Fernado Benzo dibuja en LOS VIAJEROS DE LA VÍA LÁCTEA, un retrato agudo, divertido y emocionante de la generación de los 80



Editorial Planeta. 440 páginas

Tapa dura con sobrecubierta: 21,90€ Electrónico: 8,99€


Divertida, sentimental, irónica y tierna, LOS VIAJEROS DE LA VÍA LÁCTEA es una novela generacional que también habla de nosotros. Será difícil que el lector no acabe por encontrarse consigo mismo entre las páginas escritas magistralmenente por Fernando Benzo: "Como las buenas canciones, las grandes preguntas de nuestra juventud nos acompañan para siempre. Cuando pasas ya el ecuador de los cincuenta parece un buen momento para hacer un primer balance de tu vida. Y eso es lo que yo he querido hacer con ‘Los viajeros de la Vía Láctea’. Pero no se trata tanto de repasar mi propia vida como de echar un vistazo a mi generación: qué ha sido de nosotros, qué huella nos ha dejado el pasado y en qué líos andamos metidos ahora. Eso cuenta la novela. Ahí están, un grupo de jóvenes de los 80, unos treintañeros de principio de este siglo, unos tipos entrando en la madurez en estos tiempos. Ellos, los personajes de esta novela, somos un poco todos nosotros, toda mi generación. Hemos reído, llorado, amado, ganado y perdido. Y de todo ello habla esta historia. Para que nos conozcan los que tienen otras edades, para que se reencuentren consigo mismo los que pertenecen a esta generación. Para que miremos juntos al pasado y al presente, a veces sonriendo, a veces con ternura, a veces juzgándonos, a veces perdonándonos. Ha sido ya un viaje lo suficientemente largo a través de la Vía Láctea como para que merezca la pena echarles juntos ese vistazo".


En los años 80, Oscar soñaba con cambiar el mundo, la única ambición de Jorge era el dinero, David solo necesitaba canciones y porros, a Blanca le preocupaba la ecología y Javi fantaseaba con ser un escritor de renombre. Tres décadas después, la vida no se parecerá demasiado a lo que imaginaron en su juventud. Entre ellos se cruzarán el amor y la amistad, el sexo y la lealtad, las relaciones familiares y los fracasos, los secretos y las traiciones, las sombras de la madurez y la muerte.


Frente a nosotros, se iluminó un enorme cartel… Anunciaba el estreno de la segunda parte de Top Gun. Tom Cruise, enorme, nos observaba sentado en la cabina de su avión supersónico, con la misma mirada de héroe exigente de treinta años antes. Al mirarle a los ojos, tuve la sospecha de que regresaba para regañarnos. No habéis estado a la altura de lo que hace treinta años esperaba de vosotros… Pero su decepción no se refería solo a nosotrostres,sino a toda aquella generación a la que nos había pedido que fuésemos como él, cercanos a la perfección, y que, como al final ocurre con todas las generaciones, no había logrado alcanzar todo aquello que ambicionó… Ahora era… el turno de otros. A nosotros solo nos quedaba ver pasar a esos otros viajeros desde el borde del camino, aligerar nuestro equipaje de guerras perdidas, rostros de nombres olvidados, amores desperdiciados e ilusiones marchitas y disfrutar de las noches de invierno en hoteles de paso”.


Los viajeros


En las noches de los ochenta, en La Vía Láctea se daban cita la música y la diversión. Los jóvenes bailaban, reían, ligaban, bebían y soñaban con ese futuro perfecto que se abría ante sus ojos, pero sin prisa por llegar a ningún sitio. Primaban las ganas de cambiar el mundo, se hacían preguntas trascendentales sobre la vida, el amor y la felicidad. Y se exaltaba la amistad por encima de todas las cosas.


En una de esas noches galácticas, se pusieron los cimientos de los acontecimientos por los que transcurre esta tierna y agridulce novela coral narrada a dos voces, en la que, con una gran maestría rítmica y mucho sentido del humor, Fernando Benzo va entremezclando esos mimbres de la vida que son la amistad, la traición, los sueños, los desengaños, el éxito y el fracaso… Y los secretos fielmente guardados durante más de tres décadas que finalmente terminan por salir a la luz.


Blanca y Javi, dos damnificados de una misma noche que han sabido preservar su amistad a lo largo de los años echan la vista atrás y repasan cómo han sido los últimos treinta años, en un intento de dar, o al menos esbozar, las respuestas a esas grandes preguntas que siempre han estado con ellos y con muchos de los lectores que se sentirán identificados con sus vivencias.


