TODOS NOSOTROS, de Javier Menéndez Flores, nos demuestras que el mal nunca descansa y puede sorprendernos en cualquier lugar


 

Editorial Planeta: 544 páginas

Tapa dura con sobrecubierta: 19,90€ Electrónico: 8,99€


Una novela de suspense con un final sorprendente y demoledor que nos
hace reflexionar sobre la complejidad del ser humano y sus zonas más
oscuras, pero también sobre la fuerza todopoderosa del amor.


TODOS NOSOTROS, de Javier Menéndez Flores, es un thriller trepidante que comienza con una angustiosa escena: el sonido de una película en blanco y negro que dan por la televisión y que intenta mitigar el sonido de los disparos de una pistola y una escopeta.


«Estás muerto», dice alguien. Así, el autor atrapa desde la primera página al lector, que, ávido de saber qué ha ocurrido, tiene ante sí una novela extensa de lectura vertiginosa.


Una fascinante intriga policial que golpea la cabeza y dispara al corazón.


MADRID, 1981. Una joven es atropellada mortalmente una fría madrugada de noviembre. Se llamaba Elena Vicuña. Salió de la nada y todo parece indicar que huía, pero ¿de qué o de quién? Lo inusual del caso es que la joven corría desnuda y que llevaba dos semanas desaparecida. El informe forense revela además unas terribles heridas previas al accidente. Las fotografías que muestran su cuerpo impactan al joven inspector Diego Álamo, al que han asignado el caso junto al veterano Roberto Guzmán. «De tan blanca como era, la piel de aquella chica resultaba luminosa. Su cuerpo parecía un brote de belleza truncada en un reino de oscuridad».


Elena era hija de un matrimonio bien posicionado, con amistades en los ambientes de poder, que no entiende qué pudo pasar para que su hija tuviera ese trágico final y que está dispuesto a hacer lo que sea con tal de esclarecer los hechos; para que ningún otro padre tenga que vivir la angustia que ellos padecen. Así se lo hacen saber al mando policial… Y así se lo ruega la madre de Elena Vicuña a Diego Álamo: que haga cuanto esté en su mano para dar con el responsable de la muerte de su hija.


Elena había estado con sus amigos en un local de moda. La última vez que se la vio con vida estaba bailando en la pista. Pero ella no es la única joven desaparecida. Poco después de su atropello desaparecen otras dos chicas, Ana Casado y Patricia Feijoo. Ambas se desvanecieron tras visitar locales de copas.


Diego Álamo y Roberto Guzmán se enfrentan a un caso complejo, la «Operación Copas», en el que las escasas pistas con las que cuentan les llevan a un callejón sin salida. «Si querían esclarecer aquel pozo de oscuridad debían realizar un análisis desapasionado de los hechos y rehuir la más leve implicación emocional. Sin embargo, ¿cómo demonios se hacía eso?». Ambos recorren un camino jalonado de violencia y maldad en estado puro.


La pareja de policías visita La Vía Láctea, el Penta y la discoteca Joy Eslava, pura Movida madrileña. Hablan con vecinos de Carabanchel, el barrio donde fue atropellada Elena; investigan los círculos íntimos de las jóvenes desaparecidas en un intento de saber qué pasó con ellas… sin éxito. «Aquel era uno de los trabajos más sensibles que existían». La solución al misterio tardará mucho tiempo en llegar.


MADRID, 2002. Diego Álamo ya es inspector jefe y está al frente de la operación «Ángela y Demonios», que intenta desarticular una red de prostitución y trata de mujeres. A pesar de los años y los casos resueltos, nunca ha olvidado a Elena Vicuña ni a Patricia Feijoo. Cuando llega a su conocimiento que varias jóvenes han desaparecido sin dejar rastro después de una noche de fiesta en una discoteca madrileña, da un paso al frente para encargarse de esos casos. ¿Qué tienen en común Elena Vicuña, Patricia Feijoo y el resto de las chicas desaparecidas en 1981 con Ainhoa Rojas, Verónica Salcedo y Teresa Valverde, las jóvenes a las que se pierde la pista en el verano de 2002?


