LA CULPA LA TUVO EVA, Retratos sobre el libre albedrío, un libro de Alicia Domínguez que debería ser de lectura obligatoria para Adanes y para Evas



Editorial Olé Libros. 188 páginas

Rústica con solapas: 16,35€


Alicia Domínguez regresa al panorama literario español con LA CULPA LA TUVO EVA (Olé Libros), un título que nos invita a recapacitar sobre un sentimiento tan castrante como la culpa, propio de la cultura judeocristiana. Frente a esta, sin embargo, gracias a la desobediencia de Eva, el ser humano puede ejercer el libre albedrío.


LA CULPA LA TUVO EVA está compuesto por veintiún relatos cuyo hilo conductor es el libre albedrío del ser humano. Alicia no cree en la predestinación, sino en la capacidad que tenemos para modelar nuestro destino.


Los relatos son historias comunes en las que, como reconoce la autora, «sus protagonistas se hallan en encrucijadas que marcarán su vida para siempre». Si bien la mujer no es la única protagonista, «los relatos en los que ellas lo son tienen una carga emocional muy intensa».


La tristeza y la esperanza, continúa la escritora, «conviven con otros sentimientos como el amor, el miedo a perderse a una misma; el enfado y la rabia que provoca el distanciamiento entre madres e hijas, así como la alegría del reencuentro...».


Alicia Domínguez es una mujer comprometida: «Estoy firmemente convencida de que la literatura debe remover, agitar nuestra conciencia», y con esta convicción intenta sorprender en cada uno de sus escritos, en los que va dejando «miguitas a lo largo del relato a través de las cuales el lector pueda entender el final».


Con este libro, Domínguez aspira a que cuando sus lectores lo acaben lo hagan «con un montón de preguntas en la cabeza cuyas respuestas serán muy distintas según el bagaje personal de cada uno». Es un libro dirigido a «mujeres y hombres que creen en el valor de la igualdad —y en el feminismo como medio de conseguirlo—». En definitiva, «a cualquier persona que quiera entender un poco la naturaleza humana poniéndose en el pellejo de los protagonistas».


LA CULPA LA TUVO EVA es el sexto volumen que Olé Libros edita dentro del apartado de Relatos, con la pretensión de afianzar una línea que cada vez está teniendo más repercusión entre el público.


¿Qué tienen en común un ranchero australiano que se ve obligado a abandonar su tierra por la sequía con un inmigrante ecuatoriano cuya vida se quebró por culpa de un desgraciado accidente? ¿O una auditora cuyos escrúpulos le impiden falsear las cuentas de una multinacional con un oficinista cuya vida gris se ve alterada por la adquisición de un callicida con el que establece una relación casi erótica? ¿O una víctima de violencia de género que se siente obligada a ayudar a su maltratador, aun a riesgo de su vida, con una superviviente del desastre de Chernóbil? ¿O una enana, convertida en mujer bala, con un yonqui que urde un plan para desvalijar la casa de una anciana? ¿O una enferma de cáncer ávida de vivir su último viaje a Nueva York con un médico de un CIE en lucha entre lo moral y lo legal? ¿Y todos con Eva, la primera mujer? Tal vez nada o tal vez todo… Un todo basado con ese supuesto pecado original que nos hizo libres, aun a riesgo de sufrir.

Un libro que debería ser de lectura obligatoria. Para Adanes. Para todas nuestras Evas. 


De su contenido charlamos a continuación con la propia autora.


Alicia, ¿la culpa la tuvo Eva.......... o la manzana?


Desde tiempos inmemoriales, se le ha atribuido a Eva la responsabilidad de nuestra perdición. Desde entonces, sus hijas, y no las manzanas que tienen muchas propiedades nutricionales, hemos sido consideradas fuente de tentaciones, pecadoras, proyectos fallidos de varones (Aristóteles llama a la mujer  varón mutilado), seres capaces dejarse arrastrar por el deseo de inmortalidad y por la curiosidad, y con ello perderse y perder a los hombres... Y yo digo que bendita la hora en la que nos perdimos. ¿Qué habría sido de nosotros si nos hubiéramos quedado en nuestra zona de confort? ¿Si no hubiéramos tenido la curiosidad de conocer el mundo que nos rodeaba, el origen de la vida, el universo, el propio cuerpo? ¡Qué triste sería nuestra existencia! Por fortuna, Eva desobedeció y su rebeldía nos proporcionó el magnífico, aunque cargado de responsabilidad, don de elegir.



Si la culpa la tuvo Eva, ¿está Adán libre de pecado?



