Lara Moreno desvela en LA CIUDAD un retrato insospechado de Madrid a través de la historia de tres mujeres


Editorial Lumen. 328 páginas

Tapa blanda con solapas: 18,90€ Electrónico: 8,99€


Lara Moreno tiene ya en las librerías su nueva y esperada novela. LA CIUDAD es un retrato insospechado de Madrid a través de la historia de tres mujeres: Oliva, Damaris y Horía. Así ve la obra María Fasce, Directora Literaria de Lumen.


"Querido amigo

Con gran felicidad comparto esta novela, en la que Lara Moreno lleva trabajando varios años, con la convicción de que es la gran novela lite­raria que estábamos esperando sin saberlo: un retrato de lo que significa ser mujer hoy en una ciudad que es Madrid pero puede ser otra. Y la descripción más estremecedora de las distintas violencias a las que nos enfrentamos. Cada lec­tor encontrará en alguna de estas protagonistas un espejo donde mirarse, una ventana por la que asomarse al abismo que nos amenaza. Personal­mente, me he reconocido con estupor en algunas escenas de Oliva, y he pensado “qué vulnerables puede volvernos a las mujeres la fuerza del sexo, como podemos convertirnos a nosotras mismas en víctimas e instrumentos de la violencia”. Hay una escena en la cocina, cuando Max abraza a Oliva por la espalda mientras ella se aferra a un cuchillo, que me ha quitado el aliento, como tam­bién me ha abrumado la soledad de Damaris, cui­dando niños ajenos mientras añora los propios, o la angustia de Horía, que espera noticias de ese hijo que dejó en Marruecos y que también vino a España tras un espejismo.


Si un lector del futuro o un habitante de Marte quisiera saber cómo se vive en una ciudad, bas­taría con que leyera esta novela, urgente, actual y conmovedora, que se lee con la sensación de que algo terrible puede pasar en la siguiente página. Y mientras atravesamos la historia, el estilo de Lara Moreno brilla como el acero: es la fuerza de una autora en el esplendor de su carrera, y que es a la vez una narradora enorme y una gran poeta y pe­riodista: la combinación es única y arrasadora.


LA CIUDAD me ha recordado el antirromanticis­mo y el estilo hipnótico de Un

amor de Sara Mesa, la negra mirada lúcida de Canción dulce de Leila Slimani, la precisión quirúrgica para la emoción y el dolor de Lucia Berlin. En ese territorio se mue­ve Lara Moreno, y tras las aclamadas Por si se va la luz y Piel de lobo, nos entrega La ciudad, su mejor novela. Lara representa la nueva literatura española y como tal ha sido invitada a la Feria de Frankfurt, donde España es el país de honor.


Ojalá esta lectura tenga en ti el impacto que ha tenido en todo el equipo de Lumen. Por muchos motivos, ojalá que esta gran novela, tan necesa­ria para iluminar las sombras, encuentre muchos lectores

Un fuerte abrazo"


Sinopsis y claves de LA CIUDAD

En un edificio del barrio de La Latina, en el centro de Madrid, confluyen las vidas de tres mu­jeres. El pequeño piso interior de la cuarta planta es la casa de Oliva. Está atrapada en una peligrosa relación que ha transformado la pasión del inicio en una jaula. En el tercer piso, luminoso y exterior, pasa Damaris los días cuidando a los hijos de sus patrones. Cada noche regresa a su casa cruzan­do el río que divide social y económicamente la ciudad. Vino a España buscando un futuro me­jor cuando un terremoto en Colombia truncó su vida. El mismo futuro que buscaba Horía, la mujer marroquí que llegó a Huelva para trabajar como temporera en los campos de fresas y ahora vive en la minúscula casa de la portería y limpia, en la sombra, las escaleras y el patio.


Esta novela cuenta la vida de las tres mujeres, su pasado y el cerco de su presente. Con una voz hermosa y afilada, solo la prosa de Lara Moreno podía cartografiar así un territorio y a quienes lo habitan, componiendo un retrato invisible, herido y valiente de la ciudad.


