SI LA VIDA TE DA LIMONES, PIDE TEQUILA, la receta de Fernando Vega para enfrentarse a la vida


Editorial Espasa. 210 páginas

Rústica con solapas: 19,90€ Electrónico: 8,99€


SI LA VIDA TE DA LIMONES, PIDE TEQUILA es el testimonio de superación donde el empresario y padre de cinco hijos, Fernando Vega de Seoane cuenta el momento en que su vida cambió radicalmente, el 22 de enero de 2022, tras sufrir un accidente de esquí. Ahora vive, desde una silla de ruedas, el mayor movimiento de su vida.

«La primera sensación es el hielo. El frío en la cara.

La textura de la nieve escarchada en los labios.

Eso y el silencio».


«A veces algo inesperado rompe todos los planes de futuro, incluso los del presente. A mí me ha ocurrido. Me ha tocado reconfigurarme por completo para todo: trabajar, conducir, relacionarme con mi familia, seguir viendo a mis amigos, reubicarme en mi casa y, en general, en mi vida… ¿Qué hacer cuando el destino te golpea así? Yo solo tengo una receta. La mía propia. A mí me funciona porque quiero seguir bebiéndome la vida a tragos».


Soy Fernando Vega de Seoane, empresario y padre de cinco hijos. En enero de 2022 tuve un accidente esquiando y me quedé en silla de ruedas. He tenido que reorganizarme en muchos aspectos, pero siempre lo he hecho con una actitud positiva y práctica. Creo que ha llegado el momento de compartir esta experiencia con todos por si con mi testimonio puedo motivar a otros a superar las adversidades de la vida.

@fernando_vega_de_seoane


Cuestión de segundos


«Es muy temprano. Bajamos casi en una fila perfecta, de uno en uno. Yo voy el primero y me siento un poco explorador. Es un privilegio disfrutar de la conexión con la naturaleza, del control del cuerpo en cada movimiento. Todo es perfecto. La visibilidad. La temperatura. El estado de la pista... Casi al final hay un estrechamiento que no se percibe con claridad y, tras él, una curva, en la que las bajas temperaturas nocturnas han creado una placa de hielo. Quizá una hora más tarde los rayos del sol ya la habrían derretido. Pero no es una hora más tarde.


Los esquís rozan el hielo, pierdo el control y salgo volando pesadamente, con la inercia de la velocidad y la pendiente, despedido contra la masa de pinos que bordean la pista. Impacto contra uno de ellos, el que está sobre mí como un guardián vigilante. El golpe es brutal, tan brutal, que más allá del dolor, lo que siento es una impresión extraña, durísima y desasosegante, la sensación de que mi cuerpo se ha partido en dos.


Lo noto. No sé cómo, pero lo noto. Alzo la cara de la nieve tratando de buscar las piernas, que sin duda deben estar cercenadas y separadas de mi tronco, y casi me sorprende encontrarlas en su sitio. Están allí, conmigo, pero no están. Es una sensación inexplicable, como si fuera consciente de que dentro de mí algo se ha desconectado, de que hay un lugar a partir del cual mi cuerpo ya no funciona. Percibo perfectamente cómo la vida se me acaba en el ombligo. Y en esas décimas de segundo soy plenamente consciente de lo que ha sucedido. Una lesión medular. Y una lesión medular es para siempre.

Aprieto los ojos, sin lágrimas. Aprieto los dientes, también. Reprimo un insulto, destinado a mí mismo. Serás imbécil, me digo, sin ningún motivo, culpándome por algo de lo que no tengo culpa. Mi mujer, Bea, mis hijos, mi trabajo, mis planes, los viajes previstos, las vacaciones, el segundo noviazgo que nos esperaba en cuanto los niños volasen de casa, las imágenes de un futuro perfecto se enredan en un torbellino en mi cabeza y desaparecen como tragadas por un desagüe».


