudado mucho antes de escribir sobre lo que ocurrió aquel último verano de la dictadura en esos cuadernos de bitácora que nunca habían hablado solo de travesías. Pero lo hizo porque necesitaba sacárselo de dentro, exorcizarlo. (…) Quemó las páginas que explicaban aquella historia que nunca habría querido vivir. Intentó asegurarse de que en ningún diario posterior quedara rastro de lo que había ocurrido.»


LOS AÑOS MÁS BONITOS DE MARINA Y LUCAS

«Los años más bonitos de la vida de Marina y Lucas huelen a salitre, a bronceador de coco y al azúcar quemado de las almendras garrapiñadas de las verbenas.

Los años más bonitos son el primer beso a los doce años de un chico escayolado y una chica que renunciaba a la playa para quedarse con él. Son partidas de futbolín en el casino, cómics de Tintín leídos a medias, ampollas en los pies después de horas en cangrejeras. Pintarse la piel con aquella planta a la que llamaban platanitos y que tardaron años en descubrir que era en realidad una especia invasora. Horas con el bañador mojado. Reposiciones de Verano azul en un televisor de tubo. Son una infancia que se pareció más a la de sus padres de lo que se parecería a la de los hijos que nunca tuvieron. Misa de ocho, jugar a la goma, una Virgen del Carmen en la cocina con mariposas de aceite.

Los años más bonitos fueron dos cuerpos encontrándose por primera vez en una noche de perseidas, pieles sudando mientras el cielo lloraba estrellas.

(…) Los años más bonitos eran veranos que se estiraban. Agostos que empezaban a finales de junio y acababan dos días antes de que comenzara el curso. La melancolía anticipada al atravesar el ecuador de agosto. El dolor cuando las maletas se bajaban de los altillos.

(…) Los años más bonitos también eran inviernos de cartas en el buzón, llamadas perdidas a un teléfono fijo, calendarios con fechas de reencuentro marcadas en rojo, un Alsa nocturno entre Madrid y Coruña, la locura de coger un coche con el carnet recién sacado solo para ver el perfil de la isla desde lejos.

(…) Los años más bonitos eran un reencuentro. Un beso. Una mirada que decía “ya estamos aquí”. Otra vez. Juntos. Los dos.

Los años más bonitos deberían haber durado para siempre.»


Sobre la autora


Abril Camino nació en A Coruña en 1980. Su pasión por la literatura la llevó a licenciarse en dos filologías, a devorar historias de forma incansable y a trabajar durante años rodeada de libros, pero un día descubrió que crear ella misma a los personajes y las tramas era lo que de verdad la hacía feliz. Desde entonces, vive pegada a las teclas de un portátil.

Es autora de más de quince novelas, siempre a medio camino entre la novela romántica, la ficción narrativa y el género sentimental. Se dedica profesionalmente a la escritura desde 2015, cuando empezó a autopublicar algunas de sus obras. Mujeres fuertes, sentimientos hondos y un estilo reconocible son las principales señas de identidad por las que los lectores eligen sus libros. Algunas de sus novelas más destacadas son La petición de Olivia, El ayer, nosotros y un mañana imposible o Te quise como si fuera posible.

Tiene una muy buena relación con sus lectoras, que esperan con ilusión cada una de sus obras. Cuenta con 11,5k seguidores en Instagram, que ya están expectantes con su próxima novela.

«Cuando empecé a escribir, entendí que eso era lo que siempre me había faltado.»

Para conocer más a Abril Camino:

www.abrilcamino.com Instagram: @abrilcamino

Twitter: @abrilcamino Facebook: Abril Camino Pinterest: @abrilcamino



 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Amstel celebra la Germanor estas Fallas con un tema inédito de Zzoilo

La III Ruta de les Coques by Ambar vuelve a València con 23 restaurantes participantes

GermanorFest de Amstel entra en su recta final con sus últimas entradas disponibles