Lara Moreno nos ofrece en la his­toria de tres mujeres muy distintas entre sí que viven cada día de sus vidas luchando por la su­pervivencia. Madrid es el escenario de este relato en el que estas tres mujeres, tres islas aisladas de todos y de todo pese a estar siempre rodeadas de gente, sufren formas diferentes de violencia. Con una prosa descarnada y lírica, que construye imá­genes prodigiosas y está cargada de significado y visceralidad, Lara Moreno entrega a los lectores su mejor novela hasta el momento. Esto no es solo un libro más, es un pequeño espejo que nos de­vuelve el reflejo de la realidad.


En una ciudad árida y hostil, un Madrid pre­pandémico, las protagonistas intentan salir de las jaulas en las que las han encerrado. Oliva, de treinta y tantos años, está separada, tiene una hija pequeña, Irena, un trabajo como maquetadora y una relación claustrofóbica y llena de violencia con Max. Damaris llegó desde Colombia hace diez años para ganarse la vida y poder enviar dinero a su familia, detrás dejó a sus hijos, al cuidado de su hermana. Un violento y catastrófico terremo­to la hizo perderlo casi todo: marido, trabajo y te­cho. Empujada por la precariedad, sostenida por el sueño de encontrar un futuro mejor, cruzó un océano para cuidar a los hijos de otra familia. Ho­ría es una mujer joven, también madre, también con el sueño ―como Damaris, como todos― de encontrar un futuro para ella y para los suyos. Per­siguiendo ese sueño llega a los invernaderos de un pueblo de Huelva para trabajar en la campaña de la fresa dejando a su hijo adolescente en Ma­rruecos con su madre.


Violencia, inmigración, precariedad laboral, ansiedad, miedo, soledad. Sobre estas premisas avanzan en paralelo las historias de estas tres mujeres que viven en el mismo edificio, un bloque de pisos en el barrio de La Latina, que apenas se cruzan, casi sin verse, como si un océano de temor a que se descubran los auténticos latidos de su interior las mantuviera alejadas unas de otras. Oli­va vive en un piso interior de la cuarta planta con vistas a una pared de ladrillos. Damaris vive lejos, muy lejos de allí, al otro lado del río, pero pasa la mayor parte del tiempo en el piso de la quinta planta cuidando a dos gemelos como si fueran sus propios hijos. Horía, después de un terrible periplo desde Marruecos, se ha hecho cargo de la portería el edificio y se ha instalado en el aparta­mento del bajo, sin luz y con pocas comodidades, escondida y silenciosa como una pequeña polilla en la oscuridad.


Tres vidas separadas pero con algo en común: las tres son mujeres y habitan un mundo ―este mundo, el real, el que habitamos todos noso­tros― capaz de golpearlas hasta el límite de su resistencia.


TRES MUJERES, TRES VIDAS OVILLA­DAS: OLIVA, DAMARIS Y HORÍA


Oliva

Oliva no sabe todavía el infierno que habita, al menos no a nivel consciente. Cree que las co­sas pueden cambiar, que Max puede cambiar. Una conversación más, un perdón más, un polvo más. Pero su cuerpo sí lo sabe. Oliva intuye en el pecho, en los muslos cuando se sienta tensa en el sofá mientras discuten, en la cama cuando es como una presa que se hace la dormida porque quizá esta noche la bestia no se desate. Lo siente en sus entrañas, sabe que algo no está bien. Pero ¿cómo nombrarlo? ¿Cómo nombrarse víctima a sí misma? ¿Cómo hacer suyo el relato de violencia? Y mientras el pozo que va cavando Max se hace más y más profundo, ella vive, o más bien, sobre­vive. Se levanta temprano, cuida a Irena, la lleva al cole, hace la compra en el mercado, vuelve a casa, maqueta un libro o un catálogo, recoge a Irena, y Max, impasible, la acecha desde la cama o el des­pacho con un cigarrillo entre los dedos, con esa calma extraña que precede a la mayor de todas las violencias.