Confiar


«A mi llegada al hospital, cuando me bajan del helicóptero, me siento como el espectador de mi propia película. Estoy en medio de un protocolo contrarreloj en el que todo el equipo se deshace en gestos apurados y en carreras a gritos por los pasillos. Soy el accidentado, pero también el único a salvo de aquella especie de histeria colectiva en la que todo el mundo que me trata, asume que puedo morir de un momento a otro.


Sé ya que no me voy a morir con la misma claridad meridiana con la que sé que no voy a volver a caminar nunca. Lo único que puedo hacer es bromear y quitar hierro al asunto.


No necesito profesionales nerviosos, sino gente relajada. Necesito sonreír con la gente, gastarle bromas, frivolizar, porque esa es mi forma habitual de moverme en la tragedia. No sé hacerlo de otra manera.


A mi alrededor médicos, celadores y enfermeras me miran con sorpresa, como si estuviera en shock, con la seguridad de que no soy consciente de la gravedad de mi estado. O de que quizá el golpe también me ha afectado a la cabeza. No es un shock; es supervivencia en estado puro. Ellos acaban de iniciar el proceso de diagnóstico. Yo ya lo tengo y ese es el primer peldaño en mi escalera de recuperación.


¿Qué puedes hacer cuando ni siquiera puedes moverte? Pensar, reflexionar, confiar, agradecer. Calma me digo. Control. Puedes hablar. Puedes reír. Puedes pensar. Puedes recordar. Puedes sentir y echar de menos a tus seres queridos. Tienes seres queridos, de hecho. Hay mucha gente fuera de un hospital que no puede hacer ninguna de estas cosas».


El tsunami Instagram


«Bea sigue aún en el coche cuando le llega el siguiente link. Esta vez a Instagram.

—¿Has visto? Ya tengo mi propia cuenta— le digo cuando me llama al recibirlo.

Bea lo manda por wasap a través de sus grupos. Yo lo hago en los míos. Los conocidos, amigos y familiares empiezan a conectarse, a seguirme, a mandarme mensajes de ánimo, a dar me gusta al par de publicaciones en las que yo, tumbado en una cama y con collarín, trato de transmitir un optimismo incomprensible para que nadie se angustie. Lo hago por solidaridad, pero también por puro egoísmo, porque me agobia que puedan sentirse preocupados por mí».


«No sé si forma parte de ese reto, no sé cómo ocurre —quién sabe cómo funciona la magia—, pero aquellas mañanas, las primeras en el hospital y todas las demás, cuando me despierto en un hospital a seiscientos kilómetros de mi casa, mi recién creada cuenta de Instagram tiene cada vez más seguidores. Cada uno de los amigos, familiares, conocidos o compañeros de trabajo que lo ha visto, a su vez, lo ha contado en su entorno y, de repente, lo que iba a ser una publicación destinada a mis contactos cercanos, comienza a despegar. El número de seguidores empieza a subir de forma incontrolada. Al principio muy poquito a poco. Luego, mucho más deprisa. Yo cuento la situación como es. La gente me transmite su cariño y su ánimo. Yo agradecido, trato de corresponder. Ellos me agradecen que comparta mi experiencia y les permita asomarse a mi historia. Esos segundos que les dedico son correspondidos una vez más. Y así todo el tiempo. Mi cuenta entra en bucle. Sorprendido, porque jamás hubiera podido imaginármelo, me doy cuenta de que acabamos de poner en marcha una auténtica máquina de buen rollo. Y el buen rollo, lo digo desde ya, se contagia, es imparable».


