Elvira Roca gana el Premio Primavera con LAS BRUJAS Y EL INQUISIDOR, una apasionante novela que rompe con los estereotipos de la Inquisición y la brujería
Editorial Espasa. 576 páginas
Tapa dura con sobrecubierta: 21,90€ Electrónico: 9,99€
Elvira Roca Barea ha ganado el Premio Primavera con LAS BRUJAS Y EL INQUISIDOR, una novela que recrea un episodio histórico en el enigmático ámbito de la Inquisición Española y rescata una figura tan poco conocida como relevante: Alonso de Salazar. Además, la autora nos conduce a un viaje apasionante por los entresijos de la brujería en el siglo XVII, cuando las guerras de religión, los conflictos políticos y otras circunstancias provocaron una masiva caza de brujas en Europa. En el caso de Zugarramurdi, además, no hay que olvidar la rivalidad entre Francia y España por el control de Navarra. A todo esto se enfrentará el inquisidor Alonso de Salazar con la más poderosa de las armas humanas: la razón. «Espero que mi novela cumpla con la regla horaciana prodesse et delectare, es decir, que enseñe y deleite al lector.»
EL PREMIO PRIMAVERA
El viernes 17 de febrero se dio a conocer el fallo de la vigesimoséptima edición del Premio Primavera de Novela. El jurado, presidido por Carme Riera y compuesto por Antonio Soler, Gervasio Posadas, Fernando Rodríguez Lafuente y David Cebrián, falló por mayoría que la obra ganadora de este año sea Las brujas y el inquisidor, cuya autora es Elvira Roca Barea.
Dotado con 100.000 euros, el Premio Primavera es, desde su primera edición en 1997, uno de los más prestigiosos en lengua española. Lo convocan la editorial Espasa y Ámbito Cultural de El Corte Inglés, con el fin de apoyar la creación literaria y contribuir a la máxima difusión de la novela como forma de expresión artística de nuestra época.
Para esta edición del premio se recibieron un total de 1335 originales. España, que aporta 661 novelas, encabeza la lista de participantes, seguida de Argentina y México, con 210 y 90 originales respectivamente.
El Premio Primavera de Novela ha reconocido en años anteriores a autores de muy diferente índole, todos ellos con una contrastada carrera literaria. En 2022, el galardón fue concedido a la novela Operación Kazán, de Vicente Vallés, que se convirtió en una de las novelas más vendidas del año.
SOBRE LA NOVELA PREMIADA.
En 1609 varias personas son acusadas de brujería en la aldea navarra de Zugarramurdi. Lo que parecía un episodio puntual, sin importancia, va adquiriendo una virulencia inusitada. En estas circunstancias el inquisidor general Bernardo de Sandoval envía a Alonso de Salazar y Frías a Logroño, sede del Santo Oficio.
No se trata tan solo de hechicerías, mal de ojo, vuelos nocturnos o tratos carnales con Lucifer: los hay que confiesan atroces asesinatos y la utilización sistemática de niños como acólitos del Gran Cabrón. Pero ¿por qué esta epidemia ahora con epicentro en una aldea cerca de la frontera francesa? ¿Es la brujería un espejo que refleja conflictos e intereses variados, muchos de los cuales no tienen nada que ver con el diablo?
La novela se divide en veintiséis capítulos —XXVI, en numeración romana— de extensión variable, un «Epílogo» sobre el destino de los personajes más importantes y unas notas finales —«Para saber más»— en las que la autora propone una breve bibliografía para aquellos lectores que quieran ampliar algún aspecto de la historia. Cada capítulo está encabezado por un título que resume su contenido principal, recreando el lenguaje y la forma empleados en las crónicas de la época. Está narrada en una tercera persona omnisciente que, muy a menudo, se focaliza en los personajes principales. Elvira Roca Barea recrea un español de época, sin caer en la artificiosidad y en el que abundan los dichos populares. Brillan, especialmente, los diálogos, que se mueven entre la profundidad de las conversaciones sobre religión, filosofía o brujería y el divertido costumbrismo de la vida diaria. La autora lo impregna todo con una ironía capaz de arrancar una sonrisa en determinadas escenas. Una forma de aliviar la tensión creada por un tema tan dramático como es el de la caza de brujas.