«Oliva está en la cocina, tiene en la mano un cuchillo viejo y afilado que serviría para rebanarle el cuello a un bisonte. Su técnica de cortar cebolla no es muy avanzada, acaba partiéndola en trozos demasiado grandes, a pesar de que la hoja, con un buen baile de muñeca, podría destrozar el bul­bo en finas láminas de papel.

Hunde el cuchillo en la misma dirección varias veces, intentando no inhalar los vapores, y luego en la contraria, y ya, echa los pedazos a la olla que ha puesto al fuego. Ahora le toca al calabacín.

Cuando ya lo ha enjuagado debajo del grifo y se dispone a cortarlo, Max aparece en la coci­na. Ha entrado en la casa sin decir hola, aunque siempre suele decir hola desde la puerta, un hola interrogante, con su vozarrón. Oliva tiene la músi­ca puesta en la cocina y no lo ha oído llegar. Pero es imposible que su sombra no lo ocupe todo cuando se acerca.»


Damaris

Damaris está agotada, agotada de cuidar de la mañana a la noche a dos niños hermosos que no son suyos. Los quiere, claro, cómo no va a que­rerlos después de tantos años cuidando de ellos como si fuera su madre. Los alimenta, los baña, los abraza, los consuela, los entiende, los conoce de verdad. Durante todo el día se ocupa de una casa y de una familia que no es la suya, y por la no­che emprende su largo caminar de regreso hasta su piso compartido, porque así puede ahorrar el dinero del autobús o del taxi que le pagan los pa­trones si es muy tarde, y porque el camino la hace despejarse después del duro día de trabajo. Las aceras de Madrid no son lo suficientemente lar­gas como para que consiga desembarazarse del todo de esa vida ficticia, agotadora que lleva en España. Y apenas sin dinero. Uno de esos días, en medio de la lucha cotidiana, empieza a encontrar­se mal y los barrotes de la jaula parecen hacerse más firmes. Al fin y al cabo, su cuerpo es lo poco que le pertenece en este mundo, en el que todo lo que quieres está tan lejos de ella, al otro lado del Atlántico.


«Se llama Damaris y es de un pueblo cercano a Armenia, en el eje cafetero de Colombia. Lleva en España diez años y tiene cincuenta. gemelos la llaman ama, y a veces, por descuido o por vileza, la llaman mamá. Ella solo los corrige si está de­lante la verdadera madre, aunque no puede evitar sentir un regusto de placer. Mira por el rabillo del ojo si la señora se ha dado cuenta, y ve que la mu­jer también mira por el rabillo del ojo y encoge el gesto, posiblemente herida, pero no hay nada que hacer. Es entonces cuando ella les dice: Dama, Dama, me llamo Damaris. En cambio, si está sola con ellos y le dicen mamá, contesta. Los mira, los acaricia, acude al reclamo, pero siente una nostal­gia que se le pega al pecho durante todo el día. Es una nostalgia vieja que nunca se acaba, por la que ya no hace falta llorar.»


Horía


Horía se casó joven, muy joven, tuvo un hijo y su marido la abandonó. Eso hizo que se viera obligada a volver a casa de sus padres, a depen­der de ellos otra vez, a ser de nuevo una niña. Está cansada de que la vida no le ofrezca más que mi­gajas. Quiere que su hijo estudie, quiere montar un taller de costura, quiere darle a su madre una buena vejez. Por eso decide apuntarse para cu­brir las necesidades de mano de obra tempore­ra para la recogida de la fresa en Huelva. Nada puede salir mal, todo está organizado, todo es oficial. Por eso cruza el Estrecho, porque al otro lado sí hay un futuro posible. Eso cree Horía, eso creen todos los que la acompañan. No sabe nada de frutos rojos, no conoce el idioma, pero todo irá bien: va con su amiga Kenza con la promesa de volver juntas y acompañarse en el viaje. Pero, al llegar al otro lado, al de las esperanzas posibles, separan a las dos amigas. Horía acaba viviendo en unos barracones precarios, un pequeño in­fierno sin agua, sin baño, como un animal. Un día consigue hablar con su madre y esta le confiesa que su hijo se ha escapado, que quiere cruzar la frontera, que se encontrarán de nuevo en Espa­ña. Su niño, Aziz, solo. Esto llevará a Horía a to­mar una decisión que le cambiará la vida. Y allí, en La Latina, en las callejuelas sombrías, vivirá sin vivir.