¿Por qué el demonio se dirigió a Eva y no a Adán?, se preguntaba San Agustín para concluir que ésta tentó a la parte inferior de la primera pareja humana porque estaba convencido de que el varón no sería tan crédulo. Y se quedó tan ancho con esta conclusión. Yo creo que a San Agustín, en realidad, le picaba la envidia de que no hubiera sido el varón el primer tentado. Porque, en realidad, Adán estaba loco por salir del paraíso, ese lugar en el que únicamente tenían que comer, fornicar, dormir y admirar las florecillas del campo. Un aburrimiento total. Eva le dio vidilla a Adán. Por eso yo la reivindico como la fuente de nuestro gozo, porque, ¿qué hay más gozoso que ejercer nuestra libertad, aún a riesgo de equivocarnos?



¿Por qué el subtítulo de ‘Elogio del libre albedrío?



Este subtítulo pretende ser una llamada de atención sobre la capacidad que tenemos los seres humanos de tomar las riendas de nuestras vidas. Yo no creo en la predestinación, sino en la posibilidad de modelar nuestro destino para llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos con las capacidades que tenemos, con la voluntad que poseemos y con la resiliencia que somos capaces de desarrollar frente a la adversidad. Y eso es gracias al libre albedrío. Y si tenemos que creernos la vaina del pecado original, también deberíamos creer en la audacia de Eva, aunque de su decisión se derivasen consecuencias negativas, unas consecuencias de las que mi Eva, próxima a morir, es dolorosamente consciente: «¿Mereció la pena todo esto? El mundo me recordará como la culpable de sus desgracias». «Algún día la humanidad entenderá el maravilloso regalo que le hiciste» —le responde Adán. «Sí, pero sufrirán». «Pero a cambio podrán elegir su vida». Elegir nuestra vida es el regalo más preciado que hemos recibido como humanos, y eso va estrechamente ligado al concepto de responsabilidad, de moral y de ética.



Algunas personas están más interesadas en encontrar un culpable que en solucionar el problema. ¿Hay alguien así en tus relatos?



¿Algunas nada más? Creo que en esta época en la que se respira crispación por todos lados, la búsqueda de culpables es el primer objetivo que se persigue. No hay voluntad de solucionar los problemas, sino de arremeter contra todo lo que creemos que no encaja en nuestras opiniones preconcebidas y contra todos los que consideramos un estorbo en nuestro ascenso personal. Y también está el boicot que nos hacemos a nosotros mismos en nuestra búsqueda de la felicidad. En este sentido P., el protagonista del relato ‘Una grieta en la rutina’, es de esas personas. P. es un tipo aburridísimo cuya vida se limita a repetir mecánicamente, día tras día, acciones como ir a trabajar, almorzar, salir a pasear con la mujer, merendar, cenar, acostarse… Pero un día, atisba un leve destello de algo que cree que puede cambiar su vida: correr. Pero, claro, con esa forma de ser, no se lo va a poner fácil a sí mismo, así que, busca excusas para justificar su inacción hasta que, casualmente, encuentra un callicida con el que inicia una relación casi erótica que le salva de tener que aventurarse a mirar al otro lado de la grieta donde, tal vez, solo tal vez, pudiera estar la felicidad.



¿Cada relato es un verso suelto o están unidos por un hilo conductor?



El relato con el que comienza el libro, y que da título al mismo, es una concatenación de relatos en el que cuatro personas toman, a la vez y en cuatro puntos distintos del planeta, una decisión trascendental para sus vidas: Einion, un ranchero australiano, la de abandonar sus tierras arruinadas a causa de la sequia; Lena, una superviviente del desastre de Chernóbil, la de ser madre; Ana, una catalana, la de enfrentar su verdadera sexualidad; y Jennifer, una auditora de cuentas neoyorkina, la de elegir entre su moral o su carrera. El resto de relatos son independientes, pero todos tienen un hilo conductor: sus protagonistas toman una decisión o sufren las consecuencias de una anterior, en el breve espacio del relato. Y así entre todos, van cerrando un círculo al que pone broche la conversación de Adán y de Eva en el último relato titulado ‘¿Mereció la pena, Adán?’



Australia, NY, Barcelona, Canarias son algunos de los escenarios de tus relatos. ¿Hasta qué punto estamos marcados y condicionados por el lugar en el que nacemos, donde vivimos, nuestro estatus social, económico, etc.?



