Anabel González explica en LAS CICATRICES NO DUELEN cómo sanar nuestras heridas y deshacer los nudos emocionales


Editorial Planeta. 240 páginas

Rústica con solapas: 17,90€ Electrónico: 9,99€


La psiquiatra Anabel Gonzalez nos enseña a sanar nuestras heridas y superar bloqueos emocionales mediante una terapia revolucionaria: EMDR. La autora del éxito Lo bueno de tener un mal día, nos explica que curar los traumas, bloqueos y heridas del pasado es posible. Especialista en trauma y regulación emocional, destaca también la importancia y necesidad de superar los bloqueos y nudos del pasado para volver a disfrutar del presente y del futuro. «Es duro obsesionarse con algo y no saber salir, sentir que te hundes sin poder remontar, vivir con angustia sin encontrar cómo calmarte. Quiero mostrar que se pueden romper los nudos emocionales que nos atan al pasado, curar las heridas que nos impiden decidir con libertad y sentirnos orgullosos de las viejas cicatrices que forman parte de quiénes somos».


La psiquiatra Anabel Gonzalez nos enseña a sanar nuestras heridas y superar bloqueos emocionales mediante una terapia revolucionaria: EMDR.



EMDR, una terapia revolucionaria


Cuando nos hacemos una herida, lo mejor es limpiarla bien y dejarla secar al aire. Así se irá cerrando, se convertirá en una cicatriz y dejará de doler. Al mirarla recordaremos lo que pasó, pero ya no sentiremos dolor. Si por el contrario tapamos la herida y nos decimos que no está, es posible que acabe infectándose y generando un problema más grave. Con las heridas emocionales pasa lo mismo. Cuando algo nos ha causado daño, debemos entender cómo nos afecta y descubrir si hay bloqueos que nos siguen limitando. Se trata de un camino que hay que recorrer con delicadeza, paciencia y confianza en nosotros mismos porque estos problemas tienen solución.


En LAS CICATRICES NO DUELEN, la psiquiatra Anabel Gonzalez, especialista en trauma y regulación de las emociones, nos muestra una reveladora ruta hacia la curación emocional. Para ella, soltar el lastre del pasado cambia radicalmente nuestras vivencias presentes y nos permite realmente estar. A través de la terapia EMDR (Eye Movement Desensibilization and Reprocessing), un modo fascinante de trabajar basado en el uso de los movimientos circulares y el reprocesamiento de los recuerdos, aprenderemos a sanar traumas y deshacer nudos mentales que nos impiden evolucionar.


«Basándome en la evidencia científica que mostraban los estudios sobre el efecto del EMDR en el estrés postraumático, propuse, a varias de las personas que acudían a mi consulta, trabajar con este sistema sobre algunas de sus experiencias traumáticas que seguían sin resolver. Y los excelentes resultados de este método me han traído hasta aquí», explica la psiquiatra en el prólogo de un libro que, en un tono divulgativo y muy cercano, aporta al público nociones prácticas y teóricas sobre su fórmula para que todos salgamos adelante y ganemos en fortaleza emocional.


El libro eúne, además, las experiencias de diversas personas que han sido tratadas por ella. La autora presenta casos con los que pueden sentirse identificados los lectores; destaca la importancia del autocuidado para curarse o analiza temas como el funcionamiento de la mente humana, el apego, la autoestima, las falsas creencias, las adicciones y el duelo, entre otros.


«Es duro sufrir un problema psicológico, obsesionarse con algo y no saber salir, sentir que te hundes sin poder remontar, vivir con angustia sin encontrar cómo calmarte», asegura. Con su nuevo libro, la también autora del fenómeno editorial Lo bueno de tener un mal día quiere «demostrar cómo se pueden romper los nudos emocionales que nos atan al pasado, cómo curar las heridas que nos impiden decidir con libertad y pasar a sentirnos orgullosos de las viejas cicatrices que forman parte de quiénes somos. En definitiva, la razón de mirar atrás es realmente cambiar el presente y disfrutar de verdad de lo que somos ahora».


La mejor noticia es que, en palabras de Anabel Gonzalez, «este cambio está abierto para todos, y son muchas las rutas que podemos seguir. Yo os he dejado mi mapa, el que mejor conozco, pero hay muchos otros. Lo importante es no rendirnos nunca con nosotros mismos. Si el cambio no ocurre solo, hay que sembrarlo. Cuando lo hacemos, de las grietas puede nacer algo nuevo. Aquí os dejo un puñadito de semillas».