Los viajeros de La Vía Láctea” es uno de esos libros que atrapan desde el principio. Con una prosa ágil, Fernando Benzo ha escrito la crónica de la generación de los llamados baby boomers, el relato vital de aquellos que son “el fruto del desmelene sexual de nuestros padres cuando en los sesenta empezaron a darse cuenta de que su vida iba a ser mejor que la de nuestros abuelos”, como recuerda uno de los protagonistas.


Con una gran destreza narrativa, el relato va saltando por los tempos vitales de sus protagonistas, tejiendo una apasionante trama que transita entre el ayer y el hoy, un hilo conductor que comienza en las noches de los años ochenta en Madrid y que llega hasta nuestros días, cuando la pandemia nos está cambiando la forma de relacionarnos y ver el mundo.


Es inevitable terminar la lectura de esta novela y no recordar los versos de Jaime Gil de Biedma en los que nos recordaba que la vida iba en serio y que uno lo empieza a comprender más tarde.


Una novela con banda sonora…


Esta es una historia que no solo se lee, también se tararea. La novela contiene en sus páginas una completa banda sonora de aquellos años de juventud que permanecen en la memoria colectiva de la generación protagonista. Las referencias musicales son muchas y de los más variados estilos: pop español, grandes éxitos de siempre, los Nuevos Románticos que conquistaron Europa con una estética barroca y un ritmo muy bailable: Mecano, Los Secretos, Talking Heads, Alan Parsons, Joe Cocker, Rick Astley, Los Planetas, Bob Dylan, Luis Eduardo Aute, UB40, Loquillo, Antonio Vega, David Bowie…


Si tuviéramos que grabar una casete (nuestros protagonistas seguramente las prefieren a las playlist), estas serían algunas de las canciones incluidas en “Los viajeros de La Vía Láctea”: No controles, Yo tenía un novio que tocaba en un conjunto beat, Perdido en mi habitación, Don’t You Want Me, Whitout You, Bad Connection, Lucy In The Sky With Diamonds, Rocket Man, Across The Universe, Mediterráneo, Enola Gay, Tainted Love, Karma Chameleon, Just Can’t Get Enough, Chica de ayer, La noche no es para mí, Georgia On My Mind, Sweet Jane, Lady Madrid, Comfortably Numb, What A Wonderful World, Malos tiempos para la lírica, Amores de barra…


Esa influencia musical se deja ver no solo en las menciones de canciones e intérpretes que el autor realiza para ambientar las escenas, sino también en el ritmo de las descripciones, casi poesías, a las que, según se van leyendo, se pueden poner melodías de cantautor: “Madrid en agosto es una siesta de abuelo, una oficina en hora de cierre, una tienda sin clientes, un teatro sin función. La ciudad se queda sin parques, los pájaros se ahogan en las fuentes, los bancos se quedas sin sombras. El sol ocupa los pisos vacíos, juega a la pelota en los semáforos, aparca en prohibido y roba carteras en las paradas de autobús”.


Y el cine que marcó a una generación…


Además de la música, si algo caracteriza a la generación de los 80 es el interés por el cine. Y la novela muestra, a lo largo de sus páginas, esas referencias cinematográficas, en las que se mezclan los títulos más comerciales (Grease, Star Wars, Regreso al futuro, Top Gun, La misión, Platoon o Los fabulosos Baker Boys) con las referencias conocidas como “de arte y ensayo” (Barfly), sin olvidar joyas como El gran Lebowski o el resto de la obra de los hermanos Coen.


La importancia del cine en “Los viajeros de La Vía Láctea” también puede verse en esa coincidencia en el título que Javi, el protagonista, escoge para su novela (Luces de atardecer) con el filme Luces al atardecer, del realizador finés Aki Kaurismäki… Aunque ambas obras no tengan nada que ver.


Terminamos la comida sin demasiado tiempo para hablar de otras cosas y solo cuando ya estábamos en la calle y caminábamos hacia su oficina, Jorge fue capaz de apartar sus obsesiones y recordó que yo también tenía una vida. —Bueno, ¿y cómo va lo de encontrar trabajo? —me preguntó, en un tono que me sonó a padre y a suegro a la vez. —Yo ya tengo trabajo, Jorge. —Escribir novelas no es un trabajo. —Especular en la Bolsa de Tokio no es mucho mejor. Jorge rio con cierta suficiencia. —Y dime, ¿cómo se está vendiendo la novela? ¿Es un éxito? —No lo sé. Solo hace tres semanas que salió. —¿Y la editorial aún no te ha pasado ningún report, ningún business plan, ningún update? Solo de escuchar aquella forma de hablar, sentí ganas de vomitar la lubina. Jorge meneó la cabeza, con resignación. —Está bien —bufó, dándonos a mí, a mi editorial y a toda la industria del libro por casos perdidos—. ¿Cómo se titulaba? Dije el título bajando la voz. Con esfuerzo. —Luces de atardecer.