Qué duda cabe que estamos condicionados genética, cultural, psicológicamente, económicamente… Todo nos marca en la vida; unas circunstancias nos la facilitan y otras actúan como obstáculos insalvables. Pensar que una niña que asiste al UWC Atlantic College de Gales tiene las mismas oportunidades que otra que vive en una familia desestructurada en un barrio marginal es hacernos trampas al solitario y caer en esa falacia neoliberal de que todos tenemos las mismas oportunidades porque todo depende de nuestro esfuerzo. Aunque eso no significa que la chiquilla que vive en el barrio marginal no pueda convertirse en una magnífica científica, literata o directora de una multinacional y la que ha ido a Gales, en un desecho de tienta. Pero, sin duda, aquella tendrá que esforzarse más, superar más obstáculos, luchar más duro. Este asunto lo trato, de manera transversal, en uno de los relatos: Jennifer es hija de inmigrantes mexicanos arribados a Nueva York hace años. Sus padres atribuyen al sistema capitalista el logro de que su hija estudiase, pero ella, consciente de la desigualdad de la sociedad en la que vive, les responde que no fue América, fuisteis vosotros trabajando como bestias. Una conclusión a la que llega oyendo a su primo, un trabajador del sindicato minero en Sonora al que la familia ha desterrado por su actividad sindical, una actividad que como él mismo le dice: permite que en el mundo no haya solo chingados como yo, sino, también, chamaquitas listas como tú que se cuelen en las filas de los privilegiados.



Relato, ensayo, novela… ¿Importa el apellido o lo realmente importante es escribir?



Dice Paula Vázquez en su libro Las estrellas, que en el oficio de la palabra está el impulso de transformar cualquier cosa en literatura. Y yo añadiría: y de transformar la realidad, independientemente del género en el que lo intentemos. Pero antes que escribir, fue leer, leer como un caníbal o un poseso, como un soldado la víspera de la batalla, atravesando el salvajismo de la prosa hasta llegar al cuerpo, a tu cuerpo, a mi cuerpo, a todos los cuerpos del mundo, que dice Eloy Tizón. La lectura, la escritura es pura magia; en los libros está la luz y algo que debe parecerse mucho a la eternidad. Por eso, en mi juventud, cuando me daba verdaderos atracones de palabras —me confieso una bulímica de los libros—, que luego arrojaba a mis libretas ligeramente transformadas por mis inexpertos jugos lingüísticos y estilísticos, yo soñaba con escribir, soñaba con ser otra; la literatura nos permite ser otros, muchos a la vez y eso es un verdadero privilegio. Saramago dice en su libro El cuaderno del año del Nóbel  que siempre estará en peligro un árbol que, en el sitio en que lo plantaron o donde nació de forma espontánea, no haya tenido la suerte de encontrar una grieta por donde introducir las radículas extremas y después forzar el espacio que necesita para sostenerse. Muchas veces me he preguntado si yo encontré esa grieta y la respuesta siempre es afirmativa: mi grieta, mi bendita grieta, la que me ha permitido forzar la estrechez de mi destino, siempre fue la palabra.

¿Escribir es desnudarse emocionalmente o, tal vez, protegerse de los demás contando historias de otros para tapar las propias?



Creo que ambas cosas. Graham Greene dijo que escribir es una forma de terapia: A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana. Algunos psicólogos sugieren que escribir es un instrumento poderoso porque ayuda a reordenar la psique. A mí escribir me ayuda a controlar un poco la entropía mental, a entender mínimamente el mundo, a tolerar el caos y la incertidumbre. Y claro que me desnudo emocionalmente cuando escribo. En ese sentido, he perdido un poco la vergüenza. Y no tanto porque considere que mis experiencias son valiosas como por el convencimiento de que son compartidas por muchas personas: la necesidad de hacer las paces con la infancia, con los padres; la eterna pulsión de amar y ser amada; el perdón como forma de redención; el miedo que nos inmoviliza o nos predispone a la violencia; el pánico que nos provoca la enfermedad y la muerte. Yo creo que la gran mayoría de los que escribimos lo hacernos por una necesidad vital de abandonarnos, siquiera durante el tiempo que dura la escritura, en brazos de algo que nos reporte algunas certezas y, sobre todo, paz, aunque nos esté doliendo en el alma lo que le estamos haciendo a nuestros personajes. A través de la escritura, y siguiendo el consejo de la escritora Zadie Smith, siempre procuro decir la verdad a través de cualquier velo que tengo a mano, pero digo la verdad.


Sobre la autora


Alicia Domínguez es gaditana pero nacida en Madrid. Es doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la Universitat Oberta de Catalunya. Ha publicado El verano que trajo un largo invierno (Quorum Editores, 2005), Viaje al centro de mis mujeres (Editorial Proust, 2016) y Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre (Editorial Proust, 2018).

En la actualidad, colabora con varias revistas literarias y es articulista de La Voz del Sur.


 

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