Pedro Simón gana el Premio Primavera con LOS INGRATOS, una emocionante crónica familiar y sentimental de un país que miraba al futuro y se olvidó de dar las gracias a la generación que lo hizo posible


Editorial Espasa. 288 páginas.

Tapa dura con sobrecubierta: 19,90€ Electrónico: 9,99€


«Nos rezaban que cuatro esquinitas tenía mi cama y que cuatro angelitos nos la guardaban, pero mi cama por lo menos tenía cinco. Y uno de ellos era una señora de campo que pinchaba cuando te daba un beso».


Pedro Simón ha ganado el Premio Primavera 2021 con LOS INGRATOS, una emocionante crónica familar y sentimental. El jurado destacó que el libro es "un relato con imágenes poderosas e inolvidables sobre la pérdida de la inocencia y el paso de la infancia a la edad adulta, a la vez que un homenaje, entre la ternura y la culpabilidad, a los que nos trajeron hasta aquí sin pedir nada a cambio. Una auténtica historia de amor en toda la extensión de la palabra".


1975. A un pueblo de esa España que empieza a vaciarse llega la nueva maestra con sus hijos. El más pequeño es David. La vida del niño consiste en ir a la era, desollarse las rodillas, asomarse a un pozo sin brocal y viajar cerrando los ojos en el ultramarinos. Hasta que llega una cuidadora a casa y sus vidas cambiarán para siempre. De Emérita, David aprenderá todo lo que hay que saber sobre las cicatrices del cuerpo y las heridas del alma. Gracias al chico, ella recuperará algo que creyó haber perdido hace mucho.


LOS INGRATOS es una emocionante novela sobre una generación que vivió en aquella España donde se viajaba sin cinturones de seguridad en un Simca y la comida no se tiraba porque no hacía tanto que se había pasado hambre. Un homenaje, entre la ternura y la culpa, a quienes nos acompañaron hasta aquí sin pedir nada a cambio.



Unas notas de Pedro Simón sobre LOS INGRATOS


Los ingratos somos los hijos de una generación un tanto deslocalizada, cuya infancia quedó marcada por la dureza de la larguísima posguerra y que vivió en primera persona las luces y las sombras de la Transición.


La novela habla de aquella España que iba sin cinturón de seguridad en un Simca 1200, y se trasladó en aluvión desde los pueblos hacia las ciudades. También habla de Orzowey, del Un, dos, tres, de la televisión en blanco y negro y de todo aquello que se fue para no volver.


Nuestra —mi— generación fue educada bajo unos parámetros que se resumían en tres palabras: por favor (entendida como un solo término), perdón y gracias. Las dos primeras las pronunciábamos con intención utilitarista. Sabíamos que el «por favor» abría muchas puertas, mientras que «perdón» estaba ligado a la educación católica que recibimos y servía para limpiar tu conciencia y para aliviar al otro; te permitía dormir tranquilo sin que vinieran a visitarte monstruos y fantasmas.


La palabra «gracias», en cambio, creo que la pronunciamos poco. De verdad. Es una palabra que no se la hemos dicho lo suficiente a esa gente que hizo posible que yo, por ejemplo, me pueda dirigir a vosotros tras recibir un maravilloso premio literario.


Repito: no sé si hemos dado suficientemente las gracias, pongamos por caso, a ese matrimonio de agricultores que trabajaba de sol a sol para darnos una vida mejor. Hay un momento en el libro en el que se habla de la señora Trini, cuyo mayor éxito, sin haber salido del pueblo, era que su hijo hubiera podido ir a la capital. Ese hijo vuelve al pueblo veinte años después, una sola vez, subido en un cochazo y hecho un san Luis, con zapatos relucientes, bien vestido y con el pelo engominado. Pero vuelve al entierro de su madre, y ya es tarde.


Creo que es una imagen metafórica de cómo nos hemos comportado nosotros.


Repito: no sé si hemos dado las gracias lo suficiente. Yo no.


