Men Marías relata en LA ÚLTIMA PALOMA una investigación en Rota liderada por una antigua boxeadora reconvertida en guardia civil con un pasado tan sospechoso como ella misma



LA ÚLTIMA PALOMA, la nueva novela de Men Marías, narra una investigación en el entorno de la casi desconocida base naval de Rota. Tras el cordón policial que acordona la brutal escena, un grupo de vecinos clama que se haga justicia: el cuerpo de la joven Diana Buffet yace salvajemente mutilado y con unas enormes alas cosidas a su espalda. Ni las cámaras ni el helicóptero de vigilancia de la base han captado una sola imagen que pueda servir a la investigación; algo incomprensible. La sargento Patria Santiago sabe que el asesino va a volver a matar, pero nadie la cree, ni siquiera el cabo Sacha Santos -a quien le gustaría ser algo más que su compañero-, porque al igual que piensa el resto de Rota, Patria ha convivido con el dolor demasiado tiempo como para ser de fiar. Una sola pista, la investigación que Diana estaba haciendo sobre la base, y su relación con la desaparición de una joven hace sesenta años, cuando los americanos llegaron a Rota, parecen ser los únicos hilos de los que tirar.


Los marines americanos llegaron a Rota en los años cincuenta al reclamo de la base naval. Por entonces, en esta villa gaditana el agua procedía de los pozos y las calles se quedaban sin luz cuando se ponía el sol. Apenas un puñado de hogares y huertas por los que paseaban los burros cargados de alforjas y cuyos habitantes se sentaban en sillas de mimbre frente a las puertas a quejarse de la miseria en la que estaban sumidos. Al poco tiempo de la llegada de los americanos, sin embargo, Rota aparece en la revista Interviú como «paraíso del vicio nacional», contando con cuarenta y tres bares en una sola calle y prostitutas de todas las nacionalidades. Los Estados Unidos de América se colaron en la España más profunda de la época franquista bañándolo todo de música, color, bullicio, desmadre… y mujeres desaparecidas.


Una de ellas fue Inés, la joven a la que, en la actualidad, investigaba Diana Buffett, una estudiante de Periodismo de diecinueve años cuya búsqueda se ha visto frustrada: a Diana la han encontrado cerca de la base naval con los pechos amputados, la vagina cosida y unas enormes alas adheridas a su espalda.


La sargento de la Guardia Civil Patria Santiago será la responsable de encontrar a su asesino. Pero la búsqueda ha de ser contrarreloj: no tiene tiempo, sabe que va a volver a matar.


«Diana Buffett sólo es el principio de algo más grande. En este mismo instante hay alguien enfriándose emocionalmente. Y Rota es su coto de caza».


Sin embargo, nadie la toma en serio. Todos conocen a Patria, o a «la Escaleras», como siempre han llamado en el pueblo a esta antigua campeona de los pesos gallo. Todos la vieron hacer aquello que hacía por los cementerios. Todos saben lo que esconde bajo esos guantes de tela que siempre lleva, que no puede quitarse. Todos han oído hablar de esas veladas privadas de boxeo en las que participaba tan solo con las manos vendadas y dejándose machacar hasta caer inconsciente al suelo. Patria intuye que tras el brutal asesinato se esconde un perfil criminal muy sofisticado, la mente de un psicópata que le recuerda uno de los episodios más oscuros de su propio pasado.


«Porque hay pasados que siempre serán presentes, que se acoplan a nosotros como el pelo a los brazos y no importa cuántas veces se elimine: siempre vuelve a salir».


ROTA: Un singular escenario del crimen


Men Marías ha escogido un escenario casi desconocido en el que circulan muchas historias misteriosas en torno a la base naval americana y, a la vez, un escenario muy atractivo por todas las diferencias socioculturales de las dos poblaciones que fueron obligadas a convivir.


Rota es, sin duda, una curiosa anomalía. Una villa que atesora un pasado fenicio, romano y árabe, cuya historia experimentó un brusco cambio de timón cuando en 1955 se instaló en su territorio la base naval estadounidense. Dos años antes, en 1953, el general Franco pactaba con el Gobierno norteamericano y autorizaba la instalación de cuatro bases –Rota, Torrejón de Ardoz, Zaragoza y Morón de la Frontera– a cambio de ayuda económica y militar. En el caso roteño, la base fue erigida sobre terrenos expropiados destinados a la huerta. Ello implicó que las actividades económicas tradicionales, como la pesca o la agricultura, fueran progresivamente abandonadas para dar respuesta a las necesidades que planteaba la nueva comunidad.

La llegada de los americanos vino acompañada de un importante influjo cultural, nueva música, nuevos alimentos, nuevas costumbres y una mentalidad abierta que chocaba de lleno con la de sus nuevos vecinos roteños.


