Juan Manuel Gil gana el Premio Biblioteca Breve con TRIGO LIMPIO, una novela que narra con asombrosa agilidad y desde el humor la fascinación por la infancia perdida en un barrio periférico


Editorial Seix Barral. 392 páginas

Rústica con solapas: 20,00€ Electrónico: 9,99€


Juan Manuel Gil acaba de ser galardonado con el Premio Bibloteca Breve 2021 por TRIGO LIMPIO, "una novela que narra con asombrosa agilidad y desde el humor la fascinación por la infancia perdida en un barrio periférico, así como la naturaleza de la fabulación literaria a través de pasadizos que conectan las lecturas que todos llevamos dentro". Así lo destacó el Jurado integrado por Pere Gimferrer Olga Merino Raquel Taranilla Elena Ramírez Enrique Vila-Matas.


Veinticinco años después de protagonizar una gamberrada que marcará el transcurso de la vida de un grupo de amigos, el narrador sin nombre de esta no­vela recibe un mensaje de Simón, un miembro de la pandilla que desapareció un buen día sin dejar rastro, con una propuesta inesperada: ¿por qué no escribes sobre nosotros?, ¿sobre lo que nos sucedió?


Como una falsa novela de detectives, TRIGO LIMPIO sigue los pasos de un escritor dispuesto a cualquier cosa para darle forma a la novela perfecta mientras investiga sobre un pasado que poco se parece a lo que recuerda de su infancia perdida en un barrio periférico. Un juego literario en el que el lector está invitado a conectar las piezas de un hábil rompecabezas.


Armado con un inteligente sentido del humor y dispuesto a saltarse todas las fronteras entre la realidad y la ficción, Juan Manuel Gil ha obtenido el Premio Biblioteca Breve 2021 con este lúcido homenaje al poder universal de contar historias y al refugio que supone la lectura.


Elena Ramírez, Directora Editorial de Seix Barral, afirma que "cuando se anunció el fallo de Noche y océano, la fabulosa novela de Raquel Taranilla, el 10 de febrero de 2020, la pandemia apenas había llegado a nuestros hogares salvo por noticias fugaces y alarmantes de un confinamiento masivo en la ciudad china de Wuhan. Desde entonces, hemos vivido circunstancias del todo extraordinarias que han cambiado radicalmente nuestra forma de vida y, en concreto, la manera de trabajar de muchos participantes del sector del libro. Autores, editores y heroicos libreros se han reinventado, demostrando que la cultura es segura, y alentados por la constatación de que la lectura se ha convertido en refugio ante el miedo y la incertidumbre.


Son casi mil escritores los que concurren al Premio Biblioteca Breve 2021, en su mayoría sin seudónimo, lo que permite apreciar la alarmante desigualdad de participación entre hombres y mujeres. En la nota positiva, la participación electrónica sigue expandiendo la concurrencia a nivel internacional. Respecto a las novelas presentadas, el coronavirus ya está presente en los manuscritos recibidos, sea como telón de fondo de historias variadas, como protagonista indeseado o como excusa para que los escritores relaten su experiencia durante el confinamiento. En este sentido, los géneros que exploran el «yo», las novelas biográficas, autobiográficas, la autoficción y los diarios novelados han tenido un aumento considerable respecto al año pasado, hasta suponer casi una quinta parte del total de los manuscritos presentados. El resto de géneros sigue gozando de buena salud, con la pre - sencia estable de la novela negra y el thriller, y de la novela histórica. Y como curiosidad, también el cambio climático ha comenzado a colarse en las novelas presentadas, más allá de servir como coartada para las distopías o ucronías que es uno de los géneros favoritos dentro de la ficción para explorar cuestiones políticas y sociales que nos preocupan a todos.