«Horía no entendía cómo alguna mujer podría querer quedarse en aquel lugar, en aquel país. Desconfiaba de las historias que le contaban y por supuesto de las mujeres que hacían alusiones a romper las reglas; igual no vuelven a llamarnos, estamos ganando nuestro propio sueldo, esta vida es asquerosa pero vamos a volver a casa con dinero. Pensaba en su madre entonces, queman­do fasuj en el patio, para alejar las malas energías, y la entendía, comprendía su temor y su horror. Cuando pudo por fin contactar con ella solo lloró al escucharle la delgada voz y echarla de menos, y qué iba a contarle.»


LA CIUDAD


Oliva

«Es una de las plazas más bonitas de Ma­drid. Una plaza en cuesta recogida tras el muro de piedra gris de una iglesia, con tierra y árboles delgados y altos. Las terrazas están casi vacías y ella sube y sube y deja la plaza atrás y bordea la calle de la iglesia y se queda parada en una esqui­na, entre la piedra y los bares y las palomas. No sabe a quién llamar. No debe llamar a nadie. No puede explicar. Agarra el teléfono entre las manos como una soga que la mantiene atada a algún lu­gar. Hace calor, son las dos de la tarde, principios de julio. No hay bullicio, solo algunos guiris ocu­pando las sillas donde la sombra cae. Ya no puede llorar. Está en medio de la calle, en el centro de su ciudad, y no quiere moverse. Adónde podría ir. Su casa está ahí abajo y da unos pasos y se asoma. Los dos agentes, que ya han debido de hacer su trabajo, están enfrente de su portal, al otro lado, cerca de la puerta de los jardines.»


Damaris

«Dormitará cuando lleguen los señores. Sonri­sas, todo bien, gracias, ya me voy, gracias, Dama­ris, el padre se irá directo al dormitorio a quitarse la ropa, la madre danzará aún un momento mientras Damaris recoge sus cosas, para comprobar si está todo en orden, y entrará en el dormitorio de los ni­ños para verlos dormir, tocándolos con sus dedos finos y fríos, diciéndoles buenas noches con un aliento a vino fresco, a ternura arrepentida. Toma, Damaris, los diez euros para el taxi. Damaris los co­gerá, arrugará el billete en la palma de la mano, y ya en el ascensor, nunca delante de su patrona, alisa­rá el billete y lo meterá en la cartera, porque no va a usarlo, porque siempre se vuelve andando a casa, aunque sea la una de la mañana y esté lloviendo, o haga un frío de mil demonios o azote el viento de Madrid en invierno. Ahora es casi otoño y el camino se le hará grato, le servirá para estirar las piernas y la espalda. Ha aprendido a no tener miedo, porque solo se cruza con grupos de extranjeros borrachos, o con borrachos patrios, sin más, que no suelen prestarle atención. Bajará por Redondilla hasta la calle Bailén, oscura y ancha, caminará hasta la Puerta de Toledo, y de ahí seguirá bajando hasta cruzar el puente y su alameda, hasta cruzar el río que divide la ciudad, e ingresará en su barrio, tan distinto, rodeará la rotonda de Marqués de Vadillo, se adentrará en las calles.»