La recreación de la época es extraordinaria. Paseamos por las calles, entramos en las posadas, nos cruzamos con personas de toda condición, pero sin que Elvira Roca Barea caiga en la trampa de la sobredocumentación. La ambientación en la novela está al servicio de la acción, de la narración, y no al contrario.
MARCO HISTÓRICO
El mundo político, económico, cultural y religioso de principios del siglo XVII enmarca la novela, en algunos momentos sirve como motor narrativo y sitúa perfectamente al lector en una época apasionante en la que los estados modernos iban imponiendo su maquinaria en todos los terrenos. En España, el duque de Lerma, valido de Felipe III, era el hombre más poderoso y, en Francia, vivimos los últimos años del reinado de Enrique IV, asesinado en 1610. Elvira Roca Barea hace referencia, también, a las guerras de religión de Francia, a finales del siglo XVI, esenciales para comprender mejor el relato sobre la caza de brujas. Por cierto, por el libro asoman, también, fray Luis de León, Lope de Vega, Cervantes, Góngora y Quevedo.
DOS PERSONAJES FORMIDABLES
Enseguida les presentamos a los personajes principales de la historia. Dos de ellos, Alonso de Salazar y Pierre de Lancre simbolizan las dos formas de afrontar el fenómeno de la brujería: racionalidad frente a fanatismo, empatía y conocimiento del alma humana frente al abuso del poder.
DON ALONSO DE SALAZAR.
El protagonista de la novela, Alonso de Salazar y Frías, nació en Burgos, en 1564. Miembro de una familia hidalga de mercaderes de lana y funcionarios —su padre y su abuelo fueron letrados—, estudió Derecho Canónico en Salamanca, en donde se graduó como bachiller, en 1584. Cuatro años después fue ordenado sacerdote y se licenció en Cánones en la Universidad de Sigüenza.
Desde aquel 1588 y hasta 1595 formó parte del séquito de Francisco Sarmiento de Mendoza, obispo de Jaén, a cuyo servicio puso sus conocimientos de Jurisprudencia y cuyos intereses, y los del Cabildo catedralicio, defendió con éxito en varios pleitos. Mantuvo una estrecha amistad con el sucesor de Sarmiento en el obispado jienense, Bernardo de Sandoval y Rojas, que nombrado arzobispo de Toledo e inquisidor general lo incorporó al Santo Oficio en 1609.
Analítico, empático y racional, el primer destino importante de Alonso de Salazar como inquisidor fue el Tribunal de Logroño, donde se había abierto un proceso por los supuestos casos de brujería denunciados en Zugarramurdi, una aldea situada en el Pirineo vasco-navarro. Famoso proceso que concluyó con un auto de fe celebrado en noviembre de 1610.
Elvira Roca destaca de Alonso de Salazar que "era el más conocido de los inquisidores presentes en Logroño, terminó cargando con la responsabilidad de lo que allí había ocurrido. No fue ajeno a ello Leandro Fernández de Moratín, que volvió a editar el antiguo panfleto de Juan de Mongastón sobre el proceso, publicado en 1611, con el propósito de acrecentar la oleada anticlerical, arrastrando el nombre de don Alonso por el lodo. Como señala Caro Baroja, «no pensaría [don Alonso] que al cabo de trescientos años historiadores como Lea o Salomon Reinach iban a ensalzarle. Mas poco valen las alabanzas al lado de lo que él hizo. Su memoria merece más y sin embargo ha sido manchada por burlas como las de Moratín, que no necesitó sino la apariencia para hartarse de decir lo que se le antojaba siempre con tendencia a denigrar naturalmente». Años más tarde, otro extranjero, Gustav Henningsen, dedicó años de su vida a investigar los escritos y la vida de don Alonso. Eso, sin embargo, no ha despertado el interés de sus compatriotas por un hombre tan extraordinario, al menos hasta el presente".