En un año en que los libros nos han acompañado, ayudándonos a vivir aquello que la pandemia nos negaba, tiene sentido que el jurado del 63 Premio Biblioteca Breve reconozca en la novela premiada, Trigo limpio, la capacidad de Juan Manuel Gil de devolvernos la sonrisa, de borrar las fronteras entre realidad y ficción, de contagiarnos la fascinación por la lectura del autor y sus personajes. Dice uno de los protagonistas de la novela que todos llevamos dentro ocho libros importantes que nos conectan con la vida y con los demás; estoy convencida de que este será para muchos lectores uno de ellos".


LAS CLAVES DE TRIGO LIMPIO


El narrador de esta historia se encuentra jugando un partido de fútbol cuando salta una verja y rompe a correr por la pista de un aeropuerto, justo en el momento en que un avión se dispone a aterrizar. Sucede un verano, a las puertas de su adolescencia, y persigue desesperadamente un balón que el viento de levante quiere arrebatarle para siempre mientras sus amigos le jalean. Mucho tiempo después de aquel frenético incidente que cambiará sus vidas, cuando aquellos hechos parecen ya doblados y ordenados en algún lugar de la memoria más lejana, el narrador recibe un inesperado y desconcertante mensaje. Simón, uno de sus mejores amigos en aquellos días, y del que no sabe nada desde hace más de veinticinco años, le envía un correo electrónico para hacerle una propuesta: ¿Por qué no escribes sobre nosotros? En un mensaje posterior Simón se arrepiente de su encargo. A partir de ese momento, el narrador, empujado por la obsesión de hallar la semilla de su próximo libro, se empecina en seguir el rastro de Simón y descubrir por qué ya no quiere que escriba su historia.


Una falsa novela de detectives


«Querido amigo: Soy Simón. Aquel compañero de clase con el que compartiste más trastadas de las recomendables. No sé si me recuerdas. Supongo que sí. Hace apenas unos días, echando un vistazo en una librería cercana a casa, me topé con tu novela Un hombre bajo el agua. Se me hizo un nudo en la garganta cuando di con tu nombre en la portada y vi tu cara en esa foto de las primeras páginas. Menudo libro has escrito. Te felicito.»Tras veinticinco años sin saber nada de Simón, el narrador de esta historia recibe un correo electrónico en el que su amigo de la infancia le felicita por su anterior novela y le invita a escribir otra sobre aquellos años de adolescencia que compartieron, sobre aquel tiempo en los que «una tarde podía ser más larga que un verano».


«¿Por qué no escribes sobre aquello?», le pide Simón, que de un día para otro desapareció junto con su familia sin dejar rastro. «Si todo este tiempo alejado del barrio me diera derecho a pedir algo, una sola cosa, creo que lo tendría claro. Te encargaría que escribieras la novela de lo que nos ocurrió. Nunca he sido más feliz que en ese minúsculo momento en el que salía de aquella casa y era consciente de que teníamos toda la mañana o toda la tarde por delante.»


Lo que en principio parece un mensaje cortés, sin mayores implicaciones para ninguno de los dos, empujará al narrador sin nombre de esta novela a investigar qué ha sido de su amigo, dónde está Simón y en quién se ha convertido con el paso de los años, así como a rellenar los huecos de una historia que solo ahora, tiempo después, podrá comprender del todo. ¿Qué les ha deparado el destino a los cuatro amigos que formaban la pandilla? ¿Por qué desapareció Simón? ¿Cuánto de todo lo que vivieron ocurrió realmente como recuerdan y cuánto pasó inadvertido para sus ojos de adolescentes?


El resultado es un juego literario en el que el lector está invitado a conectar las piezas del rompecabezas y a cuestionar a un narrador dispuesto a saltarse los límites de la ficción. Trigo limpio es una obra única y muy personal donde confluye una falsa novela de detectives, el bildungsroman y la metaficción, con un finísimo sentido del humor, unos diálogos ágiles y bri- llantes y una estructura redonda y muy trabajada, que esconde recompensas para el lector que se atreva a dejarse seducir y a aventurarse a ir más allá.


Cuatro amigos y toda la vida por delante


«No existe peor escuela que la del aburrimiento ni patria más salvaje que la juventud.»