Horía


«A Horía se le va poniendo el corazón cada vez más pequeño conforme las escaleras mecánicas del metro de La Latina la llevan hasta el infra­mundo. La muchedumbre parece dócil ahí abajo, en ese viaje a los infiernos. La mayoría usa la má­quina, todos en una fila a la derecha, sin mover­se; quien quiere ir más rápido tiene el lado de la izquierda libre para adelantarse. Incluso los niños se comportan. En el centro de la gruta, hay unas escaleras normales que casi nadie usa, porque la profundidad es de abismo. Ella se mantiene en todo momento detrás de Yusuf. Debe de tener más o menos su edad, pero por su cara han pasado de­masiados paisajes sucios. No le resulta agradable. Su barba rala amarillea alrededor de los labios. Es robusto y algo más alto que ella, y se mueve con destreza. Horía evita caminar a su lado. Mejor de­trás. En su corazón empequeñecido, impacta la brusquedad del tren al pasar y al detenerse. La empujan al entrar, pero luego encuentra un lugar donde sentarse. Yusuf le indica, él se queda de pie, se agarra a un barrote y se pierde en su teléfono móvil. Hacen transbordo en Diego de León. Horía memoriza el nombre de la estación, intenta tam­bién memorizar los recorridos, pero sabe que no lo está consiguiendo. No debe alejarse de la espalda del hombre, es lo más importante ahora.»


LAS VIOLENCIAS QUE SUFREN LAS MUJERES


Oliva

«Cómo empezó. Era octubre y comenzaba el frío. Pero a lo mejor todavía era septiembre. Oliva intentaba construir su vida nueva como siempre había hecho. Lo invitó a una fiesta que un amigo suyo daba en la sierra, en su jardín. Un amigo que había sido su amante pero que ahora solo era su amigo, sin medias tintas. Iban todos, su gente de siempre. Querían conocerlo. Se encontró dando explicaciones y acunando una sombra cruda en medio de la cara de él. Lo intentó convencer, pero qué te ocurre, qué pasa. De pronto Max se levantó del sofá, con movimientos bruscos, con un gru­ñido. Tuvo que apartarla, ¿era eso un empujón?, para entrar en el dormitorio y meterse en la cama, como un niño enfadado, espantosamente dolido. Escondió la cabeza en la almohada, le negó su rostro. Oliva asistió a la escena con consternación. ¿Había sido eso un empujón? Aterrada por cómo se deshacía el suelo bajo sus pies, por si la reali­dad de los últimos meses se desvanecía, se metió en la cama con él. Siempre es ridícula la violencia un segundo antes de que empiece a ser insopor­table. Días después, cuando esta escena fuera argumentada y ya permitiera dar rienda suelta a piedras despeñándose desde lo alto, los moti­vos se grabaron a fuego en la estructura blanda. Él estaba celoso, por eso se comportaba así. Ella había provocado sus celos. Él no podía confiar en ella, de forma estructural, le dijo, porque te he visto mentir, porque has mentido siempre a lo largo de tu vida. Él no podía evitarlo. Ella usó frases inteli­gentes y honestas para intentar desmontar aque­lla cantinela de folletín. No se sintió culpable ni la primera vez ni la segunda. Pero había un elemento que de pronto oscurecía su paraíso. Un estorbo al que intentó no darle importancia.»


Horía

«No era la primera vez que estaba sola con el taxista pero sí era la primera vez que estaba com­pletamente en sus manos. Había confiado en él sin más remedio. Una chabola en un asentamiento en Lepe. Trabajo seguro, mucha gente se queda a tra­bajar fuera de temporada. También mujeres como ella. Trabajo seguro, no fijo pero suficiente. Ciento cincuenta euros la chabola, más el viaje, más lo que él se llevaba. Claro que conocía a gente allí, era un sitio fiable. Yo te presento a un amigo, sí, te he dicho. El Mercedes avanzaba por carreteras secundarias, sin desviarse hacia la autopista. El pueblo siguien­te a Cartaya, en dirección a Portugal, es Lepe. Lle­gamos pronto, no te asustes, mujer, hay confianza. El primer camino sin destino de su vida se le hizo a Horía lento y atronador. Por qué paras aquí, ¿es que ya hemos llegado? Aquí no hay nada. No, pero voy a fumarme un cigarro tranquilamente, mucho trabajo hoy. Horía se endureció por dentro, apretó las manos para lo que iba a llegar. Quería abrir la puerta y salir corriendo, pero no se movió. Me he portado bien contigo, eso no lo podrás negar. La barba del hombre olía a comida rancia y a tabaco. Doblada sobre él, con la garra del taxista forzándo­le la nuca, Horía estuvo a punto de vomitar. Treinta minutos más tarde, Horía entró en su chabola, sol­tó las cosas en el suelo de tierra y se derrumbó en el catre, saturada de asco y de vacío»