No solo de cine y música está compuesta esta novela. El humor también está presente en episodios hilarantes (como el de la fiesta de cumpleaños del hijo de uno de los protagonistas o el del funeral en la catedral de La Almudena) y situaciones tan surrealistas (atención a la caída de Javi en la piscina de Silvia), que consiguen arrancar carcajadas al lector. Algo similar ocurre con algunas situaciones duras (como la última charla entre Javi y Blanca), en la que es imposible no empatizar y emocionarse con los personajes.


Los personajes


Además de un magnífico ritmo, “Los viajeros de La Vía Láctea” cuenta con una serie de personajes perfectamente definidos y muy creíbles por su naturalidad. Esta es una novela coral, narrada por dos voces, cuyo hilo narrativo se forma alrededor de Oscar, un chico de pueblo, hijo único de padres mayores, que fue a estudiar a Madrid para cumplir su sueño de cambiar el mundo, que “no entendía hacer lo que fuese si no era a lo grande, dándole a toda una dimensión épica (…). Era su forma de afrontar cualquier cosa. Sin pudor, sin límites. No podía soportar que todo lo que tuviese que ver con él, cualquier idea, cualquier plan, cualquier momento, no fuese algo único, algo que dejase una huella imborrable en quienes tuvieron la suerte de vivirlo a su lado (…) Quería perdurar… hacer algo que quede… que permanezca incluso cuando nadie sepa quién fue el que lo creó”.


Oscar comparte piso de estudiantes con Javi, Jorge y David. Javi, la voz principal de la novela, deseaba ser un escritor de renombre, pero se quedó en escritor de discursos para Pato (“un mixólogo de escaso talento”, con un gracejo singular para conseguir copas gratis en los garitos y que, con el paso de los años, entrará en política y llegará a ser nada menos que presidente del Gobierno). Jorge era impaciente y gruñón (…). También era bajito, calvito y gordito. Todo en él era un diminutivo”. Salvo su ambición por el dinero. Y David “era un filósofo de genialidad efímera”, que solo necesitaba canciones, porros y mitos para dar sentido a la realidad. Junto a ellos está Blanca, la otra voz de la novela, “la niña buena del colegio de monjas de Valladolid, que estudia Arquitectura, sabe de música”, se preocupa por la ecología y está perdidamente enamorada de Oscar. En su vida prima la “pesada carga de los secretos”. Y buena parte de la novela se desarrolla alrededor de estos.


Este mosaico se completa con otros secundarios de enorme coherencia entre los que destacan Silvia, el gran amor platónico de Javi, la chica que “consumía a la misma velocidad tíos y copas”. O Don Miguel, el suegro de Jorge, un hombre hecho a sí mismo al que su yerno sueña con asesinar. O Arturo, el entregado marido de Blanca. O Nacho, el becario que declara su amor a Blanca. O Claudia, la sorprendente mujer de Oscar, que aparece un buen día en la vida de los cuatro amigos. O Hugo, el hijo de Javi que viene de Londres y se instala a vivir con su padre. O Dafne, la vecina de Javi, con la que tiene una peculiar relación… Esta es una deliciosa trama de vidas que se cruzan con las de los cinco protagonistas principales y que nos acompañan en algunos momentos de las casi cuatro décadas que recorre esta entretenida novela.


Los escenarios


En esta novela, los lugares donde transcurre la acción cobran la dimensión de un personaje más. El principal (y que forma parte del título) es La Vía Láctea, el legendario bar situado en la calle de Velarde, en el barrio de Malasaña, inspirado en los bares de copas que ya existían en Londres yNueva York. Durante los años de la Movida, allí era habitual encontrarse a gente como Pedro Almodóvar bailando al ritmo marcado por los “pinchas” como Diego A. Manrique, Kike Turmix o Juan de Pablos, poseedores de discos que no se encontraban en España.


Otro punto importante, pues es donde nace la amistad inquebrantable de Oscar, Javi, Jorge y David, es el piso de estudiantes de la calle de Fernández de la Hoz: “apenas un centenar de metros cuadrados. Un tercero en el que siempre había alguna cañería que crujía, alguna tablilla del parqué que se levantaba, algún pomo de puerta roto y algún disco que desaparecía misteriosamente y del que jamás de volvía a saber”. Ya en el siglo XXI, la trama pasará por el centro comercial Nuovo Versalles, el retrato del urbanismo salvaje de los últimos 25 años: una mole de mal gusto levantada en mitad de la nada, donde alguien quiso hacerse rico y, pasando de mano en mano, terminará agonizando y morirá a manos de la piqueta.