La galería de personajes se nutre, sobre todo, de personalidades históricas relacionadas con el proceso de Logroño y con la vida política y religiosa de la época. Elvira Roca Barea integra, también, personajes de ficción que ayudan a dar un mayor dinamismo a la narración. Les costará mucho distinguir a unos de otros.
BALTASAR DE VELASCO Y FRÍAS.
Coprotagonista de la novela. Sobrino de Alonso de Salazar. Sacerdote jesuita. Veintisiete años, es más alto que bajo, recio de constitución, el pecho ancho y las manos fuertes. Hechuras macizas suavizadas por un rostro muy blanco con mofletes de niño bueno. Había sido destinado por la Compañía de Jesús a evangelizar Japón. Ha regresado a España no hace mucho, superviviente de una matanza, y vive en Madrid inmerso en una crisis personal y espiritual de la que lo saca una carta de su tío Alonso para que acuda a Logroño a ayudarle en su actual misión. Gracias a este encargo, Baltasar puede pagar sus deudas en la capital, adecentar su vestuario y empezar de nuevo.
HERMANO ALARCÓN.
Fraile terciario al servicio de Alonso de Salazar y, conforme avanza la novela, compañero de fatigas de Baltasar de Velasco en alguna de las misiones que su tío le encomienda. Paticorto y barrigudo —«no estaba tan gordo, más bien se hacía el gordo»—, protesta cada vez que se le exige el más mínimo esfuerzo físico.
BERNARDO DE SANDOVAL Y ROJAS.
Aranda de Duero (Burgos), 1546–Madrid, 1618. Obispo de Ciudad Rodrigo, Pamplona y Jaén, consejero real, arzobispo de Toledo, cardenal e Inquisidor general. Además de esos cargos, tenía influencia como pariente del duque de Lerma, valido del rey Felipe III y el hombre más poderoso del reino. Es amigo y protector de Alonso de Salazar.
ANTONIO VENEGAS DE FIGUEROA.
Madrid, c. 1550–-Sigüenza (Guadalajara), 1614. Miembro de una ilustre familia —su padre fue embajador de Felipe II en Alemania y su madre, dama de honor de la infanta María— se licenció en Cánones en la Universidad de Salamanca. Fue inquisidor en Granada y Toledo y miembro del consejo de la Suprema Inquisición antes de tomar posesión como obispo de Pamplona, en 1606. Se mantuvo en el cargo hasta 1612. Cuenta con un papel destacado en la novela, que nos permitirán que no desvelemos para invitarles a descubrirlo con su lectura. En todo caso, el suyo fue el apoyo más firme con el que contó don Alonso de Salazar durante el proceso por los casos de brujería de Zugarramurdi.
ALONSO DE BECERRA Y HOLGUÍN.
Monje de la orden de Alcántara e inquisidor destinado al tribunal de Logroño., del que es el miembro más antiguo. Entre sus obligaciones, en teoría, está velar por que sus compañeros puedan dar libremente su opinión y que nadie vote bajo coacción.
JUAN DEL VALLE Y ALVARADO.
Clérigo e inquisidor. Antes de ser destinado al tribunal de Logroño había ejercido de secretario de los obispos de Burgos y Valladolid.
ISIDORO DE SAN VICENTE.
Fiscal del proceso a las brujas de Zugarramurdi. Se graduó como doctor y había sido prior en Logroño y arcediano de Carballeda.
PIERRE DE LANCRE.
Pierre de Rosteguy de Lancre (Burdeos, 1553-1631) evita utilizar su primer apellido, que denota un origen vascón del que se avergüenza y se esfuerza por ocultar. Jurista y alto funcionario de la corte francesa, es destinado por el rey Enrique IV como juez instructor para reprimir la brujería en la provincia vasco-francesa de Labort, fronteriza con España. Misógino y fanático religioso, lleva años reuniendo información, acumulando datos y consultando autoridades, pero sobre todo anotando los resultados de su propia experiencia en la lucha contra el Maligno y contra las brujas y hechiceros. Llega a escribir cuatro obras sobre el tema que espera sirvan para erradicar ese problema.