Esta vuelta al pasado lleva al narrador a recordar sus años de formación, la adolescencia de cuatro chavales que todavía mantienen esa inocencia propia de la infancia pero que comienzan a descifrar el código del mundo de los adultos, a explorar sus límites, en gran medida mediante experiencias que no olvidarán en la vida. Cuatro amigos crecidos entre la escuela y la calle, en un barrio de una ciudad de provincias como Almería al principio de los años noventa, que matan el tiempo haciendo trastadas, metiéndose en líos y buscando aventuras.


Junto al narrador y a Simón, personajes principales de esta historia, la pandilla está formada por dos amigos más, «el del síncope» y «el del fallo multiorgánico», nombrados así durante toda la novela porque es lo que sabemos que les deparará el futuro a ambos. Los cuatro pasan los días entre el tedio interminable de las clases, los partidos de fútbol y las meriendas a base de bocadillos de mortadela, imaginando a dónde llevarán los túneles, tuberías, pasadizos y galerías que se esconden dentro y fuera del barrio; haciendo pintadas, poniendo petardos donde no deben, corriendo detrás de perros; bañándose en unas playas en las que conviven las ruinas de los búnkeres de la guerra civil con los alijos de droga escondidos en paquetes que no son lo que parecen.


Una época que solo se vive una vez, marcada por la irrupción de cierta libertad y por la responsabilidad que esta trae consigo, como si la adolescencia fuera el prólogo irrepetible a la vida adulta. Demasiado niños para ser hombres, la única sombra que amenaza sus sueños de volar es la de sus padres: «Mi padre no se va a jugar la vida, pero mi madre no teme ir a la cárcel. Tiene el orden de los factores muy claro: primero me mata y después pregunta. Me lo ha dicho muchas veces», valora el narrador después de meterse en un lío.


Una novela periférica escrita desde los márgenes


La historia de la novela se desarrolla en Almería a principios de los años noventa, en unos escenarios muy particulares (la playa y los búnkeres de la guerra civil repartidos por la costa andaluza; las fábricas abandonadas; los descampados; la Cueva del Rascacio; el aljibe árabe de la época musulmana que, dicen, escondía un pasillo subterráneo que lo unía con el mercado de abastos) y en una época marcada por la especulación inmobiliaria y el ladrillazo: muchos de estos paisajes tienen los días contados y pronto pasarán a alojar aeropuertos, hospitales y viviendas.


En este sentido, más que un protagonista más de la novela, el aeropuerto de Almería es lo más parecido a su gran villano, «como la máquina de rayos equis de un viejo hospital soviético: a quienes pasan mucho tiempo cerca de ella se les acaban deshojando las pestañas y las uñas», dice el narrador. Porque aquel aeropuerto «cambió nuestro modo de mirar la vida». Su construcción y su existencia personifican muchos de los males presentes y futuros de la comunidad y, si bien es imposible acabar con él, ni siquiera con el esfuerzo conjunto de todo un barrio manifestándose, el narrador consigue desafiarlo armado únicamente con un balón, lo que le convertirá en un héroe a la vista de los demás. Y todo héroe necesita que alguien cuente su historia.


Un homenaje a la literatura, a la lectura y a la labor de contar historias


«Es improbable que cualquier persona que haga suyas las lecturas adecuadas fracase en esto de vivir.»


Desde el principio, con apenas algunas vigas maestras de la novela anotadas en mi cuaderno, tuve claro que una de las cosas que quería hacer era homenajear a los libros, la lectura y la tarea de contar”, confiesa Juan Manuel Gil. Y homenajear, en concreto, aquellos libros que llegaron a sus manos cuando, siendo apenas un adolescente, un profesor hizo circular una lista de lecturas para “dejar de ser lectores cándidos y simplones”. “Los ocho libros que llevo dentro y que me permitieron descubrir algunos años después la red de pasadizos que los conectan como si formaran parte de una misma constelación”, matiza el Juan Manuel Gil, también están presentes en la novela: en ella, uno de los personajes esenciales, el misterioso Huáscar, usa las primeras páginas de algunas de las obras fundamentales de la historia de la literatura española para contar su propia vida, modificándolas cuando es necesario, en una forma de apropiación que tiene tanto de homenaje como de fagocitación.