LA PRECARIEDAD DE SER MUJER Y MIGRANTE


Damaris

«La casa es oscura, incluso con las luces prendi­das, porque las bombillas son de poca intensidad. Hay que cambiarlas. Con la pintura ha mejorado algo, las paredes están limpias. La habitación de Damaris es más amplia que la que tenía en el otro piso, pero todo lo demás es muchísimo peor. En el cuarto lleno de cajas y maletas, la mujer se esme­ra haciendo la cama, remetiendo las sábanas y las mantas con energía. Ahora dormirá en un colchón grande, de matrimonio, aunque vencido por el medio y con manchas de fluidos secos. Comprará una funda. Pondrá unas cortinas bonitas, alegres; es mejor tapar la ventana. Esa ventana es un pozo seco.


Horía


«No había luz, ni agua, ni sanitarios. Había pagado ciento cincuenta euros por vivir en un estercolero, peor aún que los prefabricados de la finca. Aquel era uno de los asentamientos más grandes de Lepe. Gente de Mali, de Ghana, de Senegal, de Rumanía, también de su país. Hombres, en su inmensa mayoría, pero también mujeres, al parecer cada vez más. Su casucha estaba fabricada con uralita, cartón y plásticos, los mismos que cubrían los invernaderos. Hay que tener cuidado con los incendios, le decían. Arden asentamientos enteros. Luego cuesta levantarlos otra vez. Iba a todas partes con lo suyo, con lo importante. Cargaba el móvil en un centro de día de una oenegé. Hablaba con su madre, con su hermano, y mentía. Hablaba con Kenza, que ya estaba en el pueblo, atemorizada por ella, enfadada a veces. Le decía la verdad. Seguía sin noticias de Aziz. Ya debía de estar en España, en algún lugar, pronto se pondría en contacto con ella. Driss, el hombre con quien la había dejado el taxista, no le daba miedo. Tenía los ojos parecidos a los de su hermano. Se sentaba junto a ella, en una silla de plástico, a la puerta de su casucha.»


LA MATERNIDAD


Oliva

«Oliva sabe que cuando acabe de comprar irá demasiado cargada, no cogió el carrito, mal hecho, quizá pensó que él luego podría ayudarla, pero no, ha mirado el móvil varias veces y no hay señales, así que irá demasiado cargada y le dolerán las manos y los hombros, y todo será prisa por volver, pero le dice que sí, que claro, que ahora van, aun­que cuando esté sosteniendo las bolsas con las berenjenas, y la media sandía y los melocotones, y las cebollas y las patatas y los aguacates, cuando ya esté cargada de plátanos y manzanas y quizá una docena de huevos ecológicos y pan tostado del que vende el del puesto del aceite, empezará a ponerse nerviosa y a la vez muy triste, aunque luchará por combatir esta tristeza, porque qué de malo hay, es una mañana de finales de agosto y ella está yendo sola a comprar al mercado con su hija porque nadie más tiene que ir con ella, por algo está separada del padre de Irena, para hacer sola con su hija las cosas, e intenta apartar esta lástima de sí misma, pero no lo consigue del todo porque va muy cargada y porque ha sido genero­sa en las compras, ha intentado que después del esfuerzo el frigorífico de su casa esté repleto y sea alegría, provisiones para las mañanas, los me­diodías y las madrugadas, y le duele la espalda y tendrá contracturas después si baja la cuesta car­gada con tantas bolsas, parándose de a poco, así que en vez de alejar la tristeza la convierte en una inquina sin dirección.»