Los ejes de la novela en frases de los personajes


Recordar la juventud


lo único especial que hice durante aquellos años fue portarme como un idiota durante demasiadas noches demasiado largas, incorporar a mi vida una banda sonora de canciones pegadizas que ya nunca dejaría de escuchar, librarme de adicciones que tuve la suerte de que pasaran por delante de mi puerta sin detenerse, amar inútilmente y aprender a perder’.


Uno no se preguntaba si era o no feliz. Lo era y ya está. Estudiar, charlar, reír, salir por la noche, bailar, fumar, beber, enamorarse, soñar. Ser joven. La vida parecía algo intenso y lleno de drama, pero en realidad no lo era. Vivir era algo maravilloso y manejable”.


Uno es afortunado si logra sobrevivir a su propia juventud’.


Vivíamos deprisa, pero sin prisa por llegar a ningún sitio”.


A veces, nuestro pasado lo forman más las cosas que decidimos no hacer que las que hicimos”.


Esos años que entonces me parecían un oscuro túnel del que había logrado salir habían sido, en realidad, los mejores de mi vida”.


El amor y la amistad


La amistad siempre es menos drástica que el amor”.


Lo que a todos nos gusta es ese principio. La explosión. Cuando el amor es retortijón de tripas y la sola visión de la persona amada te produce taquicardia. Esa es la droga que buscamos para luego seguir amando como quien sigue leyendo un libro de mil páginas que está escrito con un estilo agradable, pero que dejó de interesarte en la página cien”.


Creo que solo acabamos amando el recuerdo de un amor que dejó de existir”.


Los secretos y los sueños


Los secretos se callaban, se ignoraban, se los comía cada una solita, porque en aquella vida previsible no había sitio para nada triste que no cupiese en los tres minutos que duraba Perdido en mi habitación (…) Los secretos son una pesada carga… Cuesta llevarla encima cada minuto del día. Te van aplastando poco a poco si no te libras de ellos. Pero también a veces, los secretos son lo único que te dan felicidad”.


Una persona es por igual sus sueños y sus secretos. La diferencia es que los sueños vuelan y los secretos reptan. Los sueños son la última tabla de salvación de cualquier naufragio y los secretos son solo un peso muerto que te empuja hacia las profundidades”.


Las buenas canciones


Las buenas de verdad, las que puedes escuchar un millón de veces sin odiarlas, son capaces de hacerte llorar y reír a la vez, son capaces de jugar con tu estado de ánimo, de lanzarlo al aire y recogerlo y darle vueltas como si fuese una peonza. Son las canciones que te impregnan la piel, las que marcan el ritmo de tus latidos, las que no te hacen pensar, solo sentir”.


La felicidad


Nunca aspiré a algo tan absoluto como la felicidad. Así, como un enorme cartel, como esos carteles de casino o de motel de película americana: La Felicidad. No, no es posible. Solo ha habido victorias parciales, metas volantes, etapas que había que culminar para seguir adelante”.


Los mitos


Para él lo importante no era la vida cotidiana, sino lo que ocurría en ese mundo de fantasía donde convivía con leyendas del rock, estrellas de cine y personajes de cómic, donde su mejor amigo no era ninguno de nosotros, sino Jim Morrison, donde era discípulo de Obi-Wan, colega de Marty McFly, gemelo de Holden Caulfield y compañero de jaranas de los Blues Brothers’.


La madurez


Una de las pocas ventajas de ir haciéndose mayor es que cada vez son más sencillos los momentos de felicidad, cada vez necesitas menos para alcanzarla”.


Habíamos llegado a esa edad en la que ya no te emborrachas en oscuros garitos de madrugada, sino en fiestas infantiles de media tarde”.


La música que me gustaba comenzaba a convertirse en melodía de hilo musical. Señal inequívoca de envejecimiento”.


Había comprendido que el mundo nunca se acaba… Y que, a veces, lo único que hay que hacer para vencer es esperar”.


Hacía ya tiempo que habíamos abandonado la autoexigencia, hacía menos que nos habíamos desenganchado de la autocompasión y ahora vivíamos con razonable comodidad en la autocomplacencia’.


Sobre el autor


Fernando Benzo (Madrid, 1965). Desde que a los veintitrés años publicara Los años felices (Premio Castilla-La Mancha), no ha dejado de escribir. Su última novela, el thriller policíaco Nunca fuimos héroes, se publicó en 2020, también en Planeta. Ya era autor de los libros Mary Lou y la vida cómoda (Premio Kutxa Ciudad de Irún), La traición de las sirenas, Después de la lluvia (Premio Ciudad de Majadahonda), Los náufragos de la Plaza Mayor, Nunca repetiré tu nombre y Las cenizas de la inocencia. Una selección de sus relatos breves, premiados en numerosos certámenes literarios, está recogida en el volumen Diez cuentostristes. Ha escrito también teatro, obras de no ficción, y colabora con frecuencia en medios de comunicación.

 

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