No entiendo la lectura sin fascinación —completa Juan Manuel Gil—. De ahí que a lo largo de esta historia esa palabra se ilumine con una intensidad especial. La fascinación de Huáscar por su maestro y sus ocho libros. La fascinación del narrador por la historia que va relatando, mientras reflexiona sobre su propia escritura. La tarea de contar, de narrar para sentirse querido y protegido en comunidad. Como íntima necesidad. La palabra como llave de la emoción.”


Una guía para escribir una novela


«Circula por ahí la teoría de que toda novela que aspire al éxito ha de contar con una serie de ingredientes. No tiene ningún sentido que los enumere aquí y ahora, porque no es lugar ni momento, pero nunca está de más recordar que los recetarios o los libros de instrucciones son ideales para preparar un calamar en aceite o para instalar unos paneles japoneses en la casa que te acabas de alquilar, pero no para escribir una historia decente.»


Esta es una novela sobre la investigación del paradero de una persona, que en el camino también lleva a su protagonista a dar con las claves sobre el proceso de escritura de la novela perfecta. A lo largo de sus capítulos, y mientras se adentra en la historia de Simón, el narrador va desentrañando trucos para crear una buena novela y las técnicas para llevarla a cabo, en un trabajo de limpieza metódico, discriminando el material bueno del que no lo es, los recursos útiles de los que no lo son, dando como resultado una suerte de «manual de instrucciones para escribir la novela perfecta».


He aquí algunos aspectos de la escritura que aborda: toda historia necesita sus rodeos. No hay que confundir la extensión del relato con su buen ritmo. Ni la deseable unidad de la novela con la necesaria variedad de sus partes, que ayudan a que el lector no caiga dormido de aburrimiento. «Pero las distintas historias (variedad) que apuntalan la historia principal (unidad) necesitan una red de conexiones que evite que las piezas se dispersen como chatarra en el espacio», reflexiona el narrador. ¿La primera persona es mejor o peor que el narrador omnisciente? ¿Qué define a un personaje secundario y cuál es su función? ¿Cuándo hay que dejar un tema y pasar a otro? A todo esto encuentra respuesta el narrador: «Si te pones insufriblemente pesado con un tema o si, en dirección inversa, te dispersas tocando esto, aquello y lo de más allá, la novela hace aguas por todos lados y lo natural es que las editoriales la rechacen, la frustración se manifieste en acidez estomacal, te acabes autoeditando y tu familia compre el libro y te dé un afectuoso abrazo. Más o menos es así».


Y luego están los silencios de la novela. «Escuchando a uno de mis profesores de la facultad que también se dedicaba a escribir novelas de cierto éxito, entendí que el silencio suele ser una forma de contribuir al relato de cualquier historia. El silencio no es un puñado de vacío. Es una galería, un pasadizo que conecta con la experiencia, la imaginación, el miedo, la sugestión… Así que cualquier escritor se estaría equivocando gravemente si renunciara a él por temor a no ser entendido. No hay que contarlo todo.»


Un juego literario sobre los límites de la ficción


El narrador sin nombre de esta novela camina con naturalidad por los puentes que unen la realidad y su historia. No hay fronteras para él y todo le está permitido porque lo que busca es dominar esta historia, seducir al lector y ser escuchado. Y para ello está dispuesto a borrar cualquier límite entre su vida y su ficción. Lo mismo puede decirse de Juan Manuel Gil. Como un pescador que lanza anzuelos a su lector, a lo largo de las páginas de la novela, Gil va soltando algunos fragmentos de realidad, consciente de que una vez haga picar al lector y lo tenga en el bote, este accederá a creerse cualquier ficción, por muy descabellada que sea. Ambos saben que no se puede contar toda la verdad si no se cuenta también toda su ficción. Y que, llegados a cierto punto del relato, la única obligación que tiene un escritor es con la historia. La pregunta de qué es verdad y qué no deja de importar.