Damaris

«Son dos, dice siempre el padre, que se apañen entre ellos, tienen mil juguetes. Pero no es fácil, y antes era casi imposible. Podían pegarse, podían meterse algo indebido en la boca, si no era uno era el otro a quien había que cambiar los pañales y de todos modos siempre andaban alrededor de su fal­da, pidiendo cualquier cosa, Dama, Dama, mamá. Mientras los niños ven la tele ella ha recogido la cocina, ha metido en el lavavajillas los platos y los vasos y los cubiertos, ha fregado la sartén con la que hizo la tortilla de queso y ha tenido tiempo de sentarse en un taburete a morder un par de pata­tas cocidas y una manzana. Ya está caliente el agua de la bañera y pelea con ellos hasta que consigue meterlos. Le pincha el lumbago al inclinarse a lavar sus cabezas rubias, ellos juegan, salpican, ríen, uno acaba llorando. Le pincha el lumbago cuando con­sigue sacarlos de la bañera, el agua enfriada, va­mos, Rodrigo, Nicolás, estense quietos. Nunca los llama por sus diminutivos como hacen sus padres. Para ellos los niños son Nico y Rodri, pero Dama­ris prefiere nombrarlos enteros, al fin y al cabo son reyecitos. Los envuelve a cada uno en su albornoz, les seca los orificios de la nariz, las pestañas empa­padas, los círculos de las orejitas.»


Horía:

«Aziz, hijo, escúchame bien, mírame a la cara. La abuela no puede estar sola y tú no puedes es­tar sin la abuela. Vete a casa de mis primos en Juribga si le pasa algo. Habla con el hermano de Kenza si le pasa algo. Llama al tío Mohamed si las cosas se ponen muy mal. Y, después de todo esto, me llamas a mí. Yo volveré a llamar a todo el mundo para comprobar que has hecho lo que te he dicho. Escucha bien, Aziz, que te está hablando tu madre. No quiero que pases ni una sola noche fuera de esta casa. No quiero que vayas más lejos de Juribga en ningún momento. Eso es todo lo le­jos que puedes ir. Vas a estudiar. Vas a estudiar, porque yo me voy precisamente para que estu­dies luego. Inshallah, traeré dinero para arreglar la casa, para comprarte una moto con la que pue­das ir a estudiar y para pagarlo todo. Ya sé que te gustaría ser mecánico, pero puedes estudiar para después arreglar coches sin mancharte de grasa cada día. Ten cuidado con la bicicleta esa que te han dejado, es una porquería. Que nadie te atro­pelle, por el amor de Dios, Aziz, que soy tu madre y quiero seguir siendo tu madre. Solo tienes tre­ce años, no vayas a creerte un hombre ahora que yo me voy. La abuela es quien manda, no tú, tú solo tienes que cuidarla. Si ayudando en el taller te sacas algo de dinero, quiero que se lo traigas a la abuela, porque ella es quien te va a dar de co­mer. Yo voy a volver pronto, Aziz, porque te echaré de menos. Y cuando vuelva estaremos contentos, hasta la abuela lo estará. Mírame a la cara, no cie­rres los ojos todavía.»


Sobre la autora


Lara Moreno nació en Sevilla en 1978 y creció en Huelva. Vive en Madrid. Además de sus cuen­tos recogidos en numerosas antologías, ha pu­blicado los libros de relatos Casi todas las tijeras (2004) y Cuatro veces fuego (2008), así como los poemarios La herida costumbre (2008), Después de la apnea (2013) y Tuve una jaula (2019), que, junto con sus poemas inéditos, conforman el vo­lumen Tempestad en víspera de viernes (Lumen, 2020). En 2013 recibió el Premio Cosecha Eñe por su relato «Toda una vida», y Lumen publicó su pri­mera novela, Por si se va la luz, que obtuvo un im­portante reconocimiento por parte de la crítica y de los lectores. FNAC la incluyó entonces entre los autores revelación del año. Le siguió Piel de lobo (Lumen, 2016), una espléndida muestra de la ma­durez literaria con la que Lara Moreno dejó de ser una promesa para convertirse en una de las voces más destacadas de la presente narrativa en espa­ñol. La ciudad es su última y esperada novela.


 

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