Junto a dos jóvenes policías, los inspectores Sara Segura y Mateo Suárez, Diego Álamo investiga las nuevas desapariciones. Él está convencido de que todas esas desapariciones, las del pasado y las del presente, tienen un nexo común. Sin embargo, sus nuevos compañeros, que conocen su implicación en el caso de más de veinte años atrás, pues fue muy mediático, creen que se trata de una obsesión…


Mientras los policías trabajan contrarreloj, las jóvenes viven un calvario en manos de un ser cruel para el que tan sólo son «animales que podían provocar placer más allá de la tortura a la que se las sometía –un placer físico, sexual, aunque también mental–, pero animales temerosos y sin capacidad de respuesta. (…) La bondad las condenaba. (…) Nadie, nunca, regresó al mundo de la luz y la esperanza, a la vida, después de haber estado con él». ¿Conseguirá Diego Álamo dar con ellas, salvarlas?


Todo ello sazonado con un lenguaje rico, vivo y sobrecogedor en algunos momentos por su crudeza, y salpicado con un amplio mosaico de argots: el policial, el de los bajos fondos, el de los intensos y duros interrogatorios… y una perfecta documentación de los acontecimientos políticos y sociales que marcaron esas épocas de la sociedad española, que sirven para encuadrar esta novela que no va a dar tregua al lector gracias a su ritmo y suspense. Todos nosotros nos hace reflexionar sobre la complejidad del ser humano y sus zonas más oscuras, pero también sobre la fuerza todopoderosa del amor.


Diego Álamo Un metro ochenta de estatura, ojos verdes, bien trajeado, conocido como el Pincel por su buena planta y presencia. «Joven alto y guapo con aquella gabardina de gánster». Como dice de él su colega Guzmán: «Demasiado guapo para ser poli». Así es el protagonista de Todos nosotros. Y, sin embargo, no cumple los tópicos del género, ya que ni es un superhombre ni un antihéroe, tan sólo un policía de carne y hueso con un acusado sentido del deber.


El inspector Álamo, policía de intachable carrera –buen agente para sus superiores–, se adentra en la investigación de una serie de desapariciones de chicas en dos épocas muy distintas, tanto de este país como de su vida personal y profesional: principios de los ochenta, bajo el gobierno de la UCD, en plena Transición, y primeros años de los 2000, bajo el gobierno del PP.


La investigación del caso se enquista en la vida de Diego, que no deja de pensar en los ojos de pánico o furia («de espanto o ira») de una de las primeras víctimas. Su mirada perdida y su piel blanca quedan grabadas para siempre en su cerebro: entre ambos, víctima y policía, se crea un vínculo que marca la vida del segundo y que se convierte en algo más que un desafío: en una misión que debe ultimar como sea.


Álamo es un hombre inteligente y tenaz que debe seguir adelante en su investigación hasta desenredar la madeja de odio y violencia en que se convierten unas desapariciones que perduran más de veinte años. Pese a todo el tiempo transcurrido, su instinto lo lleva a no perder la fe en sus pesquisas.


Y hay también un Diego Álamo más personal. Buen hijo, amante apasionado, fiel marido y padre entregado. Un personaje muy apegado a su familia. Un triunfador a golpe de esfuerzo y constancia.


INTERESANTES SECUNDARIOS Al protagonista le rodea y le acompaña un interesante y nutrido manojo de personajes secundarios que refuerzan la trama de la novela. El peso lo lleva Diego, pero cuando el lector descubra a algunos de los que aparecen a su lado, acabará sintiendo por ellos ese afecto que se crea entre el lector y los personajes bien construidos.