Que las emociones jueguen a tu favor


«Es curioso cómo las pequeñas cosas pasan, pese a nosotros mismos; cómo nos sentimos absolutamente imprescindibles hasta que nos damos cuenta de que todo sigue su ritmo sin esperarnos. Ni nuestras ganas de controlarlo todo ni la modernidad de la sociedad en la que vivimos pueden aliviar aquello que no depende de nosotros. Y lo que no depende de nosotros es mucho, mucho más de lo que imaginamos. Si somos consecuentes con este planteamiento solo encuentras consuelo en la aceptación, la aceptación más humilde y generosa posible. Entender que el mundo es mucho más que nosotros se convierte en mi aliado. Es mejor no hacerse preguntas dañinas para uno mismo y saber que somos un elemento más de este universo de vida. Somos un elemento único y exclusivo, pero uno más entre otros tantos. Disponemos de la libertad para elegir y decidir cómo actuar en el escenario de la vida y eso sí será definitivo a la hora de hablar de felicidad. La felicidad no está en la vida perfecta, en la que creemos que nos merecemos o en la que hemos planificado magistralmente en un Excel. La vida es como es; es movimiento sin descanso y la forma en la que olvidamos vivirla nos dará la paz y la serenidad que necesitamos para ser felices. Las decisiones más íntimas, las que tomamos cada uno de nosotros en nuestro interior, de forma honesta, firme y voluntaria, en un sentido más elevado y con una conciencia formada, se convierten en nuestro motor».


«Leo en sus ojos su impresión y lo que probablemente le vaya a transmitir a la doctora: «Está en shock. No ha asimilado aún el accidente». No estoy en shock. No sé cómo lo sé, pero lo sé, y soy el primer sorprendido. Y me río, me río de la propia paradoja de mi existencia. Hay una especie de justicia poética en el hecho de que alguien que está siempre en constante movimiento se vea impedido de repente, como si le hubieran echado el freno a una atracción de feria. Me río yo solo de mi propio humor negro porque estoy convencido de que nadie va a entenderlo cuando se lo cuente. Porque tengo que contarlo, tengo muy claro que voy a contarlo. Una auténtica paradoja: pese a lo que ha sucedido y pese a la previsión fatalista de invalidez que comparto, nunca me he sentido más dinámico, ni con más ganas de tirar hacia delante. Nunca me he sentido más completo».


Toca practicar


«No serás el mismo de antes —me digo constantemente—,

pero serás la mejor versión de ti».


«En Toledo, a menos de un mes de mi accidente me encuentro, de repente, con más de quince mil seguidores en Instagram. Es algo grande, inmenso, emocionante. Hay gente que me dice que mi optimismo le salva cada mañana, hay señoras que me confiesan que están inmersas en una depresión y que cobran fuerzas con mi coraje y hay señores que me dan las gracias por mi actitud ante la vida y por ayudarles a apreciar las suyas. Hay quien lleva mejor su carga emocional, su propia tragedia mirándose en la mía. Hay algo mágico en eso, en ser espejo de esas emociones. Y hay una responsabilidad también frente a ellos. No puedo por menos que sentirme agradecido por el apoyo y el cariño recibido. Y me siento en deuda con el montón de gente que me avisa de que quiere venir a verme a Toledo. Y no sé muy bien cómo gestionar personas y horarios hasta que se me enciende una luz.

—Voy a montarme una web de visitas —anuncio.

—¿Para qué? —me pregunta Bea entre sorprendida e incrédula.

—Para quien quiera venir a verme. Mira, yo puedo recibir visitas dos horas al día; cuatro horas si es fin de semana —calculo—. Puedo establecer períodos de unos treinta minutos al día, y contando las llegadas y las despedidas, podrían verme cuatro personas cada día de lunes a viernes.


Nada más ponerla en marcha las franjas comienzan a llenarse. Veo a amigos, a amigos de amigos, a conocidos y a algunos desconocidos con historias conmovedoras que entran como pequeños ciclones en mi vida para ayudarme a reflexionar y a darme cuenta de lo afortunado que soy. Pronto se revela que la central de reservas funciona de miedo; cada día recibo un correo informando de las visitas del día y eso mismo llega a la administración y la recepción del hospital. Me he quitado un trabajo burocrático aburridísimo, pero, eso sí, no deja margen para la improvisación.

