J. R. Barat rescata en JAQUE AL EMPERADOR la historia de José Romeu, un hombre sencillo que alcanzó la dignidad de mito tras poner en jaque al ejército napoleónico

Editorial Algaida. 504 páginas

Tapa blanda con solapas: 20,00€ Electrónico: 8,99€


En la primavera del año 1808, las tropas de Napoleón invaden España. Ante la imposibilidad de hacer frente en campo abierto a un invasor tan poderoso, los españoles se ven obligados a poner en práctica la guerra de guerrillas. Miles de hombres se organizan en partidas, hermanados por el sentimiento del honor, la lealtad a la Corona y el odio ancestral a los franceses. En poco tiempo el país entero se convierte en un inmenso campo de batalla. Uno de los soldados más destacados de la contienda es José Romeu, un hombre sencillo dotado de un valor y una inteligencia táctica excepcionales que, al mando de una partida de combatientes hostigados por la desesperación, logra poner en jaque a todo el ejército napoleónico y alcanzar la dignidad de mito.


Hasta aquí el argumento central de JAQUE AL EMPERADOR. Para conocer más detalles, nada mejor que recurrir a su propio autor, J. R Barat.


Para empezar, ¿quién fue José Romeu? ¿Héroe, villano, mito, gran olvidado,....?


José Romeu fue un hombre íntegro, que nació en Murviedro (Sagunto) a finales del siglo XVIII. Sus padres tenían unas bodegas y almacenes de vino, grano, legumbres y licores y abastecían, incluso, a los ejércitos españoles y la Casa Real. Cuando España fue invadida por los franceses, José Romeu, que era todavía bastante joven, no dudó en incorporarse a filas para combatir a Napoleón. Su pericia militar, su inteligencia táctica y su fuerte personalidad lo encumbraron a lo más alto. Las tropas francesas pusieron precio a su cabeza porque llegó a convertirse en un auténtico problema. La historia ha sido injusta con un hombre de tanto mérito. Fue ahorcado como un vulgar bandolero y su cuerpo arrojado a una fosa común, cuando solo contaba con 34 años. Hoy en día nadie se acuerda de José Romeu. Creo que esta novela servirá para rescatar la memoria de un hombre que merece figurar entre los grandes héroes de nuestro pasado más reciente.


En 1808, las tropas de Napoleón invaden España. En 1814 vuelve Fernando VII amparado por "Cien mil Hijos de San Luis" y aclamado con un fuerte grito: "Vivan las cadenas". ¿Paradojas de la historia? ¿Franceses buenos y/o malos?


Miles de españoles dieron su vida para expulsar a los franceses. España se convirtió durante más de cuatro años en un inmenso campo de batalla donde no había familia que no sufriera los rigores de la guerra: violaciones, incendios, saqueos, crímenes, destrucción... Aquellos que se enfrentaban al ejército más poderoso del mundo lo hacían muchas veces sin armas, a pecho descubierto, espoleados por la rabia y la desesperación, al grito de "Viva Fernando VII", el rey que permanecía secuestrado por Napoleón en Bayona. La guerra acabó dejando el país sumido en la ruina más absoluta: humana y económica. Fernando VII regresó aclamado por la multitud, una vez los franceses hubieron abandonado el país, y lo primero que hizo fue abolir la Constitución de Cádiz, restaurar la Inquisición y el Absolutismo y matar a todos los hombres de bien que soñaban con un futuro más justo y más hermoso. Para acabar con la disidencia, trajo de Francia a los Cien mil Hijos de San Luis, que volvieron a sembrar el terror y la desolación en un país en el que ya no quedaba prácticamente nada por destruir. Valiente ironía. El rey Deseado se convirtió de la noche a la mañana en el rey Felón. Es decir, en un traidor. La verdad es que la historia de España está escrita con lágrimas rojas.


"Guerra de Guerrillas" es uno de los conceptos que el español ha incorporado al mundo. ¿Tan importante fue el "descubrimiento"?