Las heridas emocionales pueden curarse (del todo)


«Los procesos de curación emocional tienen, por tanto, un curso natural que hemos de respetar. La tristeza, por ejemplo, ha de derramarse en lágrimas, dejando así salir la presión. Como la tristeza se genera habitualmente por una pérdida, lo que produce aún más alivio es la conexión con otro ser humano que resuene con nosotros, el abrazo de alguien que nos comprende. Si hacemos esto, la tristeza durará un tiempo y, poco a poco, se irá. Quedará una cicatriz emocional que nos dirá: “Aquello fue importante para mí, me dolió perderlo”, pero ya no nos detendrá. Entonces será cuando realmente podremos seguir adelante».


«Cualquier recuerdo que aún esté asociado a emociones, especialmente si son negativas, puede seguir lastrando nuestra vida, llevándonos a reaccionar en el aquí y ahora con patrones antiguos que ya no encajan en nuestra realidad presente».


«Estos recuerdos que siguen teniendo emociones pegadas a ellos pueden volverse neutros. No importa lo mucho que todavía sigan doliendo las heridas: si las destapamos, quitamos lo que las contamina y dejamos que el organismo vuelva a poner en marcha su capacidad para curarse, se convertirán en cicatrices. Y las cicatrices no duelen».


«Si nuestras heridas no han curado, nos parece que la única opción que tenemos es proteger la zona para que nada la roce. Pero cuando han cicatrizado, ya no hace falta tomar tantas precauciones. La vida nos ha enseñado que, aunque nos hagamos más heridas, estas siempre acaban curando y dejando de doler».


Tomar conciencia de nuestra historia personal


«Los seres humanos somos complejos y en ocasiones nos aferramos a nuestros problemas o a nuestras creencias negativas. Nos asusta más el cambio que seguir mal, no nos vemos capaces de hacer las cosas que nos podrían ayudar, o tememos perder a las personas que se ocupan de nosotros si empezamos a valernos por nosotros mismos. Pero, a menudo, simplemente estamos bloqueados por circunstancias de las cuales no somos ni siquiera conscientes».


«Resolver nuestra historia no tiene que ver con caer a un abismo de dolor, sino con deshacer y aliviar ese dolor, cuando por fin la vida nos lleva a un momento en el que esto es posible. Hacer esto es lo que nos permitirá avanzar».


«La vida es un viaje para el que conviene tener un plan. Esto no significa tener prefijado todo lo que va a pasar, tratando de que nada nos sorprenda. La realidad es muy diversa y acostumbra a traernos cosas imprevistas e inesperadas. El modo de recuperar nuestra seguridad y fuerza es resolver nuestra historia emocional y confiar en nuestros recursos».


El EMDR, una terapia integradora para resolver lo que nos angustia


«Muchas terapias tratan de ayudarnos a mejorar nuestro estado emocional y nuestro funcionamiento en la vida, pero no van más allá, sino que, por el contrario, intencionadamente, se centran únicamente en el aquí y ahora. Sin embargo, el EMDR empieza sacando peso de la mochila de nuestra historia pasada y prosigue dedicando atención a la situación en el presente. Una vez resuelto lo de atrás, toca aprender a vivir el ahora sin aquellos lastres del pasado y trabajar en lo que aún puede bloquearnos en el día a día».


«El trabajo con EMDR no va de “escarbar en el pasado”, sino de desmontar la influencia negativa de ese pasado. Su objetivo real es poder vivir el presente de otro modo, más satisfactorio, sintiéndonos más conectados con nosotros mismos y con los demás».


«Aparte de esta visión integradora de los problemas que nos angustian, en el EMDR la fase de trabajo con las vivencias concretas —pasadas y presentes— que se han identificado como relevantes tiene unas características particulares. Se trabaja con cada recuerdo buscando una imagen representativa de lo peor de esa experiencia, de los sentimientos negativos hacia uno mismo que esa situación provoca en la persona y del cambio de perspectiva que quiere que se produzca a este nivel, así como de las emociones y sensaciones corporales que todavía están activas respecto a esas memorias».