MADAME D’HAUTERIVE.
Dama con influencia en París. Mueve sus hilos para conseguir favores y está al tanto de lo que se cuece en la corte. Es prima de la marquesa de Rambouillet, cuyo cabinet o salón literario es el más prestigioso de la capital francesa. Nadie sabe cuál es su verdadero propósito ni para quién trabaja, en realidad. Luce joyas grandes y ostentosamente falsas y vive en un caserón decrépito. Su aspecto estrafalario y su aire entre la estulticia y la inocencia pueden ser un ardid, un personaje creado por ella misma para desarmar a los demás sin levantar sospechas. Sus ojos de rapaz la delatan. Tiene vastos conocimientos jurídicos y teológicos relacionados con la brujería.
TRISTÁN DE URTUBI.
Señor de la comarca y dueño del castillo más importante de Labort. Está alarmado por la «plaga» de brujas que, según él, asola sus tierras.
LAS BRUJAS Y LOS BRUJOS DE ZUGARRAMURDI.
Cuando llega a Logroño información sobre la posible existencia de brujería en Zugarramurdi, se manda llamar a cuatro testigos. Cuando estos llegan, todo comienza a embrollarse. Son cuatro mujeres y confiesan por voluntad propia, sin aplicarles tormento. MARÍA DE JURETEGUÍA dice que es bruja desde niña y que su tía, MARÍA CHIPÍA, es quien la introdujo en esas artes. JUANA DE TELECHEA confiesa haber sido bruja durante dieciocho años y haber consagrado al demonio sus cuatro hijos. La cosa va a más con MARÍA PÉREZ DE BARRENECHEA y ESTEFANÍA DE NAVARCORENA, que aseguran haber asesinado a varias personas. Tras detenerlas, los inquisidores abren el proceso. Unos días después llegan a Logroño seis personas más, entre ellas, GRACIANA DE BARRENECHEA y sus dos hijas, MARÍA DE IRIARTE y ESTEFANÍA DE IRIARTE. Las acompaña el marido de Estefanía, JUANES DE GOIBURU, y dos hombres más, MIGUEL DE GOIBURU y JUANES DE SANSÍN. Tras los interrogatorios, se establece que Graciana de Barrenechea y Miguel de Goiburu pasan por ser los caudillos de la brujería en Zugarramurdi. Al final, treinta y uno de los cincuenta y cinco procesados lo es por brujería. Seis personas —cuatro mujeres y dos hombres—son quemadas vivas y cinco en efigie, porque ya habían muerto durante el cautiverio.
ZUGARRAMURDI, ENTRE LA REALIDAD Y LA LEYENDA.
Zugarramurdi tenía la misma apariencia que cualquier aldea de la comarca. Baltasar se sintió un poco estúpido cuando se notó sorprendido ante el aspecto totalmente pacífico y vulgar del sitio. Zugarramurdi se halla enclavada entre la montaña Navarra y el mar Cantábrico, en la comarca transfronteriza de Xareta. Este nombre hace referencia a la vegetación característica de la zona, compuesta por olmos, avellanos y laureles. El misterio se respira también en sus frondosos hayedos, recorridos por arroyos. Es, sin duda, una de las zonas más bellas de la península, ya que ofrece una encantadora combinación de paisajes evocadores y de una arquitectura autóctona sólida e integrada en el entorno, que invitan al paseo relajado.
En el siglo XVII, tal y como se describe en Las brujas y el inquisidor, la cercana frontera con Francia —a unos cuatro kilómetros del pueblo— era una entelequia. Las gentes iban y venían de un lado a otro sin control de ninguna clase. «El contrabando de productos como el vino o el aceite lampante era una actividad tan frecuente como hacer pan», nos explica el narrador.