La época está plagada de anécdotas que la autora ha recopilado en decenas de visitas al pueblo en las que se reunía con los lugareños que vivieron la llegada de los americanos: el primer restaurante chino de España y el primer autocine de Europa aparecieron en este lugar. Los kioskos del pueblo que solo vendían tabaco de contrabando, jabón Dove y la novedosa eau de toilette. Las jovencitas haciendo cola cada vez que llegaban los marines para llevárselos del brazo. Lo que denominaban «la feria americana» —el 4 de julio y Halloween—. Las leyendas entorno a los americanos, como esas según las cuales tenían un aparato para desviar las nubes o para hacer que lloviera en el pueblo a su antojo. El constante olor a mantequilla derretida que empezó a inundarlo todo. Las mujeres obsesionadas con los electrodomésticos que utilizaban como decoración en sus propias casas. La FM de la base que podían sintonizar los roteños mezclando los temas de Elvis Presley con los de «la Chati» o «la Camaronera». Las chicas puras con el crucifijo al pecho y la falda por debajo de las rodillas frente a las americanas con shorts y escotes. Julio Iglesias yendo a cantar al housing de la base. Los albañiles roteños ahora, pajarita al cuello, convertidos en barmans de los americanos. Los niños imitando el acento de los americanos para pedirles pesetas —«una peseira, míster, una peseira». Las niñas bautizadas como Carmen, María o Angustias jugando a ser Meghan, Sandy o Emily.


Los americanos eran como los Reyes Magos para los niños, les regalaban chicles, juguetes, pegatinas, material de oficina. Todo era distinto. Ellos tenían lápices con la goma al final, juegos de mesa como Humpy Dumpy, peonzas dentro de un cuenco, caramelos M&M, redondos con un cacahuete dentro… Todo de muchísimo color. 

Había contrabando de TODO, era una forma de sacar sobresueldos. De alimentos, de ropa, de tabaco. Vaqueros Levi Strauss. Pañales, comida de bebé, Adidas, Nike. Piooner, o cadena Hi-Fi. Muchos marines llegaban después de dos meses bajo el mar, ganando dinero, y querían gastárselo; Rota para ellos era muy barato.


Otros escenarios… reales


La autora ha procurado que todos los lugares que se mencionan en la novela se correspondan con ubicaciones reales de Rota. Paseando por el centro del pueblo puede observarse, frente a la Parroquia de la O, el lugar en el que Inés le grita a Franco que ayude a su familia cuando este visitó Rota con el embajador de Eisenhower a principios de los 50. Esa misma parroquia es la que acoge la escena final, donde, sobre el altar, dentro de la custodia y frente a Cristo expiando en la cruz aparece el elemento que lo cambia todo. A pocos metros se encuentra el Castillo de Luna, que, en la actualidad, acoge el Ayuntamiento donde Diana iba a interrogar a Olimpia Piernavieja, la alcadesa de Rota. En dirección contraria se encuentra la calle Fermín Salvochea, domicilio de los Buffett, los abuelos de Diana, y su típica casa trascalada roteña.


Cerca, muy cerca, en la plaza de la Cantera, se alza La Mala Madre, el bar en el que todo el pueblo se reúne y cuya descripción se corresponde con el establecimiento real que se ubica en esta dirección. El bar en el que Patria y Sacha tuvieron sus primeros acercamientos. Hacia el sur, en el Paseo de la Costilla, se encuentran adheridos a la pared unos azulejos que rezan «bésame en esta esquina» bajo los cuales los protagonistas han sido obedientes a la orden. A un kilómetro, después de la Playa del Rompidillo, se alzan la base naval americana y la abandonada «casa de Mongoli», lugar en el que, en la novela, todos murmuran sobre la existencia de un ánima y, en el mundo real, los roteños no quieren acercarse a ella porque según los rumores allí suceden cosas raras. El cuerpo de Diana aparece abandonado precisamente en esta casa.


Personajes principales de una novela coral


Men Marías afirma que la mayor parte de los personajes de LA ÚLTIMA PALOMA "son niños en cuerpos de adultos, personajes marcados y detenidos de una manera u otra en la infancia que se ven obligados a relacionarse con el mundo con las herramientas emocionales de alguien que aún no ha conseguido convertirse en un adulto. Esta es la razón por la que, a mi parecer, no son personajes sino personas. Gran parte de los personajes, especialmente los protagonistas, se valen del dolor físico para paliar la irrealidad que sienten con respecto a sus propias personas. El dolor físico es cierto, no cabe la interpretación en él. A Inés, a Diana y a Patria especialmente, las hace ser conscientes de su propia existencia: entienden con el cuerpo, no con la mente."