La fundamental: no dejar nunca de cuidarse


«Si intentamos desbloquear una experiencia difícil y dolorosa mientras nos estamos machacando internamente por haber dejado que pasase, nos dolerá aún más. Es como intentar limpiar una herida a la que le estamos echando sal a puñados. Por eso, si la persona ha aprendido antes a tratarse mejor, a entenderse y a cuidarse, y a hacerlo aún más cuando se siente mal, el trabajo con recuerdos se hace más fluido y eficaz».


«Los patrones de autocuidado no nacen del aire, sino que tienen mucho que ver con nuestros aprendizajes respecto a cuidar y ser cuidados, con la historia de nuestras relaciones y la regulación de nuestras emociones. Es esencial trabajar estos patrones al tiempo que se desbloquean las experiencias en las que se generaron. En algunos casos, este proceso requiere mucho tiempo».


«La forma de cambiar esto difiere según dónde estemos situados. Si dependemos en exceso de los demás, hemos de aprender a hacer cosas solos. Más que grandes proezas, son importantes los pequeños cambios cotidianos, como ir solos al cine o programar actividades solos, aunque pudiésemos hacerlas con alguien. Si somos marcadamente autosuficientes, hemos de aprender a contar con frecuencia lo que nos afecta, aunque sintamos que “no hace falta”. Los que van de un extremo a otro han de practicar el término medio: contar algo menos cuando conocen a alguien hasta ver cómo responde y no borrarlo automáticamente de la lista de amigos en cuanto hace algo que les molesta».


Por qué es importante escuchar nuestro cuerpo (sin castigarnos)


«Muchas personas sufren problemas físicos que están influidos en mayor o menor medida por factores emocionales. Preguntarse si los problemas son físicos o mentales, de hecho, no tiene demasiado sentido, porque sabemos que ambos niveles están completamente interrelacionados. Por ejemplo, nuestro estado emocional influye en nuestro sistema inmunitario, y la tendencia a la inflamación del organismo puede contribuir a generar un estado depresivo. Las emociones suprimidas o mal reguladas desencadenan o empeoran numerosas patologías físicas.


«El dolor físico repercute en nuestro estado de ánimo y, a la vez, el modo en que gestionamos el dolor influye en su evolución. Cuando trabajamos un problema físico con psicoterapia nos centramos en disminuir en lo posible el segundo componente. Se ha demostrado que, cuando la parte emocional mejora, muchas veces el problema físico lo hace también».


«Un sueño repetitivo es, en mi experiencia, como un nudo donde enlazan muchas cosas que la persona no ha podido asimilar. Es como si el cerebro, por la noche, tratara una y otra vez de deshacer estos nudos emocionales, pero están tan enredados que no lo consigue. Las emociones que generan son difíciles para la persona, de ahí que a menudo se despierte en medio del proceso (si no nos despertamos, no recordamos nuestros sueños)».


El valor de las creencias, la memoria y el factor humano


«Si trabajamos sobre experiencias en las que nos sentimos infravalorados (y que nos hicieron creer que no valemos), en las que estuvimos en peligro (que nos mantienen a la defensiva o sintiéndonos desprotegidos), en las de un mundo impredecible donde nuestras opciones eran pocas (y nos hicieron pensar que sigue siendo así), nuestras creencias evolucionarán. Sentiremos que somos valiosos solo por ser personas, con nuestros más y nuestros menos».


«Que a alguien no le importemos no nos hará sentir que no importamos, porque nos importaremos a nosotros mismos. Sabremos que, aunque puedan pasar cosas malas, no están ocurriendo todo el tiempo, y que nuestro organismo volverá a la calma cuando el peligro haya pasado. Confiaremos en nuestros propios recursos, aunque el mundo se vuelva impredecible y algunas puertas se cierren».


«Cuando nuestro cerebro registra y almacena la información, realmente está llevando a cabo muchísimos procesos diferentes. Percibimos el contorno de las cosas, los colores, las luces y las sombras, y también los sonidos, las texturas, los sabores y olores. Sabemos que muchos de esos elementos nos resultan familiares porque guardamos registros, memorias, de las percepciones de nuestros sentidos. Nuestro cerebro los compara de modo automático con esas memorias y decide “esto me suena”. También recordamos patrones y secuencias, como todo lo que necesitamos para montar en bicicleta».