No en vano, Juan Manuel Gil se parece peligrosamente al narrador de su novela, cuyos lectores no paran de preguntarse cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en las páginas que tienen entre las manos. Juan Manuel Gil y el personaje son ambos escritores, padres de una novela titulada Un hombre bajo el agua; ambos también se ganan la vida como profesores de literatura («Llevo más de media vida escribiendo, leyendo libros de toda naturaleza, corrigiendo exámenes y anotando trabajos», confiesa el narrador en un momento dado); y crecieron en Almería, donde, suponemos, Juan Manuel Gil habrá vivido algún episodio similar a los que cuenta el narrador de esta historia. ¿Existió Simón? ¿Y Huáscar? ¿Le dio una vez tal puntapié a un balón que paralizó el tráfico aéreo del aeropuerto y se convirtió en héroe por un día? Habrá que preguntarle a él.



JUAN MANUEL GIL HABLA SOBRE TRIGO LIMPIO


¿De dónde nace la novela? ¿Recibiste, como el narrador, un correo electrónico de un viejo amigo invitándote a escribir sobre vuestra adolescencia?


El origen de la novela está, por un lado, en un intenso deseo y, por otro, en una escena recurrente. El deseo era el de escribir un libro sobre la fascinación que siempre ha despertado la literatura en mí; siempre me ha seducido el poder de la palabra colocada en el orden y en el momento adecuados. Creo que desde niño fui cons - ciente de que la fabulación era una especie de máquina que hacía posible la emoción en cualquier momento y en cualquier lugar. Para mí era lo mismo que hablar de magia. En cuanto a la escena recurrente que no era capaz de sacar de mi cabeza, constituye precisamente el inicio de la novela: yo corriendo desesperada - mente detrás de un balón por el medio de una pista de aterrizaje. Cuando hice colisionar aquel deseo con esta escena, comencé a escribir la historia.


Las similitudes entre Juan Manuel Gil y el narrador son abundantes, pero esta no es una novela de autoficción. ¿A qué necesidades responde este juego entre realidad y ficción?


Toda historia, bien construida, independientemente de que sea pura ficción o pura realidad, acaba siendo una única cosa para el lector: un lugar en el que hospedarse durante y después de la lectura. Y ese juego entre realidad y ficción hace de la historia un lugar más confortable, una experiencia más divertida y un pode - roso motor para la curiosidad, que es, como dice Alice Munro, la felicidad constante. Y es un juego que está en el genoma de nuestra literatura: «Esto que quiero compartir contigo es verdad, me ocurrió a mí; si te quedas conmigo, te lo cuento».


El narrador se ve a sí mismo como un contador de historias de barrio, capaz de congregar a chavales con la magia de las palabras. ¿Tiene algo que ver con cómo te ves como escritor?


Sin duda. Siendo apenas un niño me di cuenta de la admiración que despertaban en mi barrio aquellas personas que sabían contar historias. No había muchas, pero las que sabían cómo hacerlo concentraban un poder impresionante. Al menos, a ojos y oídos de un chaval. Conocían el arte del silencio. También poseían la destreza de volver atrás, acelerar, detenerse en cualquier detalle y concluir en el momento justo. Conseguían que a los oyentes se les desbocara el corazón. Siempre he albergado el deseo de ser como esas personas. De ser leído o escuchado. Quizá, como dice el narrador de esta historia: de ser amado y protegido.


«La nostalgia, esa peligrosa jalea real que lo suele pringar todo», dice el narrador en las primeras páginas. ¿Cómo de difícil ha sido no caer en las postales propias de los veranos de la infancia?