Escribir es bajar a un trastero y ponerse a abrir cajas. Cajas que contienen cosas que te afectan: recuerdos personales, objetos singulares, fotos antiguas… olores. Todo eso que no quieres tirar a la basura y guardas ahí sin saber muy bien por qué. Escribir es rescatar esas cosas. Supone también pasar apuntes a limpio tras ese ejercicio de remover el trastero, de verte a ti mismo muerto o congelado en un momento concreto.


Creo, además, que la novela es oportuna. La COVID-19 se ha llevado a mucha gente de la generación que protagonizó el gran cambio de nuestro país en el último medio siglo. El suyo fue un viaje social, político y personal muy difícil.


Con LOS INGRATOS os invito también a reflexionar sobre los cambios profundos que ha experimentado, en las últimas décadas, la forma de vivir la infancia y la juventud. Y no me refiero solo a cuestiones materiales. El nuestro fue un mundo más fácil para los jóvenes que el de ahora. Aunque hoy no hay pozos con brocales rotos, nos encontramos con cosas mucho más peligrosas: las pantallas, las relaciones con los otros mediatizadas por esas pantallas, el tema de la autoimagen y la autoestima… a un golpe de dedo. Creo que, en determinados aspectos de la vida, más es menos.


La voz narradora (y un cuaderno)


La novela está narrada en primera persona por david, el protagonista. Lo que vemos y sabemos nos llega a través de él. Es una voz desde la actualidad, que rememora su vida en un innominado pueblo pequeño y agrícola; vivió allí solo un puñado de años, a partir de 1975, en los que pasó de la infancia a la adolescencia. Completan el relato un preludio en tercera persona, situado en 1961, y fragmentos del cuaderno personal y de una carta de Emérita.


Una novela de aprendizaje y mucho más


LOS INGRATOS es un emocionante relato sobre la pérdida de la inocencia y el paso de la infancia a la edad adulta. David llega al pueblo como un niño y sale como un adolescente. En Leganés, al final del libro, se convierte en un adulto que, poco a poco,se va olvidando de aquellos años rurales y de quienes estuvieron a su lado.


También es el retrato de un periodo que cambió la historia de España y sentó las bases de su modernización. La crónica familiar recoge perfectamente aquellos cambios: la transformación económica, la vida en la ciudad como objetivo, los problemas sociales, la evolución de los roles familiares, el empoderamiento de la mujer, etc.


Ofrece también una mirada muy lúcida sobre el ámbito rural, mitificado en los últimos años. La vida en el pueblo, en aquellos setenta y primeros ochenta, era muy dura. Incluso con la mirada del niño, el lector capta las privaciones, la miseria, los esfuerzos por salir adelante… e, incluso, una violencia soterrada.


Sobre los registros lingüísticos


Pedro Simón muestra en los ingratos su dominio de distintos registros lingüísticos. Se nota especialmente en los diálogos. Cada personaje tiene una identidad propia también al hablar. El autor lo ha conseguido sin necesidad de impostar ese habla ni de trufarla de supuestos ruralismos o arcaísmos. Un ejercicio técnico difícil y muy meritorio. En la construcción de David ese dominio alcanza una cota muy alta: nuestro narrador utiliza un lenguaje distinto cuando reflexiona sobre sus cosas, cuando se dirige a su familia o cuando está con sus amigos. A partir de un léxico muy rico, Pedro Simón se mueve con soltura entre la prosa directa y engañosamente simple de las escenas más costumbristas y la prosa poética de las reflexiones más profundas.


Las sutiles redes de relaciones personales


La construcción de los personajes es uno de los puntos fuertes de la novela. Se escapan del papel, porque tienen vida propia y volumen; no hay ninguno de ellos que sea plano ni puramente instrumental. Los vemos. Los dos retratos más sutiles, sin duda, son los de Emérita y el de la madre de nuestro protagonista, a ratos «la señorita Mercedes», a ratos «mamá», según su momento anímico. La relación de David con sus amigos —en especial, con Vicente Jesús, Gregorio y Tomás— es otro ejemplo de la capacidad del autor para tejer redes muy sutiles de emociones que nos acaban atrapando.