El núcleo urbano de Zugarramurdi está dominado por la iglesia de la Asunción y el palacio Dutaria, y cuenta con caserones sólidos y vetustos. Cuatro vecindarios diseminados, Azkar, Madaria, Etxartea y Olasur, completan los escasos 6 kilómetros cuadrados de extensión del municipio.
La famosa cueva de las brujas es un túnel natural de 120 m de largo y 12 de alto, con dos galerías elevadas, excavado por el arroyo Orabidea. Su nombre en euskera es Sorginen Leizea. La galería principal es la infernuko erreka, o regata del infierno. Su naturaleza e historia la envuelven en un halo de misterio. Por lo demás, la cueva no cuenta ni con pinturas rupestres ni con formaciones de estalagmitas y estalactitas.
La palabra aquelarre procede de esta zona, ya que junto a la cueva hay un prado llamado Akelarre o Campo del macho cabrío.
Se ha rehabilitado el viejo hospital de la localidad para instalar el Museo de las Brujas de Zugarramurdi. Además, en Navarra se han creado cuatro itinerarios turísticos que recorren los escenarios principales de la brujería. El primero lleva a los valles de Roncal y Salazar y la zona de Roncesvalles. En el segundo se encuentran las llamadas Cinco Villas, entre ellas Zugarramurdi. El tercer itinerario se centra en montañas y cuevas, mientras que el cuarto incluye las tierras que rodean Estella.
MADRID.
En 1606, la capital del reino había sido trasladada, de nuevo, a Madrid tras un breve período en Valladolid. La vida en la ciudad que se describe en Las brujas y el inquisidor está presidida por la estampa imponente del Alcázar (en la imagen, un detalle de Vista del Alcázar de Madrid, de Félix Castelló, c. 1630), una antigua fortificación musulmana que fue ampliada y reformada por Carlos V en 1537. Allí vivía el rey Felipe III y residía la corte.
Entre los lugares que cita Elvira Roca Barea se encuentra el arroyo de la Castellana, al que suele ir a pasear Baltasar al inicio de la novela, en sus momentos depresivos. Está soterrado desde el siglo XIX y sus acuíferos discurren por debajo de lo que hoy es el paseo de la Castellana, que tomó su nombre de aquel modesto curso de agua.
Los dominicos, orden a la que pertenecía Alonso de Salazar, tenían su casa en el convento de Nuestra Señora de Atocha, hoy basílica. En 1650, cuando se instauró en Madrid un Tribunal del Santo Oficio independiente del de Toledo, se instaló allí el Consejo de la Inquisición. El edificio actual no es el original, ya que quedó muy dañado en varias ocasiones y fue reconstruido otras tantas, la última entre 1946 y 1951.
UN VIAJE DESDE MADRID A LOGROÑO EN EL SIGLO XVII.
En la carta que envía Alonso de Salazar a su sobrino Baltasar de Velasco le aconseja y detalla la mejor ruta para ir de Madrid a Logroño. Es una descripción que incluye villas y localidades que, en el siglo XVII, gozaban de prosperidad fruto de su privilegiada ubicación. Baltasar se informa de la ruta a través del libro Repertorio de todos los caminos de España, de Juan Villuga, una verdadera guía para viajeros y trajinantes.
De Madrid a Burgos, cuatro o cinco días son suficientes. Te aconsejo que hagas noche en Pardilla y luego en Cerezo, y de ahí, aunque la jornada se te hará larga, a Aranda de Duero. Las ventas son mejores, más limpias y con aposentos bien encalados. De Burgos a Logroño, tres días bastarán. En Villafranca y Santo Domingo encontrarás muy buenas hospederías. En general las hallarás por todas partes porque el camino de Santiago que por ahí pasa hace que haya un ir y venir constante de peregrinos y viajeros. El servicio de posta lo he encontrado excelente. Las mulas son jóvenes y jalan con brío.
LOGROÑO.
Descubrimos Logroño a través de los ojos asombrados de Baltasar, al que sorprenden la fertilidad de los campos que rodeaban la población y las gentes de toda clase que transitan por el Camino Real hacia la ciudad.