Es que no recuerdo mi infancia o mi pubertad con un exceso de nostalgia. Si pudiera volver a ella, no lo haría. Y lo digo sin dramatismo. Creo que en aquella época de mi vida había diversión, descubrimiento y fascinación, pero también violencia, crueldad y un rigor que, a veces, era implacable. Eso me ha hecho más fácil ponerme a salvo de la nostalgia mientras escribía esta historia.


Con el humor, sin embargo, pareces especialmente cómodo. ¿Te sientes parte de una tradición literaria española que ha hecho de él un antídoto contra la solemnidad?


Decir que me siento parte de esa tradición ya me resulta solemne. Con eso lo digo todo. Desde que tomé las primeras anotaciones de lo que iba a ser esta historia, tuve claro que el humor sería un ingrediente irrenunciable. Fundamentalmente por dos razones. La primera: la literatura española no se puede entender sin el humor y esta novela iba a dar cobijo a algunos libros de esa tradición literaria. Era mi particular homenaje a aquellas historias que comenzaron a afinarme la mirada como lector al entrar en el instituto. La segunda: sentí que solo podía asumir el juego de identificar autor y narrador si lo acometía desde cierta perspectiva paródica. No me llevo bien con la solemnidad, mucho menos cuando recae sobre uno mismo. Me cuesta emocionarme con ella. El humor, en cambio, se ofrece como refugio, impulso, dolor, euforia, intensidad, catarsis, esperpento, posibilidad, coraza y desnudez. Y podría seguir enumerando sustantivos. Es probable que el humor sea la madre de todas las ciencias. Y eso ya es una paradoja, porque suena muy solemne.


También es una novela deliberadamente antiépica: las aventuras del narrador no culminan en una muerte atroz, en un descubrimiento que lo ponga todo patas arriba, en un primer amor. Todo es bastante ordinario en la vida de estos chavales. ¿Responde esto a algún tipo de militancia?


Supongo que a la militancia de los nacidos a finales de los setenta, curtidos en barrios de lo que suele llamarse la periferia, con madres que te reclamaban a gritos para que volvieras a merendar, que articulaban sus propios callejeros uniendo descampados, coches abandonados y casas en ruinas, que sabían cuál era la calle que trazaba la frontera ante la que había que detenerse y aun así la atravesaban. Lo extraordinario estaba en la manera de mirar de esos niños. Y hay pocas cosas más literarias que el punto de vista, ¿verdad?


Otra advertencia que el lector encuentra en las primeras páginas: aunque la novela describe las consecuencias de las políticas inmobiliarias de los años noventa, esta tampoco es una novela social ni de denuncia.


No me interesaba profundizar en esa denuncia, aunque resultaba ciertamente tentador. Lo que quería expresar era cómo esos desmanes políticos y económicos son capaces de generar cambios muy potentes y, en ocasiones, insospechados. Yo sostengo desde las primeras páginas de la novela, por ejemplo, que la ampliación del aeropuerto de Almería condicionó de un modo irreversible la vida en este barrio. Por supuesto, negativamente. Nadie quiere tener las turbinas de los aviones y el olor a queroseno ambientándole las siestas de verano. Pero también se convirtió entre los adolescentes en aquel lugar capaz de generar las historias y aventuras más fascinantes que cualquiera pudiera imaginar.


¿Dirías que es una novela de periferia, tanto por la importancia del barrio del Alquián como por estar ambientada en una ciudad de provincias?


El barrio posee más elementos en común con un pueblo que con un barrio en la periferia de una ciudad. Y tiene su explicación: está ubicado a nueve kilómetros de la ciudad de la que depende administrativamente y sufre el olvido, la dejadez y, a veces, el desprecio de muchos de los equipos de gobierno que han pasado por el ayuntamiento. Creo que en el barrio se instaló hace tiempo una especie de desencanto y eso lo ha llevado a la desconexión con respecto a la ciudad de la que se supone que forma parte. En ese espacio es donde se mueven los personajes de esta historia. Estos chicos parecen haber escrito sus propias normas. Algo así como las leyes de los descampados.