Era imposible hacer frente en campo abierto al ejército más poderoso del mundo: la Grande Armée. Napoleón llegó a tener en suelo español más de 300.000 soldados imperiales. Para los españoles resultaba completamente imposible salir vencedores de la contienda. Romeu comenzó militando en los ejércitos regulares, pero pronto se dio cuenta de que la única forma hacer daño a Napoleón tenía que ser mediante la guerrilla. Conocedores del terreno que pisaban, los españoles utilizaron montañas, barrancos, vaguadas, cañadas, sierras y breñales para cometer todo tipo de escaramuzas que iban minando la moral de los invasores. Todo el pueblo se sumó a la pelea: pastores, mujeres, frailes, campesinos, estudiantes, herreros, comerciantes, niños... Y la mayoría luchaba con lo que podía. Muchos no tenían un mal trabuco o una espada y debían utilizar cuchillos de cocina, hoces, horcas, leznas o navajas. Todo servía. Los franceses jamás se sentían dueños de la tierra que pisaban. Pasaban por los pueblos, incendiaban las casas, mataban y saqueaban, pero tan pronto como abandonaban un lugar, los habitantes volvían a levantarse en armas. Los franceses tenían la sensación muchas veces de combatir contra un pueblo fantasma, contra un enemigo interminable. Algo parecido a lo que les pasó a los soldados estadounidenses en las guerras de Vietnam o Afganistán.


Han pasado 200 años desde los hechos narrados en JAQUE AL EMPERADOR. ¿Tenemos ya suficiente perspectiva histórica? ¿Podemos juzgar lo que pasó aplicando criterios actuales? ¿Hemos cambiado poco, mucho o nada?


Seguimos siendo un país un tanto excéntrico. Adoramos a una monarquía borbónica que solo nos ha traído quebraderos de cabeza y desastres innúmeros. Carlos IV fue un impresentable. Pero no solo él, sino toda la gente que pululaba en la corte a su alrededor. Nuestros monarcas y sus allegados no hicieron otra cosa que poner una alfombra de terciopelo rojo a Napoleón para que entrara en nuestro país y se sirviera a su gusto, como en un buffet libre. Tras la guerra, en la que cayeron miles y miles de españoles, defendiendo con su sangre y con su vida la patria y la corona, regresó el hijo de Carlos IV, un tal Fernando VII, que fue el peor rey de la historia. Y mira que eso es difícil, porque ha habido reyes nefastos. Otro Borbón, que sembró el país de cadáveres y desolación. El Felón (traidor) era retorcido, cruel y cobarde. Eliminó a quienes mostraban algún conato de disidencia, apoyándose en un ejército francés, y murió dejando el país sumido en la bancarrota política, militar, económica y moral. De sus cenizas brotaron las guerras carlistas, que prolongaron la agonía española hasta el siglo XX. Creo que hoy tenemos la suficiente perspectiva histórica para darnos cuenta de que los gobernantes jamás velaron por los intereses del pueblo, sino por los suyos propios. La gran masa social siempre se dejó arrastrar por el falso oropel que brilla al compás de la canción "por Dios, por la Patria y el Rey"... Lamentablemente, no hemos cambiado nada. A menudo, cuando analizo la situación actual, tengo la impresión de que nos movemos todavía al grito de "Vivan las cadenas". Como decía al principio, seguimos siendo un país un tanto excéntrico.


A propósito del título, ¿JAQUE "MATE" AL EMPERADOR, o la historia ha dejado la partida en tablas?