Un retrato de época con sentimientos y sin sentimentalismo


David narra desde los sentimientos del niño que intenta adaptarse a un nuevo entorno. Nos muestra su amor por sus padres y por Emérita, la dificultad para establecer relaciones con fecha de caducidad cada vez que Mercedes, maestra rural, cambia de destino, y pinta un freso extraordinario de la vida rural vista con ojos infantiles. Pedro Simón elude las trampas del sentimentalismo y de la nostalgia gratuita, que deforman la realidad y embellecen los recuerdos. La naturalidad con las que David muestra las escenas de brutalidad con los animales —desde la óptica actual— o los diálogos tejidos alrededor de la muerte de Luis «el subnormal de la cueva» sobrecoge gracias a su austeridad, a su sencillez libre de adjetivos grandilocuentes.


Los personajes


DAVID El narrador. Es «el hijo de la maestra» para los habitantes del pueblo. Tiene nueve años y se siente un desgraciado por ser un chico con dos hermanas; no para de darle vueltas a cómo habría sido su vida si hubiera tenido dos hermanos. Dos compañeros de equipo de fútbol. Dos exploradores. Le gustan los tebeos y, en especial, las historias de Pippi Calzaslargas. Es imaginativo, capaz de convertirse en un espadachín, un soldado o Daredevil con un simple palo. FLICKY, el perro de la familia, es su compañero inseparable.


NATALIO El padre de David. Un hombre que tiene pocos estudios y trabaja en la Chrysler de Villaverde Alto, en Madrid. Por eso vive separado del resto de la familia, aunque pasa el fin de semana con ella. Después de cada verano se vuelve a la capital, mientras su mujer y sus hijos regresan al pueblo de turno para iniciar la rutina del curso. Le gusta el fútbol, es del Atleti y tiene conciencia social. En su Simca 1200 suenan siempre las casetes de Víctor Jara, Atahualpa Yupanqui o Daniel Viglietti —Daniel y Leti, para David—. A ojos de su hijo es una mezcla entre Jean-Paul Belmondo y Luis Aragonés. Suele jugar con David.


MERCEDES La madre de David. Es maestra rural, «la señorita Mercedes». Desde que aprobó la oposición, hace unos años, va con sus hijos de pueblo en pueblo, de casilla en casilla, en un juego de la oca cuyo último destino será Madrid. Quizás en el próximo traslado. «Yo sabía que mi madre era distinta no solo porque condujera, sino porque ninguna otra mujer del pueblo era maestra, ni fumaba, ni vestía pantalones de campana, ni tenía un setter irlandés, sino galgos o parecidos», nos dice de ella David. Además, suele saltarse la misa dominical y ha retirado el retrato de Franco de la escuela, dejando solo el del rey.


LAS HERMANAS: VERO E ISA Las hermanas de David eran «las sapas», porque, «cada vez que iban a vomitar en el coche, era como si empezasen a croar». Se llevan mal como en las familias de bien, nos dice el narrador. «Si eras el hijo pequeño y te llevabas bien con tus hermanas, si jugabas con ellas y querías ir con ellas y tratabas de parecerte a ellas, es que eras un esclavo sin cerebro o un mariquita». VERO, la mayor, es mandona, hace muy bien la pelota a sus padres y es la más aplicada de los tres hermanos en la escuela. ISA, la mediana, es ágil y fuerte: trepa a los árboles mejor que muchos chicos, sabe hacer el pino con soltura, y David la sorprendió alguna vez intentando mear de pie.


EMÉRITA Emérita Rodríguez Pérez, Eme. Ronda los cincuenta y sin hijos. Está sorda a causa de una infección, aunque sabe leer los labios. Marcada por una lejana tragedia, tiene su casa a las afueras del pueblo. Va a vivir con la familia de la señorita Mercedes, a la que ayuda en la intendencia general de la casa, con especial atención al pequeño David, a quien se empeña en llamar Currete y con quien creará un vínculo muy especial. Emérita es una mujerona cariñosa y protectora, marcada con cicatrices emocionales y físicas.