Don Alonso, fray Alarcón y Baltasar se alojan en una de las calles adyacentes a la catedral (en la foto). El templo se erigió, a partir del siglo IX, sobre un antiguo cenobio construido por monjes que habían huido de los musulmanes. La catedral que conocen los protagonistas no es, todavía, la actual, puesto que se amplió y completó en los dos siglos siguientes.
La provincia inquisitorial de Logroño «agrupaba toda Navarra, obispado de Calahorra y La Calzada, condado y señorío de Vizcaya con Álava y la provincia de Guipúzcoa, así como la comarca que dentro del arzobispado de Burgos cae de los montes de Oca hacia La Rioja». El tribunal de la Inquisición se trasladó desde Calahorra a Logroño en 1570. La sede se situó en el Hospital de Rocamador, un imponente edificio de tres plantas rodeado de muros altos. No se conserva.
CASTILLO DE SAINT-PÉE.
Situado en la localidad francesa de Saint-Pée-sur-Nivelle, fue la residencia de Pierre de Lancre y la sede del tribunal durante el proceso por los casos de brujería en la provincia vasco-francesa de Labort. Construido en el siglo XIV, ha sufrido varios incendios por lo que solo quedan de él unas ruinas.
PARÍS Y DOS ESCENARIOS IN ABSENTIA.
Madame d’Hauterive recibe a varios personajes de la novela en el agitado PARÍS del siglo XVII. El viaje desde España era agotador. Otros dos escenarios planean sobre la novela, sin que aparezcan como entornos en los que se desarrolla la acción principal. Son, si se nos permite la licencia, escenarios in absentia: TOLEDO y JAÉN. El arzobispo de Toledo es el primado de la Iglesia española. Bernardo de Sandoval, además, une a esa responsabilidad el cargo de Inquisidor general, por lo que la presencia nominal de la ciudad en Las brujas y el inquisidor es continua y relevante. Antes de su ascenso al cardenalato, Sandoval había sido obispo de Jaén, en donde Alonso de Salazar ocupó el cargo de racionero del Cabildo, primero, y de canónico, después. Hacia el final de la novela —y no destripamos su resolución— se nos dice que, en 1613, Salazar «marchó a Jaén para ciertos asuntos jurídicos relacionados con la diócesis».
INQUISICIÓN Y CAZA DE BRUJAS EN ESPAÑA. ROMPIENDO MITOS.
En sus famosos ensayos, Elvira Roca Barea rompe mitos negativos y prejuicios sobre episodios relevantes de la historia de España. En su primera novela mantiene esa constante y se centra en la imagen distorsionada que el público, en general, tiene sobre el caso de Zugarramurdi y sobre la intervención de la Inquisición en él.
Pese a que la Inquisición española es la que ha cargado con el sambenito de la crueldad y el fanatismo durante los episodios de caza de brujas en Europa, a partir del siglo XVI, los países en los que, con diferencia, se realizaron más procesos y ejecuciones de brujas fueron Alemania, Suiza, Francia y Escocia. Es más, en el cómputo sobre procesos por cada cien mil habitantes, España ocupa la parte baja de la clasificación mundial.
En un estudio publicado en 2017 por The Economic Journal, una revista académica de economía impulsada por la Royal Economic Society y Oxford University Press, los profesores Peter Leeson y Jacob Russ argumentan que las tensiones religiosas impulsaron la caza de brujas. Recopilaron datos de 43.000 juicios por brujería en Europa, y tres quintas partes ocurrieron durante el período de agitación religiosa entre 1560 y 1630, en el que está situada Las brujas y el inquisidor.
En España, las condenas apenas llegaron a cincuenta. Solo en la ciudad alemana de Würzburg, en seis años fueron muertas por brujería más de doscientas personas.
