NADA QUE PERDER, de Susana Fortes, un thriller imponente que demuestra que la verdad no solo es escurridiza, sino que debemos perseguirla con cautela
Editorial Planeta. 312 páginas
Tapa dura con sobrecubierta: 19,90€ Electrónico: 9,99€
Susana Fortes nos regala en NADA QUE PERDER una impactante trama llena de tensión y misterio, con un estilo evocador en el que las imágenes y el relato sobre la trágica desaparición de dos niños se funden para iluminar las zonas en sombra. Nada que perder es un thriller imponente ambientado en la Galicia rural que demuestra que la verdad no solo es escurridiza, sino que debemos perseguirla con cautela.
La tarde del 12 de agosto de 1979, los hermanos Nicolás y Hugo y la pequeña Blanca desaparecen en una localidad del Baixo Miño. La niña es encontrada a la mañana siguiente dentro de una cesta de mimbre en la orilla opuesta del río sin recordar nada de lo ocurrido. Pese a la intensa búsqueda, los cuerpos de los dos niños nunca aparecen. Veinticinco años después, el hallazgo de unos restos óseos en un yacimiento arqueológico apunta a que se trata de los dos hermanos desaparecidos.
«Siempre estuvo ahí. En el mismo sitio. El peligro existía, pero no era inevitable ni permanente. Solamente una posibilidad que, como la mayoría de las cosas en la vida, unas veces se cumple y otras no.»
La vida de Blanca, instalada en Copenhague, dará un vuelco inesperado al recibir la llamada de Lois Lobo, periodista de El Faro de Vigo. Además de informarle de la inesperada noticia, Lois le pedirá que colabore en el reportaje que está preparando sobre el tema. Recelosa del paso que dará por la vorágine emocional que le aguarda, la protagonista volverá a As Covas, donde vivían los abuelos de Blanca y ella veraneaba de niña ajena a los problemas de sus padres. Aquel verano fue sinónimo de aventuras, juegos en el campo y baños en la ría, pero también de encuentros con algunos lugareños ocupados con asuntos turbios que cualquier niño desconocía.
Al poco tiempo de su regreso, Blanca irá al monte de Santa Tecla, donde encontraron los restos de los niños junto a pequeñas ofrendas y objetos marinos. ¿Por qué han sido dejados allí siguiendo en apariencia algún tipo de ritual? La autopsia determina que Hugo, el mayor, presenta golpes y fracturas óseas previas a su desaparición. Las incógnitas se multiplicarán a medida que pasen los días. Durante su estancia, Blanca volverá a ver a su enigmático tío Fran y visitará a su padre, el práctico Magnus, un abogado jubilado del que se separó su madre después de que Blanca, a los ocho años, se recuperase aparentemente del trauma vivido. La protagonista también verá a todos aquellos conocidos que forman parte de su infancia, feliz, hasta la desaparición de sus amigos. Junto a Lois, con el que establecerá una estrecha relación de tira y afloja, acudirá a la casa Manuel Cadavid y su esposa, los padres de los pequeños; revivirá escenas inquietantes y tiernas del pasado, y tratará de conocer la verdad de los llamados niños de Trasaugas o, al menos, qué le sucedió a Hugo y Nico. ¿Y si durante este tiempo ella misma ha albergado las respuestas?
La memoria de Blanca brindará luz a sus recuerdos olvidados, causándole un enorme desgaste y una ansiedad que tenía controlada. Lois tratará de sostenerla y darle apoyo, mientras sigue avanzando en su investigación, repleta de testimonios y confesiones inesperadas. Sus días en Galicia acercarán a Blanca a la verdad de su familia y de una comunidad donde el tráfico de drogas y el carácter cerrado de sus habitantes sigue causando estragos. El pacto de silencio aún perdura. Pero antes de que se reabra el caso y se publique el reportaje de Lois, Blanca descubrirá quién la salvó y, atando cabos junto al periodista, sabrá quién pudo terminar con la vida de los dos pequeños.
«Algo en mi interior anhelaba la profundidad de las aguas, ahondar en el lodo de allá abajo.»