«Procurará que no la líes y que zascandilees menos, me ayudará en la cocina, me han dicho que es una mujer muy especial. Si yo no estoy en casa, ella es la que manda», les explica Mercedes a sus hijos. Vero, Isa y David se convertirán en sus profesores para que aprenda a escribir y leer bien. Esos episodios están entre los más bellos del libro.


Ese cambio de estatus en el pueblo desata habladurías contra ella. «Cuando dejas de ser mujer pobre y de estar sola, cuando te quieren y quieres, cuando puedes vestirte bien y aprendes mucha ortografía, cuando empiezas a escribir mejor que nadie, hay quien siente un fastidio nuevo y tremendo. Porque entonces, esa persona que lamenta la mejora ajena, decía mi madre, pasa a ser candidata a ocupar el escalafón más bajo que la Eme dejó libre», razona David.


AMIGOS Y VECINOS VARIOS El nuevo mejor amigo del mundo de David se llama VICENTE JESÚS y el segundo nuevo mejor amigo del mundo,GREGORIO. Vicente Jesús vive justo enfrente de la casa de la señorita Mercedes y sus hijos, es diabético y tiene la casa llena de jeringuillas que DOÑA AMPARO, una muy buena mujer, hierve constantemente. Doña Amparo echa una mano a Mercedes cuando está enferma o, antes de la llegada de Emérita, cuando necesita ayuda. TOMÁS se incorpora a la vida de David más adelante, cuando este entra en la fase de la preadolescencia en la que se valora mucho ser «un chulito». Tomás lo es de la mejor manera: protege a David y lo integra en su círculo. Es un chaval noble, algo mayor que él y muy callado. El padre de Tomás sufrió una embolia que lo ha postrado en una silla y ha condenado a su familia a la pobreza. Del bando enemigo destaca PIRRACAS, que juega un papel —digamos— dramático en la historia. De entre las niñas que aparecen en la novela, a David le gusta SUFRAGIO, una amiga de sus hermanas, y es cliente de SARITA, a la que «si le das un duro te enseña el culo». De los vecinos adultos, además de doña Amparo, es importante en la novela DON ELADIO, el alcalde franquista. Pese a estar en sus antípodas políticas, respeta mucho a Mercedes, que, a su vez, descubre en él a una persona dispuesta a ayudar a quien lo necesite. Y «hasta aquí podemos leer», que diría Mayra Gómez Kemp en el Un, dos, tres.


Un pueblo que es muchos pueblos


Por las pistas que da Pedro Simón, podemos deducir que el pueblo al que destinan a mercedes se encuentra en Castilla-La Mancha: está rodeado de campos de azafrán y a una distancia prudencial de madrid. La ubicación, para Pedro Simón, es lo de menos. Este pueblo castellano puede ser andaluz, extremeño, gallego, aragonés o de cualquier otro lugar de la España interior rural y que se estaba vaciando.


Es un pueblo pequeño, por eso tiene una escuela rural unitaria. Visto desde una loma, apenas se distinguen treinta luces titilantes. Una treintena de casas y de otras tantas familias.


De cerca, es un pueblo encalado, llano, con diez calles contadas, tirando a feo y con varias cuevas, en las que también vive gente. Cuenta con un paso a nivel del tren. Un tren que cruza raudo el municipio como una liebre. Un tren que pasa de vez en cuando y que, por eso mismo, tiene su peligro.


Cuenta con un comercio de ultramarinos, el del señor Luis, donde se despachan patatas, sacos de legumbres, nueces, castañas, pimentón, encurtidos, azafrán, vino cosechero, queso o pan, todo de secano. Sin embargo, el paraíso en versión de David es la tienda de Vicentico, en la que puede comprar sobres de soldaditos y de cromos, recortables, dientes de Drácula, bombas fétidas, antifaces con forma de murciélago, chicles Bazooka de una peseta, regalices, palotes, pipas, Kojaks y Tigretones.


A la escuela la llamaba «las escuelas». «Algo que yo no comprendía muy bien porque escuela-escuela, lo que se dice escuela, solo era una. Un edificio bajo y luminoso que, cada año, mi madre se ponía a reparar como si fuera su propia casa con dos hombres que mandaba el alcalde. Digo como si fuera su propia casa. Pero la verdad es que se afanaba mucho más», nos dice David.