Las cifras en Alemania, por ejemplo, son demo-ledoras. Solo en la ciudad bávara de Würzburg, más de doscientas personas fueron ejecutadas entre 1625 y 1631. En España las condenas totales difícilmente llegaron a cincuenta, sumando las de los tribunales civiles y los inquisitoriales. Además, partir de la lucha de Alonso de Salazar contra la persecución no hubo más condenas. Y, sin embargo, la mala fama internacional se la llevó nuestro país.
Elvira Roca Barea simboliza esa realidad en el enfrentamiento —que no fue personal— entre dos personajes antagónicos: la racionalidad de Alonso de Salazar frente a la credulidad de Pierre de Lancre. Los procesos que este último presidió en Labort, en 1609, condenaron a la hoguera a ochenta personas. Cundió el pánico entre la población, lo que provocó el éxodo de muchas familias hacia Navarra; algunas se establecieron en los alrededores de Zugarramurdi.
Leeson y Russ atribuyen esta histeria contra las brujas a las secuelas de la Reforma protestante. Han demostrado documentalmente que los juicios por brujería fueron más habituales en las regiones donde las iglesias católica y protestante contaban con un apoyo similar y pugnaban por los conversos. En cambio, esos procesos y las ejecuciones eran menos comunes allí donde predominaba un credo.
LAS GUERRAS DE RELIGIÓN FRANCESAS.
Como ya se ha señalado, las guerras de religión, con su componente político, fueron una de las causas que impulsaron la histeria por la brujería en toda Europa. Primero, las ocho guerras francesas, entre 1562 y 1598, que afectaron especialmente a la Baja Navarra, ya que el rey Enrique III de Navarra era hugonote. Después, la Guerra de los Treinta Años, entre 1618 y 1648, en la que se multiplicaron los procesos en Europa Central.
«La región está muy revuelta y nosotros queremos saber por qué. Por qué ahora.»
Alonso de Salazar a Baltasar.
LUCHAS POR EL PODER.
Dejando al margen el componente religioso, en Las brujas y el inquisidor se hacen muy evidentes las tensiones derivadas de la construcción de los estados-nación modernos. En España, la figura del duque de Lerma, valido del rey Felipe III, está muy cuestionada y arrastra mala fama por su poder y corrupción. En Francia asistimos a la extensión y reafirmación del poder real en todo el territorio y en todos los terrenos. La presencia de Pierre de Lancre en Labort como juez delegado por el rey es una de sus consecuencias. Las reflexiones sobre el tema de Tristán de Urtubi son realmente interesantes y retratan a la perfección la desconfianza mutua entre los antiguos señores de aquellas tierras y los funcionarios reales.
DOLOR Y CULPA.
En la primera parte de la novela, uno de los motores argumentales es la profunda crisis personal y religiosa en la que está sumido Baltasar de Velasco tras su trágica experiencia en Japón, a donde fue enviado por la Compañía de Jesús. Es el único superviviente de una matanza. Cuestiona su actitud y su reacción ante aquellos hechos. Se siente culpable y no encuentra alivio en su fe. «Ya han pasado varios meses y has podido atemperar el sufrimiento, enfrentarte a él y dominarlo», le escribe y riñe su tío para que salga de la espiral depresiva en la que está inmerso.
LA IGLESIA CATÓLICA EN JAPÓN.
En 1549 llegaron los primeros sacerdotes católicos a Japón, la mayoría de ellos portugueses, puesto que Portugal fue el primer país occidental en enviar misiones comerciales. San Francisco Javier desembarcó allí el 15 de agosto de 1549. Treinta años después, más de ciento treinta mil japoneses se habían convertido al cristianismo. De 1597 y hasta 1614 se registraron unos setenta casos de martirio, entre ellos el que provocó el regreso de Baltasar a España y su crisis personal.
UNA BIBLIOTECA MISTÉRICA DEL SIGLO XVII.
Elvira Roca Barea nos invita a conocer algunos de los títulos fundamentales sobre brujería, hechicería, supersticiones y misterios esotéricos durante el Renacimiento. Lo hace a través de una pequeña biblioteca que acompaña a Alonso de Salazar en su viaje a Logroño y en sus investigaciones sobre los sucesos de Zugarramurdi.