PATRIA SANTIAGO. Sargento de la Guardia Civil. Es una mujer masticada por los demonios. Estos le dicen que no tiene derecho a existir. Que no es un ser humano. Que es un error de Dios. Algo incompleto y borroso. Patria piensa que tienen razón. Recuerda, con dificultad, algunos episodios muy traumáticos de su infancia y adolescencia de los que ella se culpa. La violencia con la que Patria siente es desmedida y solo ha encontrado una forma de que no la mate: intercambia un dolor por otro. Se corta las manos. Los pies. La cara interior de los muslos. Lugares que no están a la vista. Después se recrimina por ello.


«No puedo controlarme. Necesito intercambiar esta angustia por algo más fácil, por un dolor que duela menos, por algo que sí sepa manejar. Hundo la cuchilla en el empeine del pie derecho, sin ternuras, que empieza a sangrar de inmediato. El placer que experimento me ciega la vista, reconozco la sonrisa que empieza a nacer en mis labios. Hundo la cuchilla en el muslo izquierdo, sin ternuras, que empieza a sangrar de inmediato. Vuelvo a sonreír. Este dolor sí puedo controlarlo».


SACHA SANTOS. Cabo de la Guardia Civil, llegó a Rota procedente de Madrid. Tiene cuarenta años, el atractivo de los jugadores de tenis y es la mano derecha de Patria Santiago. Sacha tiene una de esas miradas que no acumula pasado, la vida aún no ha sucedido en él: ha tenido varias parejas, pero nunca se ha enamorado. Nunca ha tenido que enfrentarse a nada que le obligue a sacar el valor. Tampoco ha experimentado el abandono o la maldad de las personas. Sacha es como un niño con todas sus necesidades satisfechas cuyo máximo objetivo es que todo siga así. Para Sacha vivir es creer que se está viviendo.Hasta que conoce a Patria, su sargento, su jefa, con la que tuvo un breve romance, y todo esto pasa a ser sustituido por un deseo incontrolable que se aviva cuando se ven obligados a trabajar juntos de nuevo en el caso de Diana Buffett.


«Huele a tierra, a laurel, a tomates, a aloe vera. Y, a la vez, al perfume de Patria. Un olor que nunca he sabido de qué se compone, pero que me relaja como un baño caliente. Huele como lo haría algo dulce bajo el mar».


DIANA BUFFET. La autenticidad de Diana, que es su principal característica, se deriva de su lucha interna por ser quien debe ser, según ella, y no quien verdaderamente es. Primera víctima del asesino en serie que ha empezado a matar en Rota, rebautizada como La Paloma. Era estudiante de periodismo residente en Cádiz, echaba una mano en la pizzería de sus abuelos y al mismo tiempo hacía prácticas en la redacción de Rota Hoy, donde quería escribir sobre los primeros tiempos de la base americana. Conocida por su militancia feminista, también estaba involucrada en movimientos de liberación de grupos excluidos. Todo parece indicar que llevaba una insospechada doble vida y que estaba investigando sobre un crimen que ocurrió en los primeros años del asentamiento de la base, se volcó en ello y por ello encontró la muerte.


«¿Quién eras, Diana Buffett? ¿Quién os quitó la vida a ti y a tu hijo?».


VÍCTOR. El hermano mellizo de Patria. Su relación, desde muy pequeños, fue muy estrecha precisamente por esto. Compartían el cumpleaños, los grupos de amigos, el pupitre, la habitación. Todo, hasta que Víctor se culpabilizó por no haber impedido el dolor que sus padres infringieron a Patria.


«Los grupos de amigos también los repartíamos. Todo era de los dos. Las cosas y la vida. Y nunca echamos de menos cierta intimidad, ser únicos, exclusivos. Víctor y yo fuimos uno al igual que lo es el cuerpo que tiene dos piernas. Dos brazos. Pero a los catorce todo se rompió.».


CANDELA. Tía paterna de Patria y Víctor. Después de la ruptura familiar los acogió como si fuesen hijos propios y fue su mentora. Candela es una mujer que le plantó cara a la vida. La extrema pobreza en la que vivía su familia desde que llegaron los americanos con la expropiación de sus tierras, la obligó a prostituirse aprovechando la demanda entre los marines. Candela sufre anafia desde su nacimiento, la privación del sentido del tacto. Así la protegió la vida del hecho de que cada día recorrieran su cuerpo tantos desconocidos. Candela nunca tuvo miedo. Hizo lo que tenía que hacer. Hasta que un día, ayudó a una mujer desesperada a dar a luz y desde entonces se dedicó a ser partera. Las parteras eran las únicas mujeres en la época con la libertad de los hombres: iban por los campos para atender a las. Nunca se casó. Nunca tuvo hijos. En la actualidad, aunque insiste en que no necesita ayuda en casa, empiezan a hacerse evidentes en ella las primeras señales del alzhéimer.


