María López Villardique recrea en LA JUGLARESA la legendaria vida de La Balteira, una mujer independiente en la corte de Alfonso X


Editorial Espasa. 352 páginas

Rústica con solapas: 19,90€ Electrónico: 8,99€


LA JUGLARESA recrea libremente la vida de María Pérez, «La Balteira», una mujer hermosa y de buena cuna, apasionada del baile y de la música, que pronto abandonó su Galicia natal para llevar una vida aventurera y atípica para los cánones de su tiempo.


Con el ritmo chispeante de las novelas picarescas, conoceremos a personajes de todo pelaje y condición: amables alcahuetas, frailes borrachos, juglares pendencieros, reinas vengativas y lujuriosos monarcas. Entre ellos, María irá ganando una fama insólita que ha sobrevivido en las cantigas medievales.


La novela se acerca a la vida de las artistas ambulantes, danzaderas, soldaderas y cantaderas, jornaleras de la difícil vida del Medievo, en la búsqueda de aventura y sustento vital. De hecho, es el retrato de todas esas mujeres que se echaban a los caminos para bailar y cantar, perder inevitablemente su reputación y ganarse el día a día por las plazas de los pueblos o en los salones de palacios, lejos del mandato moral de su tiempo.


Además de inspirarse en las huellas que dejó «la Balteira», la historia de López Villarquide describe la vida de juglaresas, danzaderas y soldaderas, aquellas mujeres que, en las brumas de la Edad Media, se echaban a los caminos para bailar y cantar, perder su reputación y encontrar un sustento por las plazas de los pueblos o en los fastuosos salones de palacio, siempre ajenas a los mandatos morales de su tiempo.


ESTRUCTURA DE LA NOVELA


LA JUGLARESA se estructura en cinco partes, cada una de ellas dedicada a una etapa en la vida de María Pérez, «la Balteira».


1244 DE CUANDO FUI NIÑA La historia comienza en Betanzos, un pueblo de A Coruña bajo la influencia de la Orden Cisterciense, monjes que cada año ampliaban sus bienes gracias al acercamiento a Dios que necesitaban sus feligreses.


La familia Pérez creció en Betanzos gracias a su fábrica de telas. Tras la muerte de los padres, Martín, el hermano mayor, fue el encargado de gestionar todo su patrimonio y a sus trabajadores. María, que apenas rozaba los nueve años, se vio abocada a una vida solitaria con el baile como único divertimento.


Aquel pasatiempo, prohibido ante los ojos del Divino, y las visitas cada vez más frecuentes del padre Payo, fueron finalmente los responsables de que María tuviese que abandonar su hogar.


1248–1246 DE CUANDO FUI BAILARINA María Pérez se había quedado sin familia, pero esa misma separación le otorgaba la libertad para dedicarse a aquello que la colmaba de alegría: la danza. Durante estos años de su vida tuvo suerte de encontrarse con Alegre, Pedro y otros personajes, de poder encontrar su propio estilo y de hacerlo bajo la protección de la poderosa corte de Alfonso X.


Sin embargo, la bienaventuranza y el reconocimiento estaban irremediablemente unidos a las habladurías. No faltaron comentarios despectivos sobre lo que hacía la joven en la intimidad con aquellos que le ofrecían dinero e incluso con el mismo monarca.


No era ella quien entraba en alcobas extrañas, sino uno de sus compañeros, Pedro d’Ambroa, como descubrió la soldadera. Una información que la obligará de nuevo a huir para salvar su vida.


1257–1264 DE CUANDO FUI FUGITIVA Poca importancia daba «la Balteira» a las rimas que hacían sobre ella, pero estas la persiguieron e impidieron que pasara desapercibida cuando dejó la corte. Sus pasos de baile la delataban y por ello tuvo que abandonar su pasión durante unos años.


Junto al juglar, que juró protegerla de la reina a pesar de no recibir de María el amor que él le profesaba, creó una nueva vida en el reino de Aragón, donde poco a poco comenzaría una nueva etapa y descubriría el verdadero amor.


Pedro d’Ambroa y María Pérez, deciden unirse a las expediciones del rey Jaime de Aragón hacia Ultramar y convertirse en cruzados. Un viaje que, por desgracia, nunca llegarían a hacer juntos.


1264–1268 DE CUANDO FUI PUTA La reina Violante de Castilla, años después de perder a Pedro d’Ambroa, el objeto de sus afectos, sigue obsesionada con hacer pagar a los juglares el dolor que le han causado. Encontrarlos en Aragón, reino bajo el mandato de su padre, fue un auténtico regalo para ella.


Una tarde, cuando casi tenían los salvoconductos para enfrentarse a la aventura marítima del rey, son llamados a palacio y una vez allí, forzados a separarse para siempre.


María Pérez se convirtió en ofrenda «de paz» para apaciguar las revueltas al sur de la península y detener el avance de los moros. Su cuerpo dejó de pertenecerle para convertirse en una moneda de cambio, un juguete del que se encaprichó el hijo de aquel que tanta devastación estaba dejando en Al-Andalus.