«Incluso en aquellas situaciones que son accidentales o consecuencia de catástrofes naturales, la peor parte suele tener que ver con el elemento humano. Durante la pandemia muchos profesionales que trabajaron en primera línea estuvieron expuestos a los elementos más traumáticos de la situación. Para los médicos, los peores momentos no se debieron a la exposición en sí, sino a la desprotección en la que los dejó el sistema sanitario, los conflictos internos, el rechazo de algunas personas, la posibilidad de contagiar a su familia, el dolor de los que no pudieron salvar...».


«Algunos recuerdos pudieron generar emociones intensas en el pasado, pero al evocarlos ahora están completamente desprovistos de emoción. Ya no notamos nada al pensar en ellos, aunque nos paremos con detenimiento a observar nuestras sensaciones, en particular las del interior del cuerpo. Otras memorias, en cambio, independientemente de cuánta emoción nos generaron en su momento, siguen produciéndonos sensaciones perturbadoras».


«Para discriminar cuándo un recuerdo está verdaderamente resuelto, hemos de pararnos cierto tiempo a pensar en ello, notando las sensaciones que nos genera. Si estas no son iguales que las que nos produce cualquier objeto neutro que tengamos frente a nosotros, aún quedan ahí residuos emocionales que nos conviene deshacer».


La relevancia del aprendizaje y cómo sentir seguridad


«Aunque tendemos a pensar que estas cosas son “de nacimiento” o inmodificables porque “somos así”, lo cierto es que los patrones de regulación son, en buena parte, fruto del aprendizaje. Nuestra conducta se configura mediante refuerzos negativos o positivos, y también ocurre así con nuestras emociones. Si cada vez que nos enfadamos conseguimos lo que nos proponemos, se reforzará la rabia como modo de control del otro. Si se nos castiga duramente cuando expresamos enfado, aprenderemos a reprimirla (lo cual puede llevar en ocasiones, paradójicamente, a que explote). Ninguna de las dos cosas conducirá, sin embargo, a una buena regulación de esa emoción».


«En mi libro No soy yo, contaba la historia de cuatro niñas: Susana, Laura, María y Teresa. Ellas representaban, respectivamente, distintos estilos de apego: seguro, preocupado, distanciante y desorganizado. Susana recibió protección y cuidado de su familia, así que aprendió a sentirse segura en las relaciones. Laura creció rodeada de preocupación, de manera que siempre se sentía insegura y preocupada cuando se alejaba de quienes la cuidaban. María se crio sin mucho apoyo emocional, por lo que aprendió a arreglárselas sola y mantenía una actitud distante hacia los demás. Teresa vivió sus primeros años en medio de la contradicción, lo que la llevó a funcionar en las relaciones de modos que ni ella misma entendía».


«Si funcionamos desde la seguridad, podremos estar con alguien, pero también podremos distanciarnos y ser autónomos. No necesitaremos al otro para que nos cuide, nos calme o nos proteja, aunque no rechazaremos una mano en un mal momento. Al contrario, pediremos ayuda con naturalidad. Esto no quiere decir que no nos protejamos de las personas o las situaciones dañinas. Como nuestra visión será más realista, las identificaremos bien y resolveremos las situaciones difíciles de un modo más productivo».


Procesar los recuerdos hasta superar los obstáculos


«Para poder seleccionar los recuerdos que nos afectan, necesitamos distinguir nuestras emociones de las de los demás, nuestros pensamientos de los de los otros. Si todo está mezclado en nuestra mente, no veremos nuestra historia, lo que nos afectó a nosotros, sino que veremos todo por los ojos del otro. Nos costará centrarnos en lo que sentimos y regularnos porque estaremos aún atrapados en buscarlo en los demás. Quizá de entrada pretendamos que el terapeuta “nos calme” o que el médico nos dé una pastilla que “nos quite” el malestar. Para poder empezar a procesar recuerdos de una manera eficaz, hemos de entender que el trabajo es necesario y que disponemos de medios para llevarlo a cabo. Cuando veamos que tenemos recursos para regularlo por nosotros mismos, nos sentiremos mucho más seguros, y eso nos animará a seguir aprendiendo».