Dentro de la escuela hay un encerado verde y enorme, una virgen de escayola en un rincón, pupitres de pino agrupados por cursos, una mesa enorme con su cajonera para la maestra y un cenicero sucio encima, dos papeleras de plástico, un paragüero azul, tres percheros y, en el centro, una estufa que parece la caldera de una locomotora. También hay dos cuadros: uno con una foto de Franco y otro con una imagen del rey.


Las calles y la plaza de la iglesia son territorio conquistado por los niños. Los otros lugares a los que suelen acudir a jugar son la era blanca y el cementerio. El límite que no deben traspasar es el de los almendros del camino. Más allá hay peligros como la laguna, el pozo con el brocal roto o el molino que se cae a trozos.


En aquel pueblo castellano, como en tantos otros de aquellos años y de toda la España rural, los jóvenes ansían marcharse a la capital. «El oro que no había en el pueblo lo íbamos a buscar a la ciudad», se nos dice.


Sobre el marco histórico y la recreación de un época


LOS INGRATOS discurre en unos años fundamentales de nuestra historia reciente: de 1975 a los primeros ochenta. El inicio de la Transición. Sus personajes adultos fueron protagonistas de los cambios que nos condujeron, como país, hasta lo que hoy somos. Pedro Simón no hace mención específica y divulgativa a la realidad política. La Historia se integra en el relato de una forma natural.


Tres ejemplos: 1. Franco acaba de morir y le sucede el rey. En la escuela, Mercedes retira el retrato del Generalísimo mientras que el último alcalde franquista lo repone a continuación. Ambos se lo toman con una cierta retranca. 2. David nos descubre de forma inadvertida los estragos de la Guerra Civil. Juega con otros niños en el cementerio para ver quién calcula antes los años que vivieron los difuntos, a partir de las lápidas con sus fechas de nacimiento y de defunción. Comenta que mucha gente murió a finales de los años treinta. 3. Asistimos, también, a las elecciones de 1977, porque el colegio electoral se instaló en la escuela y Mercedes fue miembro de la mesa.


Un David joven, y ya instalado en Madrid, nos describe los primeros síntomas de lo que luego se convirtió en la plaga de las drogas en el extrarradio de la capital: adolescentes esnifando pegamento, jeringas tiradas en los parques y gente chunga que atraía a los incautos como un imán.


La recreación de la época llenará de sana nostalgia a quienes eran niños o adolescentes en los setenta y ochenta. Pedro Simón recupera marcas de tabaco, de dulces y de helados, nombres de revistas y de cómics, modelos de coches utilitarios, cuadernos de deberes… y los juegos de la calle. Y programas de televisión míticos, claro está: Pippi Calzaslargas, El hombre y la Tierra y, por encima de todos, el Un, dos, tres.


También recrea con crudeza la relación utilitarista de los habitantes del pueblo, incluso los niños, con la naturaleza y los animales. Un amigo de Natalio mata de un tiro a una perrilla de caza que se ha quedado sorda por accidente; el padre de Gregorio revienta contra una pared a unos gatos recién nacidos, no puede hacerse cargo de ellos; la madre de Tomás lanza al fuego de la chimenea unos ratoncillos que ha pillado en un armario. Sin juicios morales ni adjetivos.


Temas y reflexiones de los ingratos


EL PASO A LA EDAD ADULTA Es el gran tema del libro. Un tema metafórico, puesto que somos testigos del crecimiento de David y, en paralelo, el de la sociedad española, que emprende su viaje hacia la madurez democrática. «A mí me empezaba a salir la pelusilla y la pelusilla, decía el Pirracas, funciona como una antena con la que lo vas pillando todo al vuelo».


LA DESIGUALDAD Hacerse mayor supone, también, para David perder la inocencia y ser consciente de que en su entorno hay dolor e injusticia. El lector lo va viendo desde el principio, aunque al protagonista se le escapen algunas de esas pistas por su mirada inocente. En el pueblo abundan las privaciones. Una escena clave en ese sentido se da cuando David pasea con su padre y descubre que el hermano pequeño de su amigo Tomás lleva un abrigo que fue suyo. Le queda pequeño y algo ridículo, pero le abriga.