Un ‘thriller’ impactante en un escenario imponente
NADA QUE PERDER es un thriller diferente, impactante, que va penetrando en el ánimo del lector gracias a la maestría de susana fortes, una autora de gran trayectoria literaria, ampliamente reconocida por la crítica y los lectores. A través de una extraordinaria capacidad evocadora, la autora nos envuelve y logra que el lector se instale, literalmente, en el mundo interior de Blanca y en sus veranos en As Covas, un lugar imaginario inspirado en un pueblo gallego habituado a las trágicas desapariciones de niños en la ría.
La novela transcurre en un escenario imponente, el estuario del Miño, en la frontera entre Galicia y Portugal, donde la naturaleza aporta tanta diversión como riesgos a los más pequeños. De hecho, ese contexto tiene un gran peso en esta historia que mezcla la investigación criminal con los recuerdos infantiles y las vivencias de la protagonista. Y es que los lectores experimentarán, al igual que Blanca, la atmósfera opresiva y misteriosa de la aldea, un mundo turbio en el que los trapos sucios siempre se lavan en casa.
«Me preguntaba si el dolor puede clavarse en la carne con la misma profundidad tanto tiempo después. Como un cuchillo con el filo sin gastar.»
La novela recorre con una lúcida primera persona el paisaje atlántico, las relaciones entre padres e hijos, los años ochenta, el comienzo del narcotráfico en Galicia, los secretos familiares y los fantasmas del pasado. En el fondo se trata de asuntos a los que no se puede llegar siguiendo una línea recta. Es necesario dar un rodeo, lo que acentúa los mecanismos de la intriga.
De forma habilidosa, Susana Fortes evoca la infancia de la protagonista, pero también la de los lectores mediante imágenes, lugares y objetos concretos que todos reconocemos. El recorrido emocional es una constante en toda la narración de prosa sensible y pasajes poderosos. El lector se emocionará cuando Blanca entre en la habitación de Hugo y Nico, donde sus juegos permanecen intactos; se sentirá cautivado por las aventuras y descubrimientos infantiles y compartirá las sensaciones de Blanca cercanas a la nostalgia, el desamparo, la necesidad de huir y la pérdida.
La memoria de Blanca genera tanta tensión narrativa como la que vive la protagonista al volver a As Covas y toparse con su pasado. Además, la autora logra equilibrar esa búsqueda incesante de la verdad a través de los ojos de Blanca con la investigación que lleva a cabo Lois Lobo. Las incógnitas que se muestran desde el principio se resolverán a lo largo de la novela sin perder nunca de vista una intriga creciente y diversos giros que causarán sorpresa en el lector. Con estilo tan directo como rico en metáforas y matices, Nada que perder es una oportunidad única para deleitarse con un thriller extraordinario que nos atrapa desde la primera hasta la última página. Una historia muy atlántica que conecta con las sagas de misterio nórdicas e irlandesas.
Los personajes principales
Blanca. La protagonista, independiente y alejada de los compromisos, se gana la vida como colaboradora freelance de una agencia literaria barcelonesa. Hasta ahora ha vivido a contracorriente y distanciada de su familia. Pero el confort que experimenta en tierras escandinavas salta por los aires cuando se entera del macabro hallazgo de los restos de Hugo y Nico. Ella, que estuvo desaparecida un día, se rehízo de aquel suceso sin recordar nada. El trauma se funde con la trama. El viaje que hará a Galicia no solo resultará revelador para ahondar en la tragedia, sino que le hará aflorar recuerdos y emociones que creía escondidas, además de afrontar la verdad de su familia y de una sociedad hermética.
«Había una voz dentro de mí que decía: ten cuidado, no te muevas, no te compliques la vida, quédate donde estás… Pero ésa era la voz a la que casi nunca hacía caso. En aquel momento sabía con absoluta certeza que me iba a lanzar de cabeza al río. No había nada que pudiera evitarlo.»
«La gente que sabía lo sucedido decía que había tenido mucha suerte. Sin embargo, estaba esa expresión en sus caras. No es que me recriminasen nada ni mucho menos, pero la manera en que me miraban con una especie de lástima o duda se me quedaba doliendo en alguna parte del cuerpo y me hacía daño al caminar, como una piedra incrustada en el zapato.»