«Si nos vemos con lagunas y con dificultades para conectar, si sentimos que faltan piezas en nuestra historia o hay aspectos de nosotros mismos que nos cuesta ver y aceptar, es importante que sepamos que esto puede resolverse. No se hará desde la pelea con nosotros mismos, sino aprendiendo a aceptar los mecanismos que nuestra mente ha puesto en marcha para ayudarnos y encontrar lo que hay de bueno en los aspectos sobre nosotros que ahora rechazamos. Para ello, más que una técnica o un ejercicio, necesitamos unas gafas. En la graduación de estas gafas hemos de ajustar bien tres ejes: la comprensión, la curiosidad y la paciencia».


«Cuando los recuerdos están asimilados, podemos convertirnos en un relato: la novela que cuenta nuestra historia pasada». (Las cicatrices no duelen, pág. 140). «¿Qué es, por tanto, estar bien? En lo que respecta al autocuidado, la regla es “cuanto peor, mejor”. Cuanto más complicada se ponga la vida, más tengo yo que cuidarme a todos los niveles: por dentro, en las relaciones, en mi forma de estar en el mundo. Al menos yo tengo que estar de mi lado. Al menos yo voy a tirar por mí. Si alguien más se suma, bienvenido sea. Y si tú necesitas algo, te echo una mano, pero siempre reservándome unos mínimos para poder seguir funcionando».


«Si yo resuelvo mis viejas historias sobre cómo fui —mejor o peor— cuidado, las que no supusieron un buen ejemplo, y trabajo en cambiar mis patrones, siempre suavizaré la vida. Si los modelos de regular las emociones que tuve alrededor no fueron los más adecuados, dejar ir esa herencia emocional me permitirá ensayar nuevossistemas. No manejaré el barco como si el timón no pudiera moverse un milímetro de la ruta que me tracé al salir del puerto. Usaré mapas actualizados, perfeccionaré mis técnicas, adquiriré nuevas habilidades. Iré soltando el lastre que me quita ligereza y aprenderé a distinguir lo esencial. Me volveré un navegante experto».


Desbloquearse para disfrutar de la verdadera libertad


«Es importante que no nos aferremos a nuestras creencias, nuestros modos de funcionar o nuestros patrones en las relaciones con los demás. Iremos pasando por distintas etapas, y hemos de evolucionar para adaptarnos a ellas. Adaptarnos no es mimetizarnos con el ambiente y hacer lo que hacen todos, pero tampoco es muy operativo ir siempre a la contra».


«Hemos de lidiar con lo que la vida nos vaya poniendo delante, y movernos por el mundo de un modo que sea bueno para nosotros y para la gente que nos importa. Hacer esto implica cambios. Si nuestros hilos con los temas no resueltos de nuestra historia no se han desprendido, seguiremos funcionando en el aquí y ahora con lo que se activó en el allí y entonces. Incluso aunque en el pasado hubiera sido beneficioso, cada momento requiere sus propias respuestas».


«Mirar de frente nuestra historia y nuestros patrones de funcionamiento, trabajar en las partes que nos atascan y nos limitan nos hará libres. Mirar atrás nos permitirá mirar adelante sin ver el futuro como una simple reedición constante de lo que ya nos ha pasado. Los bloqueos hacen que nos encontremos siempre con los mismos problemas, con las mismas dificultades, y que tengamos la sensación de que todo se repite y siempre lo hará. Si nuestra historia está resuelta, asimilada e integrada, quizá se presenten situaciones similares, pero nosotros, entonces, ya no seremos los mismos. Y cuando esas situaciones vuelvan (la vida se pone puñetera a veces), seremos cada vez más sabios, tendremos más recursos».


Sobre la autora


Anabel Gonzalez es psiquiatra y psicoterapeuta. Es doctora en Medicina y especialista en Criminología. Pertenece a la directiva de la Sociedad Europea de Trauma y Disociación (ESTD) y es vicepresidenta de la Asociación EMDR España. Trabaja en el Hospital Universitario de A Coruña. Desde hace años imparte formación a otros especialistas, es entrenadora acreditada de terapia EMDR, colaboradora docente en el CHUAC y participa como profesora invitada en el Máster en Psicoterapia EMDR de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Su anterior libro, Lo bueno de tener un mal día, publicado por Planeta, ha sido traducido a varias lenguas.



Instagram: @anabelgonzalez_emociones5.0

Twitter: @DAnabelGonzalez





 

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