DESCUBRIMIENTO DE LA SEXUALIDAD En la vida de David y sus amigos, las chicas pasan de ser un estorbo a convertirse, poco a poco, en objeto de deseo. Para nuestro narrador, contemplar, en un descuido, el cuerpo desnudo y maduro de Emérita supuso un impacto directo en su incipiente sexualidad. Los niños del pueblo empiezan a descubrir la anatomía femenina en una caseta del campo al que los lleva Sarita, que, a cambio, de un duro, les enseña el culo durante unos pocos segundos.


LOS MIEDOS Crecer, para David, también supone ser consciente de la muerte y de los miedos reales, más allá de las fantasías infantiles. Los monstruos, nos dice nuestro narrador, no eran solo los pozos sin brocal —hay decenas de ellos en el pueblo—, también los que venían de fuera, los furtivos, la noche, los cepos, el agua estancada, la laguna, el lobo, los caminos interminables… Después de la muerte accidental de un niño, David aprende de una tacada tres cosas: La primera fue que los niños también se morían. La segunda fue que las fronteras se podían mover La tercera fue que mi madre también conocía el miedo. Y, de las tres, la que más asustaba era la última.


EL DESARRAIGO Muy presente desde el inicio, cuando David cuenta la imposibilidad para establecer relaciones duraderas y la falta de un lugar al que considerar su hogar, yendo siempre de un pueblo a otro como si fueran las fichas de un juego de la oca vital.


LOS DIFERENTES La vida en un pueblo de los setenta no era fácil para las personas con una discapacidad. Un ejemplo de esa crueldad son los comentarios a propósito de la muerte accidental de Luis, un niño con síndrome de Down, mas conocido entre sus paisanos como «el mongólico» o «el subnormal». Emérita es objeto de burlas continuas por su sordera, con un momento cumbre que es la escena del circo ambulante, cuando los payasos se ceban en ella con sus bromas pesadas para regocijo de los vecinos. «Sé lo que le habrán dicho por ahí de mí, señorita. Porque seré sorda y no tendré estudios, pero tonta no soy», le escribe Eme a Mercedes en una emotiva carta. Y añade: Me muero de ganas por saber lo que le gustó de mí. Porque había más mujeres para cuidar del muñeco. Y, sobre todo, las había que no estaban sordas. Pero usted fue a por la sorda, que digo yo que es como entrar a un corral para hacer un guiso y escoger una gallina a la que le falta algo.


INFANCIA RURAL VS. INFANCIA URBANA David no puede evitar las continuas comparaciones entre el pueblo y la ciudad. O mejor, las diferencias entre ser un niño en el ámbito rural o serlo en el urbano. A veces hay un cierto resquemor: mientras que él juega con un palo a modo de espada, si es espadachín o pirata, o de escopeta, si es un vaquero, sus primos urbanitas juegan con los Madelman. Otras veces es consciente de la libertad de la que goza y de las posibilidades que le brinda esa misma libertad para relacionarse y explorar sus propios límites.


EL ÉXODO RURAL HACIA LA CIUDAD El tema que justifica, en parte, el título de LOS INGRATOS. Pedro Simón va ofreciendo pinceladas poéticas de ese éxodo y de la transformación del país por el esfuerzo de una generación que intentó dar a sus hijos las oportunidades de las que ellos no gozaron. Son párrafos que se intercalan con el relato de David y que empiezan con un «Veníamos de…».


Sobre el autor


Pedro Simón (Madrid, 1971) es periodista y escritor. Actualmente trabaja en el diario El Mundo. Como periodista, este año ha ganado el Premio de Periodismo Rey de España, en su modalidad de prensa, que se suma al Premio Ortega y Gasset de 2015 y el Premio al Mejor Periodista del Año de la APM en 2016. En 2020, fue finalista de los premios de la Fundación Gabo. Entre sus libros destacan dos antologías de reportajes (Siniestro total y Crónicas bárbaras) y su novela Peligro de derrumbe.





 

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