Hay polis de distinto porte y condición: chapados a la antigua, muy ultras y fachas, malhablados, fumadores y bebedores y de mentes obtusas y complicadas. Pero también modernos, cultos, de buena familia, o hijos de familias normales, trabajadoras, que creen en el valor de la democracia y en la necesidad de la justicia. Al final, esa es la realidad múltiple del país. La convivencia entre diferentes Españas: la que se iba, la que llegaba y la actual.


Estos son algunos de los más destacados del amplio elenco que ha creado Javier Menéndez Flores:


Roberto Guzmán es un policía sincero. «Asumo que canto a madero a un kilómetro» es su particular selfie. De mejillas flácidas y con el bigotito de la época, a pesar de no haber cumplido los cuarenta aparenta algunos años más. Casado y sin hijos; fumador empedernido a costa de los demás. De vida sencilla y gustos normales. «Pasaba demasiadas horas tras la pista de asesinos y chorizos, y cuando llegaba a casa lo único que le apetecía era servirse una cerveza, arrellanarse en su viejo y hospitalario sillón de orejas y devorar novelas policíacas mientras escuchaba, en cintas casete, baladas románticas y boleros». Inspector expeditivo y duro, agresivo en ocasiones, perspicaz y descreído, guasón y dotado de un gracejo particular. Y muy claro de ideas con su compañero: «No voy a aguantarte la matraca progre un solo día más. Estás avisado. Aquí estamos para lo que estamos». Es, en fin, el contrapunto perfecto al Álamo demócrata de abuelo republicano.


José Carranza es el subcomisario que les asigna a Diego Álamo y a Roberto Guzmán la investigación del caso que sustenta la novela. Es un policía pétreo, áspero, de la vieja escuela, antiguo integrante, como el inspector Guzmán, de la Brigada de Investigación Criminal. Se expresa de manera contundente y va siempre al grano. Refleja a la perfección a los policías de la España predemocrática.


Mateo Suárez Zúñiga y Sara Segura son el contrapunto juvenil a un Diego Álamo más maduro y experto en la segunda parte de la novela. Los dos son inspectores recién llegados a la unidad y ambos servirán de apoyo al ya inspector jefe, cuya vida ha dado un drástico giro tras la pérdida de una de las dos personas más importantes de su vida. Mateo y Sara son un revulsivo para el discurrir de las investigaciones. Ella es «impulsiva y temperamental», con un punto macarra que aflora en determinados momentos. Él, en cambio, es refinado, educado y templado. «Tranquilidad asiática», según el autor. Ella es de un barrio popular; él, de una selecta zona residencial de las afueras de Madrid. Ella es hija de un electricista y de un ama de casa; él, de una familia de nuevos ricos. Los dos son «inadaptados en estado puro, emocionalmente vulnerables», pero también dos policías «ordenados, discretos y eficaces». Dos personas ambiciosas, cada una a su manera. Dos personajes entrañables.


Hay que destacar por otro lado a Mónica, el gran amor de Diego Álamo. Estudiante de Derecho brillante y atractiva, es hija de un prestigioso y mediático abogado (Ignacio Téllez, también presente en la novela) que llegó a coquetear en política. Pese a su condición de niña bien, Mónica es una joven con la cabeza muy bien amueblada y el mayor asidero emocional de Diego. Su relación le aporta a la novela erotismo y grandes dosis de ternura.


LOS MALOS Y LAS VÍCTIMAS En Todos nosotros los malos son malos de verdad, sin paliativos. Menéndez Flores ha construido perfiles de auténticos criminales. Hombres sin piedad, sádicos, bestiales. Auténticas máquinas de generar terror: «¿Te había follado alguna vez la muerte?», deja en el aire uno de los malvados.


La violencia se puede palpar en la narración. Violencia física («El hombre subía a la muchacha tirando de las piernas y la cabeza iba chocando con cada uno de los escalones») y psicológica («El mismísimo diablo disfrazado de hombre»).