«Nunca ha echado de menos tener hijos propios. Patria y Víctor son tan hijos suyos como esos niños que ayudaba a nacer. Hay una imagen que se repite más que el resto. La de aquella chica, la primera junto a la playa. Aquella chica que tuvo un varón grande, muy grande, más de tres kilos. Fue la primera mujer a la que ayudó. La primera a la que vio desmayarse. Sonreír con la vida en los ojos y desmayarse de inmediato».


ROBERTO QUINTANA. Teniente de la Guardia Civil y jefe de Patria y Sacha. Un terrible accidente le hizo perder a su hija Belén cuando iban camino de un concurso de belleza canina, y desde entonces está obsesionado con los perros. Pero cuando pierda por despiste un ticket de compra quedará de manifiesto que también él tiene cosas que ocultar.


«—Verás, Patria —Quintana se levanta al fin, antes de que termine de hablar, y pasea por el despacho, las manos enlazadas sobre el hueso sacro—: si algo me ha enseñado la vida es que las casualidades no existen. La gente buena suele reír más que el resto, ¿te has fijado alguna vez? No dejes de hacerlo. Y dime, ¿es eso una casualidad? No. Claro que no. Es la consecuencia de algo que no entendemos. Sólo percibimos el efecto de algunas cosas, pero no llega a nosotros su porqué. Somos tan limitados, Patria...»


OLIMPIA PIERNAVIEJA. Alcaldesa de la ciudad. Hija del afamado doctor Fernando Piernavieja, un médico que llegó a gozar de prestigio internacional, y por el que siente tal adoración que la ha llevado, desde niña, a querer mostrarse perfecta, sin errores. De hecho, ella sigue viviendo para su padre a pesar de que, en la novela, él lleva muchos años muerto. Pretende que la ciudad recupere cuanto antes la normalidad tras el asesinato de “La Paloma”.


«Olimpia Piernavieja, vestida con un traje de flamenca rojo con lunares blancos, nos mira con cara de asesina. Lleva un ridículo clavel en el pelo que le concede más de diez centímetros de altura. Siento el impulso, muy violento e invasivo, de arrancárselo».


MADDIE BLACK. Segunda víctima del asesino. Es la mejor amiga de Diana. Maddie es silencio, ella se relaciona de una extraña manera con el mundo como si fuese culpable de algo, como si pasar desapercibida fuese su única opción para que no la descubrieran.


«Maddie sigue mirando al suelo. Cuesta creer que esté respirando. No se mueve, no habla, no está. Es como si se hubiera quitado el cuerpo, como un traje, para dejarlo en el sillón mientras ella va a otro sitio».


INÉS MARTÍNEZ. La primera víctima a finales de la década de los cincuenta que investigaba Diana. Nacida en Rota en los años cuarenta. Presencia de primera mano la llegada de los americanos a la base naval cuando solo es una adolescente. Inés sufre un síndrome de hiperactividad y comportamientos impulsivos. Ella no quiere dedicarse a buscar marido entre los americanos como hacen el resto de chicas, ella quiere subir con ellos a un barco y navegar a lo largo del mundo. Conoce a James, sargento del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, que le promete todo lo que ella anhela y que trastocará su futuro para siempre.


«Desde que tenía memoria, Inés había advertido dentro de su cuerpo una energía que era como mil caballos corriendo a la vez.»


EL CIEGO. Tim Tucker, anciano internado en una residencia de Sevilla, al que Diana visitaba como voluntaria de una ONG. Fue uno de los primeros americanos que llegaron a Rota. Patria confía en que él tenga la clave para desvelar el misterio del asesinato de la chica.


«No ha terminado de hablar cuando la puerta vuelve a abrirse de repente con violencia. Por ella asoma un anciano con gafas que casi me parece una sombra por el chorro de luz que cae tras él desde una ventana dentro del cuarto. Después de unos segundos, cuando los ojos se me acostumbran, me doy cuenta de que las gafas son de sol. Negras. Muy finas».


Sobre la autora


Men Marías (Granada, 1989) se licenció en Derecho y ejerció la abogacía desde los veintitrés años, especializándose en el sector mercantil. Debutó como escritora con la obra /Pukata, pescados y mariscos, que fue galardonada con el Premio de Novela Carmen Martín Gaite 2017 y un accésit en el Premio Torrente Bal Además, es tutora de técnica literaria, novela negra y poesía en su ciudad.

 

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