1269 DE CUANDO FUI CRUZADA «La Balteira» consiguió finalmente la libertad y con ella mantuvo dos objetivos: encontrar a Pedro y viajar con él hasta San Juan de Acre para redimirse de sus pecados. En aquello que creía una aventura solo encontró decepción y soledad. Las noticias del destino que había sufrido d’Ambroa la destrozaron, pero sabía que tenía que continuar.


El cuerpo de María había sufrido los estragos de la edad y el dolor de los últimos años, pero la fortuna volvió a sonreírle esos días al cruzarse con un religioso en su camino. Una alianza que, finalmente, la pondría en el camino adecuado para convertirse en cruzada.


PRÓLOGO DE LA JUGLARESA


Tengo manos pequeñas, son del tamaño de una cría de ratón de campo: dos diminutos roedores que abren puertas, desatan lazadas y llegan adonde quieren. Con mis manos he llegado a esta tierra polvorienta en donde la supervivencia se torna más difícil a medida que avanzan las horas.


Ante mí hay un mar que no reconozco aunque sea el mismo que he atravesado a lo largo de los últimos días, un mar que, igual que mis manos menudas, se ha abierto paso entre los agujeros de las tablas de la nave en la que he viajado, ha mojado el suelo que he pisado y los huecos en los cuales he podido ovillarme para dormir a ratos, cuando ellos me lo permitían. Un mar que ha podrido las telas de mi vestido ya andrajoso y ha enmohecido los pocos alimentos que viajaban conmigo, escondidos: los ha echado a perder.


He sido burlada en varias ocasiones. Ellos se han carcajeado de mis manos y de mis proporciones de niña, y, sin embargo, son también aquellos que más me han deseado y me han buscado para poseerme, aplastarme, penetrarme y apretarme contra sus cuerpos, hombres grandes y fuertes sobre mí, hombres con manos enormes que retorcían cada forma blanda y suave de mi piel.


Dicen que hay dos cosas que se echan de menos al alcanzar el destino tras un largo viaje: una es el hogar y la otra aquellos a quienes más se quiere.


Yo no pertenezco a ningún sitio, hace tiempo que dejé de sentir que existiera algo que pudiese verdaderamente considerar «mi tierra», así que no extraño nada y, por otra parte, las personas más importantes de mi vida son precisamente aquellas que la muerte o la propia vida me han arrebatado para siempre.


Tierra Santa: estoy en Tierra Santa. La bahía de Acre huele a incienso quemado en cacerolas de tierra cocida y se despliega ante mis ojos como un inmenso tapiz de arena y polvo habitado por soldados, comerciantes, familias viajeras y pecadores sin rumbo. En el fondouk se amontonan tiendas, animales, grupos de hombres y mujeres que, entre gritos y confuso albedrío, disponen el día a día de una ciudad improvisada, un territorio fragmentado en parcelas religiosas en donde yo por fin he dado con un destino al cual seguir.


Contaré lo sucedido desde el principio. Esta es la historia de cómo he llegado hasta aquí y, sobre todo, es la historia de quién soy.


LA VERDADERA MARÍA PÉREZ, «LA BALTEIRA»


La historia de María Pérez, «la Balteira», nos ha llegado principalmente por las cantigas de escarnio que transmitían los juglares y trovadores del siglo XIII, incluidas aquellas que confeccionaron Alfonso X y Pedro García d’Ambroa.


Como su propio nombre indica, estos cantares buscaban el escándalo sin preocuparse por la veracidad de sus historias. Es por ello que no sabemos si, al igual que defiende la autora en La juglaresa, María Pérez tuvo una vida independiente pero recatada, o si siguió los pasos que se relataban sobre ella.


De la artista se dijo que era virtuosa con varios instrumentos, que adornaba sus melodías con su propia voz y que poseía una belleza excepcional. No todo era favorable y es que, además de alabar sus destrezas y aspecto, se decía que era proclive al juego, que siempre se acompañaba de alguna bebida y que en su lecho dormía todo aquel a quien ella invitaba.


Poco nos ha llegado de su biografía. Se sabe que María nació una comarca de A Coruña, que inició su carrera en la corte de Fernando III y también, que, gracias a un documento firmado en el monasterio de Sobrado y su mención en diversas cantigas, se propuso peregrinar hasta Tierra Santa en Jerusalén. Un viaje que, con el estilo de vida de la juglaresa, provocó la sátira y la ironía de los trovadores.


Independientemente de la realidad que relataban las cantigas, lo cierto es que «la Balteira» fue la soldadera más famosa de la España medieval, una mujer que dejó atrás su vida acomodada para poder disfrutar de un ápice de libertad.


Sobre la autora

María López Villarquide (A Coruña, 1982) es doctora en Documentación y Análisis Cinematográfico y licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Tras la publicación de su primera novela, La catedrática (Espasa, 2018 / Booket, 2019), ha participado en la documentación de la exposición Intangibles (Fundación Telefónica, 2019) y el libro del programa de RTVE Prodigios (Espasa, 2020).


 

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