Háblanos de Huáscar, un personaje misterioso y escurridizo, que entra y sale de la historia, con un pasado digno de una telenovela y un auténtico enamorado de los libros, capaz de memorizarlos para hacerlos suyos.


Su papel en la historia es fundamental. E incluso me atrevería a decir que estelar. Atraviesa buena parte de la novela como un hilo de cobre que le da cohesión. Y lo hace gracias al poder de la palabra hablada, a la fascinación por los libros y a la obsesión por armar adecuadamente cualquier relato. Considera que saber narrar te puede sacar de cualquier apuro. Y creo que no anda muy equivocado. Huáscar es uno de los enigmas de esta novela. Lo sigue siendo para mí, incluso después de haberla escrito. No me canso de escuchar todo aquello que este personaje quiere compartir con nosotros.


Frente al resto del tono «verídico» de la novela, hay algunos momentos en que pareces desatarte en episodios más «novelescos», como el increíble episodio de Simón convertido en gurú motivacional.


Lo curioso es que los periódicos están llenos de episodios «novelescos» que, obviamente, son también «verídicos». De hecho, ese episodio de Simón al que aludes, y que resulta ser determinante en la novela, está inspirado libremente en unos acontecimientos que tuvieron lugar en Estados Unidos y que han llenado páginas de periódicos. Se hizo incluso un documental. Todos sabemos que cuando un disparate termina en desastre puede resultar muy novelesco, pero eso no le quita ni una pizca de tragedia. La combinación de esos dos polos, disparate y tragedia, me resulta muy estimulante a la hora de escribir. Proyecta la historia hacia delante.


Otra función inesperada del libro es su uso como manual para escribir una novela. ¿Recomendarías usarla así para todo aquel que quiera escribir una?


Yo mismo he impartido clases de escritura creativa. No sé qué resultado les habrá dado a los asistentes, pero yo me lo pasaba genial. Obviamente, como no podía ser de otro modo, hay parodia en ese intento de que la novela se ofrezca como un manual sobre cómo escribir novelas. De hecho, en esa línea argumental creo que es donde más humor hay. O, al menos, con la que más me reí mientras la escribía. Pero eso no quita que las orientaciones formales que se dan en el libro posean un fundamento teórico importante: la palabra predicada por quienes saben de estas cosas. Estamos rodeados de ellos.


«Todos tenemos ocho libros dentro», se puede leer en la novela. Háblanos de los tuyos.


Seguramente tengamos más de ocho libros. En mi caso, hay bastantes que se me quedaron dentro y que vuelan de manera más o menos evidente sobre la mesa donde acostumbro a escribir. Me atrevo a decir ocho, aunque son muchos más: Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo; Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas; La mancha humana, de Philip Roth; Ruido de fondo, de Don DeLillo; El Lazarillo de Tormes; Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca; Brooklyn Follies, de Paul Auster; y todos y cada uno de los relatos de Raymond Carver.


La última pregunta es casi necesaria, ¿existió Simón? ¿Y Huáscar? Confiesa: ¿de pequeño paraste el tráfico aéreo del aeropuerto?


Te juro que en mi memoria está todo eso. Simón, Huáscar y el aeropuerto. Y mucho más. Lo que no tengo claro es si nos podremos fiar de ella. Supongo que el lector sacará sus propias conclusiones en este sentido.



Sobre el autor


Nació en Almería, en 1979. Es escritor y profesor. Formó parte de la primera promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala. Con su primer libro, Guía inútil de un naufragio (2004), obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía. Desde entonces se ha centrado en la novela: Inopia (2008), Las islas vertebradas (2017) y Un hombre bajo el agua (2019). Es autor, además, de dos volúmenes de difícil clasificación: Mi padre y yo. Un western (2012), que le valió el Premio Argaria, e Hipstamatic 100, una recopilación de textos en los que mezcló vida y actualidad.





 

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