El autor sitúa los raptos en escenarios realmente macabros. Los espacios donde las víctimas son retenidas, violadas y torturadas son lugares lúgubres, oscuros y fríos. Sótanos inexpugnables y auténticas casas de los horrores. «Un ataúd en forma de habitación», describen los policías.


Todas las víctimas de la novela tienen nombre y apellidos. Todas eran jóvenes, trabajaban o estudiaban en Madrid; y todas disfrutaban de la incomparable noche madrileña. Y es en la noche (o al salir de un after) donde comienzan su viaje más atroz. Caen en una red de depravados de la que es imposible huir. Una tela de araña tupida, sin escapatoria, asfixiante.


«El pozo más hondo de cuantos había conocido (…). Sus sentidos, su atención no podía centrarse en nada que no fuese aquel naufragio, aquella caída a los infiernos». Esta reflexión de una de las víctimas sirve para describir cómo es la situación vivida por las chicas secuestradas por estos asesinos sin piedad. Atadas con cadenas y con collares de hierro en el cuello, son tratadas como auténticos animales.


MADRID La gran ciudad es el envoltorio de toda la acción. Las calles se convierten en un personaje más. Pues, aunque algunas partes se desarrollan en plena naturaleza, se trata de una novela fundamentalmente urbana en la que resplandecen el Madrid de los ochenta y el Madrid de los 2000. Los barrios, los descampados, los bares y garitos, sus locales con pedigrí… todos forman parte del ambiente de Todos nosotros y por ellos se mueven la totalidad de los personajes.


Están el Madrid de los bares de Malasaña (La Vía Láctea y el Penta) y el de las discotecas míticas de principios de los ochenta (Pachá, Joy Eslava y Cerebro); el Madrid del Paseo de la Castellana y el de los barrios populares. Pero también está el Madrid más moderno, más actual. El de los afters y el de la música house; el que nunca duerme porque casi siempre hay un motivo para una fiesta. O el de los gimnasios donde lograr músculos a golpe de pesas o de darle puñetazos a un saco.


BANDA SONORA Todos nosotros cuenta con una banda sonora original, intensa y variada. Es una novela salpicada de inolvidables citas musicales. Desde el Here comes the sun de los Beatles, tema principal debido a su carga emocional, hasta la música de los ochenta, los noventa y los 2000 (música electrónica).


En sus páginas conviven los cantantes melódicos y familiares con los grupos compuestos de jóvenes rebeldes cuyas letras asaltaban los oídos y las mentes de una sociedad poco acostumbrada a esos ritmos. Letras y músicas distantes que llenaban el catálogo de discos y cintas casete que se pinchaban en los locales de moda y que sonaban en fiestas caseras y en vehículos familiares.


En las páginas de Todos nosotros suenan literariamente Radio Futura, Nacha Pop, Mecano, The Clash, Bruce Springsteen, Ramones y The Jam, pero también lo hacen El baile de los pajaritos de la acordeonista María Jesús, Neil Diamond, Cecilia y la Pantoja, sin olvidar a los clásicos José Luis Perales, Francisco, Julio Iglesias…


Sobre el autor


Javier Menéndez Flores (Madrid, 1969) es autor de una quincena de libros. Ha publicado las novelas Los desolados, El adiós de los nuestros y, junto con el periodista Melchor Miralles, El hombre que no fui —basada en el crimen de los marqueses de Urquijo—, la cual fue finalista del Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón 2018. También ha firmado libros de entrevistas —Miénteme mientras me besas, Arte en vena—, un ensayo cinematográfico —Guapos de leyenda— y exitosas biografías de grandes figuras de la música española, entre las que cabe destacar la trilogía dedicada a Joaquín Sabina —Perdonen la tristeza, En carne viva y No amanece jamás— y el único volumen autorizado sobre el grupo Extremoduro, De profundis. Periodista cultural de larga trayectoria, ha colaborado en diversos medios. Sus artículos y entrevistas han aparecido en cabeceras como Interviú, Rolling Stone y El Mundo.



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