Encontramos el Tractatus de superstitionibus (1517), de Martín de Arlés, religioso navarro doctorado en Teología en París, que contaba con varias ediciones francesas y ninguna española. También hay un volumen del Tratado de las supersticiones, hechicerías y varios conjuros y abusiones y de la posibilidad y remedio dellas, de Martín de Castañega (1529), uno de los primeros libros escritos en español sobre el tema.
Alonso de Salazar cuenta con un ejemplar de Reprobación de las supersticiones y hechicerías (1538), del teólogo y matemático Pedro Ciruelo, que fue preceptor de Felipe II. A Baltasar de Velasco le llama especialmente la atención por sus grabados el Tractatus de confessionibus maleficorum et sagarum (1591), obra del obispo alemán Peter Binsfeld.
En el escritorio del inquisidor destacan unas notas sobre Jean Bodin, intelectual francés muy influyente por sus teorías sobre el Estado, y sobre su obra De la démonomanie des sorciers (1580). Bodin era contrario a las garantías procesales en los juicios por brujería.
Baltasar de Velasco se sorprende al descubrir entre los libros de su tío De occulta philosophia libri tres (1533), de Enrique Cornelio Agripa, que pasaba por ser uno de los grandes filósofos y nigrománticos de su tiempo. «¿Para qué se había traído don Alonso el tratado de Agripa, alquimista, médico y filósofo?», se pregunta su sobrino. En este libro aparece el «círculo de Agripa» —lo reproducimos—, con el que se dice que puede invocarse al demonio. Fue un título leído por cabalistas cristianos que pretendían incorporar la cábala, la numerología judía, al saber cristiano. Agripa fue secretario de Carlos I y sirvió a Fernando el Católico. Con De nobilitate et praeccellentia faemini sexus (1529), en defensa de las mujeres, había provocado un enconado debate universitario, además de haber sido acusado de plagiar Triunfo de las donas, del soldado, poeta y religioso gallego Juan Rodríguez del Padrón.
Entre los pliegos que consulta Alonso de Salazar está An Act against Conjuration, Witchcraft and dealing with Evil and Wicked Spirits, el texto de una reciente ley promulgada por Jacobo I de Inglaterra por la que se condena a muerte a cualquiera que invocara espíritus malignos o se comunicara con espíritus familiares.
«SI NO HE ENTENDIDO MAL, DON ALONSO DE SALAZAR PRETENDE DEMOSTRAR QUE LAS ACUSACIONES SON FALSAS Y QUE TODO ES UNA MEZCLA DE SUPERSTICIONES, ENSOÑACIÓN Y FANTASÍA UNIDA A HISTERIA COLECTIVA. ¿DIGO BIEN?»
Sobre la autora
DE LA GANADORA DEL PREMIO PRIMAVERA 2023. Elvira Roca Barea es licenciada en Filología Clásica y Filología Hispánica, y doctora en Literatura Medieval. Ha enseñado en varias universidades estadounidenses y europeas latín y griego, literatura española e historia del mundo hispano. Es autora de numerosos artículos publicados en revistas especializadas y diarios como El Mundo, El País o ABC, y ha impartido conferencias dentro y fuera de España. La mayor parte de su vida profesional la ha dedicado a alfabetizar adolescentes en la enseñanza pública como profesora de instituto. Ha publicado los libros Imperiofobia y leyenda negra, uno de los ensayos de historia más exitosos de los últimos tiempos, y 6 relatos ejemplares 6. En 2018 fue galardonada con la Medalla de Andalucía y la Medalla de Honor de San Telmo, y con el premio Los Libreros Recomiendan, otorgado por el Gremio de Libreros de España. En 2019 recibió el Premio Héroes Olvidados, concedido por la Fundación Blas de Lezo, y en 2022 el Premio 1812 que otorga el Club Liberal de Cádiz, así como también el Premio Bernardo de Gálvez. Su obra Fracasología fue distinguida con el Premio Espasa en 2019.

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