Lois Lobo. El periodista lleva algún tiempo centrado en el caso de Hugo y Nico decidido a dar con un relato sólido y veraz sobre la muerte de los pequeños. La protagonista lo ve como un tipo de pocas palabras, curtido, algo rudo, con pinta de marinero del acorazado Potemkin del que no se acaba de fiar del todo, pero por el que, al mismo tiempo, empieza a sentirse atraída.
«A veces me desconcertaban esos silencios, me resultaban incómodos. Lo mismo podía estar ganando tiempo o sacando sus propias conclusiones que de momento no parecía muy dispuesto a compartir conmigo. Detectaba en su mirada cierto recelo, también desafío y algo más que no acababa de identificar. Algo mudo y veloz. A aquellas alturas empezaba a ver claro que el interés que el periodista podía tener en el caso iba más allá del reportaje que llevaba entre manos.»
Hugo y Nico. Hugo, el mayor de los hermanos, es recordado por Blanca como un niño valiente, aventurero y perspicaz. Un niño que entabló una peculiar amistad con Flip, un solitario hippy holandés que vivía solo en las cuevas y coleccionaba caracolas de mar. Su cuaderno de espiral Minerva, en el que Hugo dibujaba sus personajes favoritos y anotaba ideas, contendrá algunas de las claves sobre su desaparición. Nico, más desinhibido y travieso, recibía mayor afecto de su padre Manuel Cadavid, un agricultor rudo y corpulento.
«Hugo se movía por los senderos con suma cautela, por si acaso. Cuando estaba muy concentrado en algo, tenía una manera especial de levantar el labio superior. Era muy distinto a Nico, le sacaba por lo menos dos cuartas, más espigado y resuelto, con flequillo liso y una curiosidad natural por todo. Era un niño que sabía cosas.»
«Nico, sin embargo, era el ojito derecho de su padre. Casi nunca le regañaba. Le consentía todo. Hasta le compró un coche de carreras dirigible con luces intermitentes, y a Hugo nada. A Hugo sólo lo mandaba a hacer recados y a cargar sacos de nueces de una huerta que tenían en el Souto das Bouzas.»
Magnus. El padre de Blanca, abogado laboralista jubilado, sacó adelante a su hija de ocho años tras el divorcio y la marcha de Blanch, la madre de la protagonista. Ni siquiera cuando Blanca creció, ninguno de los dos hablaron sobre aquel verano o la separación. Alto y galleguista, su hija lo describe con una cabeza analítica de senador romano y como alguien poco dado a las manifestaciones verbales de afecto, que se las apañaba podía para criar solo a una niña.
«Tan pronto me vio, le cambió la expresión de los ojos. Siempre tuvo una manera especial y predilecta de mirarme, diferente a la que dedicaba al resto de la humanidad. Siempre supe que estaba de mi parte. A mí, de niña eso me parecía la cosa más natural. Durante muchos años mi lugar en el mundo estuvo en la forma en que él me veía: más alta o más espigada, más preocupada, más triste, más ilusionada o menos. Detectaba cualquier variación en mi semblante como un sensor magnético.»
Blanch. La madre de Blanca es recodada por esta como una mujer idealista que también callaba, una mujer que tuvo la necesidad de huir y que no dudó en hacerlo, pese a esforzarse con su hija. En cualquier caso, la protagonista no le guarda ningún rencor por no haber estado demasiado presente. Su falta de sentido práctico y su tendencia a la ensoñación sacaban de quicio a su padre.
«Blanch en cambio tenía los pies pequeños, pertenecía a la estirpe de los seres ingrávidos que eligen vivir a pleno pulmón, poseídos por una energía romántica y se mojan bajo la lluvia y compran flores y se equivocan. Era muy joven, ahora me doy cuenta, y le faltaba tiempo para salvarse.»
«Al principio mi regreso significó una tregua en la guerra que teníamos en casa. Una especie de armisticio en el que mis padres, cada uno a su manera, intentaban poner su granito de arena. Magnus y Blanch era dos estados rivales casi siempre enfrentados que algunas veces se aliaban por razones de causa mayor, como Atenas y Esparta.»
El tío Fran. El hermano de Magnus todavía habita en As Covas y sin cambiar de vida. Soltero, Fran esconde verdades que inquietan a Blanca y conserva, todavía, una caja con recortes de periódicos escabrosos y amarillentos con noticias de niños desaparecidos.