La historia de Napoleón es muy curiosa. Podríamos decir que el emperador jugó una partida de ajedrez contra sí mismo. Quiso conquistar Europa entera, y casi lo consiguió. Sabemos que la frustrada invasión de Rusia en el invierno de 1812-1813 fue el principio del fin. No contó con los rigores climatológicos de las estepas rusas. El resto de los países aprovecharon el momento para acabar con él. España plantó cara durante cuatro terribles años y estuvo contra las cuerdas, a merced de los franceses, que solo abandonaron el país para concentrar fuerzas en otras latitudes. Pero hay que decir en honor a la verdad que el pueblo español jamás se dio por vencido, nunca arrojó la toalla, luchó hasta verter la última gota de sangre y, al final, de alguna manera un tanto azarosa, se consiguió dar el mate a Napoleón. Digamos que la Guerra de la Independencia fue una partida de ajedrez que acabó en tablas, porque la situación de nuestro país no mejoró nada tras la marcha de los soldados imperiales. El gobierno de Fernando VII, como decíamos, fue un regreso a las cavernas del absolutismo.


Una pequeña cuestión particular. En el Cabanyal de Valencia los franceses "reviven" cada Semana Santa. ¿Qué más nos queda de ellos por aquí?


Sí. Es muy curioso. A mí me recuerda un poco lo de las fiestas de moros y cristianos, tan famosas en cientos de pueblos de la comunidad valenciana. ¿Qué se celebra, en realidad, con este tipo de festejos? Nadie piensa en un regreso de los franceses, ni de los musulmanes que vivieron durante siglos en nuestra tierra... A mi parecer, todo forma parte del folclore y la tradición popular. Recordamos simple y llanamente unos hechos históricos en los que nuestro pueblo protagonizó unas páginas inolvidables de su historia. Lo que nos queda de los moros es mucho, tanto en costumbres, como en gastronomía, toponimia o arquitectura. Lo que nos queda de los franceses es apenas nada. Solo la sensación de que siguen en deuda con nosotros, sobre todo por el expolio de obras de arte, de riquezas y de vidas.


La última. Usted escribe poesía, teatro, novela (con apellidos: infantil, juvenil, adultos, histórica,........) ¿Autor todoterreno o escritor, a secas, sin añadidos?


Me considero un escritor a secas. Me gusta explorar todas las opciones de la literatura. Narrativa, poesía, teatro o ensayo son fórmulas distintas y complementarias, todas estupendas. Como lector, admiro a otros escritores que han cultivado varios géneros. Pondré solo un ejemplo: Cervantes. Luego está el tema del destinatario. ¿Para quién escribo? ¿Niños, adolescentes, adultos? Mi literatura está a menudo condicionada por ello, por razones editoriales. No es lo mismo escribir cuentos o poemas para niños de ocho o diez años que trenzar una novela histórica para público especializado. No considero que la literatura infantil o juvenil sea de segunda fila. Antes al contrario, no es fácil llegar al corazón de un joven y conseguir que se emocione. Los lectores pequeños suelen ser muy exigentes. En cualquier caso, escribir es siempre un reto, al margen del género o del destinatario, y a mí me van los retos. Creo que en el fondo soy un aventurero metido a escritor.



Sobre el autor


J. R. Barat (Valencia, 1959) es un escritor dotado de una gran vitalidad creadora. Cultiva todos los géneros literarios, para público infantil, juvenil o adulto, y en todos ellos ha cosechado importantes premios y reconocimientos. De su obra en prosa cabe destacar las novelas Infierno de neón (Premio Internacional Ciudad de Salamanca), Deja en paz a los muertos (Premio Hache), La sepultura 142, Llueve sobre mi lápida, La noche de las gárgolas, Clara en la oscuridad y 1707, en la J. R. Barat se adentra en el apasionante mundo de la novela histórica. Como poeta ha publicado, entre otros libros, Como todos ustedes (Premio Internacional Ciudad de Torrevieja), Breve discurso sobre la infelicidad (Premio Internacional Leonor de Soria), Piedra Primaria (Premio Internacional Ateneo Jovellanos de Gijón), Malas compañías (Premio Nacional Blas de Otero) o Poesía para gorriones. Entre sus obras dramáticas destacaremos Anfitrión y el otro, El reino de los mil pájaros o Una de indios (Premio Nacional Ciudad de Lorca).



 

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