Es una auténtica locura, pero para mí es algo fantástico que me mantiene mentalmente dinámico y me hace sentir útil y apoyado. El resto del tiempo es trabajo. Trabajo físico, trabajo médico, trabajo mental... Las visitas son mi recreo, mi combustible, mi tiempo de ocio. En ellas me cuentan, cuento, aprendo y me permito pequeños lujos, como tomarme alguna Coca-Cola, de cuando en cuando, con la satisfacción malsana de saltarme la estricta dieta que me he autoimpuesto: mens sana in corpore lo más sano posible».


Ahora es el futuro


«Movimiento.

Aunque suene paradójico en mi actual situación, todo es movimiento. Bea y yo llevamos casados veintitrés años y hemos vivido en tres ciudades diferentes. Hemos tenido seis casas, cinco niños, cuatro colegios... La vida es dinamismo, y ambos tenemos muy claro que, aunque una lesión de médula me haya sentado en una silla, no hay nada que pueda pararnos del todo. Y en esa lucha estamos día a día.

En Barcelona, con vías por todas partes, tumbado en aquella camilla y sin poder moverme en absoluto, lo primero que pensé es: ¿qué va a pasar con todo mi plan de vida? ¿Qué va a pasar con mis planes de aire libre? ¿Qué va a pasar con mi afición por el deporte, la competición y la naturaleza?

La respuesta, en mi caso, es que pasaría lo que yo dejara que pasara. Y no estoy dispuesto a quedarme en casa.


En el mes de marzo ya me había reunido con ellos y con el presidente de la Asociación Española de Discapacitados y ya tuve clara la dirección en la que iba a enfocar mis esfuerzos. Y mis sueños. A mi favor tenía el conocimiento previo y la habilidad en un deporte que me resultaba especialmente familiar, pues he sido campeón de España de golf a los nueve, diez y once años. Aunque sea un deporte que en mi edad adulta no haya practicado con asiduidad, me reconozco en él. Lo tengo muy interiorizado y me ha proporcionado innumerables satisfacciones. Así que, ¿por qué no convertir esta nueva etapa en un reto?».

«Miro a ese 22 de enero de 2022, el día del accidente, y siento el mismo vértigo que segundos antes del impacto. ¡Cómo ha cambiado todo en menos de un año!

Es cierto que ni en mis peores pesadillas me habría imaginado en una silla de ruedas, pero ni en mis mejores sueños me habría visto con un proyecto tan consolidado de familia, de amigos y de vida. Si a esto le sumamos ingredientes como verme escribiendo un libro autobiográfico porque resulta que puedo estar ayudando a otros, o entrenándome para participar en un campeonato del mundo de golf... es evidente que Dios escribe con renglones torcidos, que sus maneras no son las mías y sus planes y sus tiempos tampoco lo son.

Todavía queda mucho por andar. O por rodar en mi caso. Me desespera pensar que pueden ser treinta años más de vida con el trasero pegado a una silla, pero la cosa no está en sumar años, sino en vivirlos de la forma más plena posible al lado de Bea, de mi familia y de mis amigos. Lo importante es que cada día sume en ese crecimiento personal y que el presente se convierta en una experiencia magnífica a pesar de los pesares.

¿Habéis pensado cuántas vidas se pueden vivir en una? En la mía estoy seguro de que caben bastantes y no sabría decir cuál ha sido la mejor ni la peor. Cada una tiene lo suyo y el conjunto de todas ellas me ha traído hasta aquí. ¡Por eso me encanta mi vida y por eso pienso seguir bebiéndomela a tragos!».


Sobre el autor


Fernando Vega de Seoane es un empresario y padre de cinco hijos que tuvo un accidente esquiando en enero de 2022 y se quedó en silla de ruedas. Ha tenido que reorganizar muchos aspectos de su vida, pero siempre con una actitud positiva y práctica. Le gusta compartir su experiencia por si con su testimonio puede motivar a los demás a superar las adversidades de la vida. 


 

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