«Mi tío Fran, sin embargo, no hacía ninguna de esas cosas. Ni pescaba, ni mariscaba ni se iba al mar. Sólo cuidaba de mis abuelos. Intuí que debía de tener algunas cuentas pendientes con Magnus porque le había llamado «leguleyo», que era una palabra que no sonaba muy bien que digamos. Desde pequeña ya me había dado cuenta de esa especie de barrera que había entre ellos, como el paso a nivel de un tren de cercanías. Todos los hermanos tienen sus cosas. Hugo y Nico también las tenían.»
De la intriga y el misterio a los secretos de una sociedad hermética
La trágica desaparición de dos niños. El presunto crimen es uno de los temas centrales de este thriller. La aparición de los restos de Hugo y Nico en el yacimiento precipitará la búsqueda de certezas y también hará que Blanca se enfrente, por fin, a ese suceso y a sus sentimientos.
«Eran las ocho de la mañana. Estaba todavía en pijama, había restos de nieve en el alféizar de la ventana. Cielo gris claro con una luminosidad extraña, la taza de café en una mano y el auricular en la otra. Fue entonces y en aquellas coordenadas precisas, 55º de latitud norte, 12º de longitud este, a casi tres mil kilómetros del lugar de los hechos, cuando comprendí, de golpe, pero de un modo real y definitivo, que no había escapatoria.»
La sospecha creciente. A medida que Blanca comienza a recordar y a entrar en contacto de nuevo con los habitantes de As Covas y el entorno de sus veranos, la protagonista abordará diversas sospechas. Algunas frases escuchadas de niña ahora cobran mayor sentido.
«Parecía que todo el pueblo estuviera atado a una cadena muy apretada de delitos y crímenes cometidos en el pasado por vecinos que vivían puerta con puerta, como si nada. Las vidas pequeñas, ocultas.»
«En qué líos andáis metidos», preguntaba la voz a mi espalda con un hablar taimado. Yo no sabía quién era. Eché a correr. Hay algunas frases, pocas, que se quedan sonando dentro, subterráneas. Atraviesan la vida como una corriente profunda sin que una se dé cuenta, forman parte de la trama. Y cuando una las oye otra vez al cabo del tiempo es como si se cayera del guindo.»
Una comunidad cerrada y cómplice. En realidad, todos saben algo pero nadie da el paso para esclarecer los hechos. Blanca percibe el pacto de silencio, ese ver, oír y callar en la comunidad de As Covas e, incluso, entre los miembros de su propia familia. También se da cuenta de que muchas personas prefieren no querer saber para evitar problemas.
«Pensé en las voces perdidas de la aldea, en los testigos mudos y tenaces, en los jubilados que jugaban al mus en la taberna de la plaza y se comunicaban por señas, los que contaron y los que guardaron silencio, los que dedicaron su vida al recuerdo o al odio, los que se sintieron amenazados, los que no tuvieron nada que ver. Los que eligieron el olvido. Los que eligieron la venganza.»
«Allá cada quien. Esa era la expresión más común. Lo que decía la gente cuando a alguien le preguntaban por algún vecino. Una fórmula sellada a cal y canto. Yo la había oído repetir a cada rato: en casa, a mis abuelos, al tío Fran, a María de Codesal, a Chiño, en la lonja, en el ultramarinos, en todas partes...»
La vida secreta de los adultos. La protagonista revela la relación de sus padres, tan distintos, el desgaste de su convivencia y el impacto que tuvo en ella la separación, junto con otros secretos familiares. Aquellas señales eran imposibles de percibir por una niña de ocho años.
«Todo se confundía en mi cabeza. El fervor político, las consignas de las campañas electorales, la Movida, los conciertos a los que iban, ese puntito de fuga en la mirada. ¿Cuándo empezó todo a deslizarse por la pendiente hacia el lado oscuro? Difícil preguntar. Blanch no sabía dar razones y Magnus siempre guardó silencio sobre ella, tal vez no sólo por estar dolido, sino también, llegué a pensar, porque acaso no debía de saberlo todo. Me daba cuenta de que evitaba pronunciar su nombre ante los demás.»
«Cuántas imágenes difuminadas, cuántos detalles minúsculos habrán quedado ocultos. Él pasándole las pinzas de la ropa, las manos que se rozaban junto al alambre, los segundos de más o de menos que se mantenía una mirada por encima de la mesa sin que nadie lo notara, aquel brillo en los ojos. La vida secreta de los adultos. Por qué necesitaba yo saberlo todo, por qué siempre quería llegar al fondo. Por qué no podía dejarlo correr.»
La amistad idealizada. A pesar del tiempo transcurrido y de la distancia física, Blanca no ha olvidado a sus amigos de As Covas. Su dolorosa desaparición es uno de los motivos, pero también que haya alimentado una visión idealizada de la infancia. Ella sigue sintiendo a ambos hermanos como cercanos.
«La humanidad viene de la penumbra de las aguas, del barro a la orilla. Todo lo que los seres humanos no podían comprender lo convirtieron en creencias. Eso es la mitología. Yo, a mi manera, también convertí a Hugo y a Nico en superhéroes radiantes de un mundo perdido.»
«Entendí que Hugo y Nico iban a estar siempre en mi vida, porque la amistad es un reino que se conquista en la infancia y es entonces cuando alcanza su cenit con el vuelo elegante y ligero de un pájaro exótico. Ellos me regalaron las ganas de descubrir el mundo, la risa loca, la alegría de nadar, la afición por los cómics de Astérix, por las galletas de chocolate, por los enigmas. El coraje para enfrentar los miedos, la curiosidad por todo.»
La memoria engañosa. La protagonista reflexiona sobre cómo funciona la memoria y de qué la manera construye nuestra propia identidad, eligiendo aquellos recuerdos que más nos reconfortan y limitando los que nos provocan dolor. Un juego de luces y sombras.
«Sabía que podría pasar meses sin pensar en ellos y, de pronto, ver aparecer a Nico para gastarme una broma, o ver a Hugo tirándose al agua de cabeza y emerger varios metros más allá sacudiéndose el pelo, sonriendo como un delfín, saludando con la mano.»
Una infancia feliz e inconsciente.
Para la mayoría, la infancia es un lugar seguro y amigable que tanto nos reconforta, un lugar en que solo debería caber la alegría y la despreocupación. Pero los niños son seres inteligentes y con criterio, que conocen la soledad y los monstruos.
«Nico y Hugo representaba la única idea que yo tenía de una infancia como salida de un libro de aventuras. O creía que para tener una infancia feliz bastaba con una linterna, una tableta de chocolate, una pequeña colección de cómics y un trozo de tanza para pescar. Decir «infancia feliz» en aquel momento me parecía casi un delito.»
«Aquel verano todo formaba parte de lo mismo: leer libros de los Cinco, nadar, ir en bici, jugar a los detectives, andar a la caza de tesoros. Las vacaciones eran una búsqueda incesante de algo, un camino hacia algún lado, no importaba mucho hacia dónde.»
El título, NADA QUE PERDER, remite a un poema de Elizabeth Bishop. Porque todos empezamos a perder desde muy pronto. Perdemos cosas, perdemos personas a las que queremos, perdemos las llaves de casa, las gafas, la inocencia, perdemos el Norte… De eso trata en el fondo la novela. De eso y de cómo nos las apañamos para seguir adelante.
Sobre la autora
Susana Fortes (Pontevedra, 1959) es escritora y articulista de prensa. Durante años ha impartido clases de Historia del Arte en Valencia. En la actualidad colabora en cursos y talleres de escritura creativa en diversas universidades. Autora, entre otras novelas, de Querido Corto Maltés (Premio Nuevos Narradores 1994); Las cenizas de la Bounty (Espasa, 1998); Fronteras de arena (finalista del Premio Primavera 2001) y El amante albanés(finalista del Premio Planeta 2003), también ha publicado el cuaderno de cine Adiós, muñeca (Espasa, 2002) o El azar de Laura Ulloa (Planeta, 2006), galardonada con el Premio de la Crítica en la Comunidad Valenciana. Su primer gran éxito internacional lo consigue con la novela histórica Quattrocento (Planeta, 2007) y sobre todo con Esperando a Robert Capa (Premio Fernando Lara de Novela 2009), que ha sido traducida a más de 15 idiomas. Sus últimas obras publicadas son Septiembre puede esperar (Planeta, 2017) y el libro de recuerdos Tal como éramos (Ézaro, 2021).

Comentarios
Publicar un comentario